Un jardín de los cerezos en el corazón de Madrid
Juan Carlos Pérez de la Fuente ha llevado a escena magistralmente 'El jardín de los cerezos', de Anton Chéjov
Había un pequeño cercado con un burro a la entrada del piso que mis padres alquilaban en Castro-Urdiales para las vacaciones de verano, piso habilitado en una de las cuatro plantas en que se dividía una antigua e imponente casa de indiano en la que vivíamos sendas familias.
A la que había sido hasta hacía poco la más pequeña de nuestra familia alguien le dijo que aquel burro se había comido en un descuido al hermano que recién la había destronado. Una sonrisa de felicidad cruzó de oreja a oreja el rostro de la pequeña ante la imaginaria voracidad carnívora del burro que había deglutido al nuevo bebé.
El rucio era propiedad de un matrimonio con tres hijos de nuestra edad que vivían en el ático de la casa y que trabajaban de sol a sol, mientras nosotros, los de la capital, disfrutábamos ociosamente, salvo yo con mis deberes de matemáticas, de aquel tiempo estival.
Esta familia tenía unas vacas lecheras en un establo construido en un lado del antiguo jardín de la casona, así como una huerta que venía a ocupar la mitad de su pasada extensión, con unas matas de judías verdes para nosotros tan altas entonces que parecían llegar al cielo como las del cuento.
Aún se conservaba la escalinata que subía del jardín a la casa y un cenador con bancos de piedra y revestido de frondosos laureles. Quedaba también en pie el muro perimetral, con una balconada que se asomaba a la carretera de Bilbao a Santander y una portada flanqueada de dos simbólicas palmeras.
En otro lugar del jardín crecía un seto de arizónicas que bordeaba el paso de los coches, donde íbamos a coger caracoles con nuestros cubos de playa en los días de lluvia. Allí estaba también el buzón donde recogíamos los esperados tebeos que nos mandaba desde Madrid nuestro padre en respuesta a nuestras cartas.
Al otro lado había una hilera de grandes avellanos que se demoraban en madurar sus frutos, pues para el final del verano aún seguían verdes, pero que nos proporcionaban unas formidables varas para armar nuestros duelos de espadachines.
El jueves pasado, después de asistir en el Teatro Fernán Gómez al estreno de El jardín de los cerezos, de Anton Chéjov, que ha llevado a escena magistralmente el director de este teatro municipal, Juan Carlos Pérez de la Fuente, en versión de Ignacio García May, busqué en el ordenador las imágenes por satélite de aquel paraíso de mi infancia que la representación de la obra había resucitado en mí con tanta fuerza.

Pérez de la Fuente es uno de los nombres indiscutibles del teatro en España. Su respeto por los clásicos no le arredra a la hora de actualizar sus cargas emotivas o intelectuales para que resuenen en la conciencia del espectador actual como lo hicieron en el de su época con circunstancias radicalmente distintas.
El montaje de Pérez de la Fuente no se ciñe únicamente a la decadencia de una familia antaño adinerada, presa de su nula voluntad de crear algo nuevo o de evitar que lo que puede ser remediado no se convierta en ineludible. El precio de su indolente actitud va a ser precisamente aquello que llenó de sentido y belleza sus vidas: su hacienda familiar con el jardín de los cerezos.

Hay una honda razón poética en la producción que podrá verse hasta el 12 de abril en el Teatro Fernán Gómez. Impregna la escenografía y la admirable interpretación del elenco en su conjunto: la celebración de la vida, aun con el augurio irremediable, el golpe de hacha presentido, de todo lo que acaba o fenece.
Pérez de la Fuente ha hecho de la obra de Chéjov un destilado de todo cuanto significa la temporalidad en nuestras vidas para ofrecer una celebración teatral, es decir, una celebración gozosa y cordial, de la propia conciencia de nuestro límite.
Me fue imposible desprenderme de la idea de que el día anterior había sido miércoles de ceniza, y que la liturgia escénica de Chéjov desplegada ante el público, con amores, ambiciones, desencuentros, tragedias y hasta bailes y números de prestímanos, era su prolongación.
Una liturgia del reencuentro entre vivos y muertos a través del recuerdo, que es acaso revelación, quizá indicio o tal vez simple deseo de un más allá. Así, Liuba Andreevna, señora de la hacienda, cuya belleza compungida encarna soberbiamente Carmen Conesa, cree ver por unos momentos en el jardín a su difunta madre vestida de blanco.
Sobre Liuba Andreevna pesa también el recuerdo doloroso de su pequeño Grischa, ahogado en el río, hecho que motivó su marcha de aquel paraíso al que regresa bajo la amenaza de perderlo definitivamente.
Nuestros padres decidieron marchar también de nuestro paraíso de Castro-Urdiales después de la desaparición en el mar de mi hermano Jaime, con sus amigos Hortensia y Félix María.
Ningún jardín de los cerezos esperó nunca nuestro regreso, al contrario que a Liuba Andreevna, pues nada nos pertenecía ni pertenece allí, salvo la cruz que recuerda a los tres jóvenes náufragos junto al cementerio marino del pueblo.
Una cruz que los vecinos han reconocido siempre, respetuosamente, como parte del paisaje de sus vidas, hasta el punto de que fue restaurada por el Ayuntamiento de Castro-Urdiales de la mano generosa del maestro cantero y escultor Juan Carlos Herrero después de que fuera derribada en 2020 por una galerna.
Los días que siguieron a la desaparición de mi hermano y sus amigos, con mi padre recorriendo con los equipos de búsqueda los acantilados de la costa, son una confusión de imágenes en mi memoria de niño. Solo una me aparece nítida: el dragaminas Almanzora, que contribuyó al frustrado intento de rescate de los náufragos, fondeado frente a la playa de Brazomar en una mañana de sol que espejeaba sobre el mar en calma convertido en sudario.
Aquella visión del buque de guerra desde el mirador de nuestra casa seguramente no sea hoy posible. Las imágenes de satélite que busqué la misma noche de la representación de la obra de Chéjov mostraban que el antiguo jardín, junto con el muro y su portada, la balconada y las dos palmeras, el establo y la huerta, habían desaparecido bajo dos bloques de pisos, levantados frente a la antigua casa del indiano, que aún se yergue entre el abigarrado trazado urbano, más presa que nunca de un tiempo que no es el suyo.
Aquellos bloques estarán seguramente habitados por residentes, pero también por veraneantes. Para veraneantes eran también las casas que el comerciante Lopajin, hijo y nieto de campesinos, mujiks, de la hacienda de Liuba Andreevna, encarnado por un impecable Chema León, propone construir en el jardín de los cerezos una vez talado.
Las memorias de los vivos y los muertos se me agolparon a la salida del Teatro Fernán Gómez, mientras releía los versos de Leopoldo María Panero que cita Pérez de la Fuente en el folleto de la obra: «A lo lejos se oyen los golpes secos, uno tras otro los árboles se derrumban. Está en venta el jardín de los cerezos».
Y recordé la imagen de mi madre, sentada con un vestido blanco en el balcón de la casa de Castro-Urdiales, con el más pequeño de sus hijos en su regazo, los dos plácidamente dormidos en una tarde luminosa, bajo la suave brisa del mar, mientras el burro ramoneaba entre las zarzamoras y tañían pacíficas las campanas del convento vecino.
Aquella era la imagen de la celebración de la vida, del amor sin tiempo, que se me había representado en el escenario de la obra de Chéjov, gracias al arte con el que Pérez de la Fuente ha sabido rescatar en el corazón de Madrid todos nuestros jardines de los cerezos.