Gregorio Morán, el último mohicano

Ya no sé si venía los jueves o directamente los viernes. Pero, a media mañana, lo veías entrar por la redacción de La Vanguardia para escribir su sabatina intempestiva.
El diario estaba entonces en la histórica sede de Pelayo 28, no en un impersonal edificio de oficinas. Ahora es un hotel de cuatro estrellas. Yo he entrevistado a algún historiador británico ahí para mi canal de YouTube.
La redacción tenía forma de L invertida. A la derecha de lo que llamábamos Avenida Godó —el pasillo central—: compaginación, el Vivir y Sociedad. A la izquierda, Política e Internacional. Al fondo, Deportes. Y en lo que llamábamos «balneario», la zona más tranquila: Economía, Cultura y el suplemento dominical.
Ocupaba la mesa de mosén Piquer, el redactor de Religión, que no venía por las mañanas. Escribía de corrido. Lo llevaba en la cabeza.
Entonces —estamos hablando de finales de los 80— todavía no había ordenadores. La Vanguardia y El País utilizaban un sistema informático que se parecía: el Atex. Sospecho que Gregorio, que era de otra generación, se llevaba mal con las primeras pantallas.
Fue de las mejores cosas que hizo Joan Tapia como director: ficharle. No en vano, ambos venían de la izquierda. Tapia había sido pallachista, del partido de Josep Pallach (1920-1977), socialdemócrata convencido cuando en Cataluña todos eran marxistas-leninistas, trotskistas y hasta maoístas.
Pallach murió de un infarto dos días después de haber sido reelegido secretario general. De haber vivido, igual Pujol no habría llegado a presidente. Estaba destinado —como el historiador Vicens Vives, también fallecido prematuramente a los cincuenta— a ocupar un espacio central en la política catalana.
Gregorio Morán ya era entonces un mito. Yo me sentaba unas mesas más allá y, como el roce hace el cariño, hablábamos de vez en cuando. Con los años, fue una de las voces más descarnadas sobre el procés. Le costó más de un disgusto. Personal y profesional.
El colega Joaquín Luna, en la semblanza que le hizo este martes, decía que «miles de lectores» esperaban su sabatina intempestiva. Yo era uno de ellos. Era como un ritual. Leerla en papel el sábado por la mañana, acompañada de un café con leche. Si hubiera sido el ejecutivo de una multinacional o un político de postín, habría dado instrucciones preciasas: «Que nadie me moleste».
Guardo todavía muchos de su artículos. Sabiendo de mi admiración por él, el también periodista Quico Sallés me regaló hace unos años una carpeta llena cuando todavía coincidíamos en las ruedas de prensa del Govern.
Voy a citarles sólo uno. El que denomino de la minoría hegemónica. Pese a que su verdadero nombre es Las urnas milagrosas, publicado el 15 de noviembre del 2014 después de la performance de Artur Mas con la consulta del 9-N.
«El independentismo en Catalunya —explicaba— abarca con precisión una masa ciudadana que no alcanza los dos millones. Ahora bien, esa minoría abundante controla de manera casi exclusiva buena parte de la vida social del país, empezando por los medios de comunicación y terminando con la exhibición pública agobiante de sus consignas y su afán por representar la parte como un todo. Ellos son Catalunya; los demás son adversarios a los que acojonar».
Era una definición exacta, una radiografía más que un artículo de opinión. Porque, ciertamente, nunca fueron mayoría: el 1-0 votaron —algunos más de una vez— unos dos millones de personas de un censo electoral de 5,5 millones. La cifra, más o menos, se repitió en todas las elecciones. En las del 2015 fueron un 47,7%. Y en las del 2017, un 45,5%. Sólo en las del 2021 superaron el 51%, pero con 600.000 votos menos. En ese párrafo estaba todo.
No me extenderé más sobre sus artículos por razones de tiempo, pero sugiero también el de La conspiración de los necios del 4 de febrero del 2017. Con ese titular ya se veía lo que pensaba del asunto. No dejaba títere con cabeza: el periodista Vicent Partal, el juez Santiago Vidal, Artur Mas e incluso el histórico de ERC Miquel Sellarès.
Lo entrevisté un par de veces para el digital que entonces dirigía. Lamentablemente, se han perdido. Lo primero que hicieron los nuevos propietarios –con Àlvar Thomàs al frente– fue borrar la memoria. Lástima, porque ahora serían unos buenos documentos, no sólo sobre el personaje, sino también sobre una época.
La primera, por su libro La decadencia de Cataluña (2013). Pese a que, desde la confianza, me atreví a reprocharle que fuera una recopilación de artículos en vez de uno nuevo de trinca. Ahora la decadencia no la niega ni Puigdemont, que es en buena medida el que la ha provocado.
La segunda por Memoria personal de Cataluña (2019), donde, como se pueden imaginar, ajustaba cuentas. Incluso con La Vanguardia, que lo había echado. Él vio, como pocos, que el procés estaba «condenado al fracaso», que provocaría «una ruptura brutal de la sociedad civil», que era el choque de un tren de alta velocidad con un tranvía, aunque tampoco está el AVE de Óscar Puente para tirar cohetes. E incluso que necesitaban «algún muerto» para triunfar.
En agosto, como hacía vacaciones, me dejaba alguno de sus libros para leer para aliviar el síndrome de abstinencia. Por este procedimiento me zampé las más de 800 páginas de El cura y los mandarines y las 228 de El jugador de billar, su retrato de Felipe González. Lástima que no le haya dado tiempo de escribir una biografía sobre Pedro Sánchez. Habría desnudado al personaje.
Les voy a contar una última anécdota. Un día me llamó por teléfono. Lo recuerdo perfectamente porque estaba en Dublín intentando mejorar mi inglés, tarea siempre ardua. Me pidió una documentación que tenía y quedamos que se la llevaría a mi vuelta.
Me citó en un pisito de la parte alta de Barcelona. No la de Pedralbes, sino la del Guinardó, mucho más popular. Para llegar tenías que subir no sé cuántas escaleras porque es zona empinada. Desconozco sé si era vivienda o simplemente despacho y no me he atrevido nunca a preguntar a Natalia, su mujer. Pero era digna de un ex militante comunista auténtico. No de esos que luego se van a vivir a Galapagar y llevan a los hijos a la privada.
Gregorio tenía eso: autoridad moral. Tan imprescindible ahora en política como en periodismo. Junto a la credibilidad, tan necesaria también en ambas actividades. Los periodistas hemos de contar la verdad, no lo que nos gustaría contar.
Precisamente por las redes ha circulado, a raíz de su fallecimiento, su último artículo en La Vanguardia, el que ya no vio la luz: «Los medios del Movimiento Nacional». Parece como si fuera ayer a pesar de la llegada de Illa al Palau de la Generalitat. El líder del PSC ha vuelto a dejar los medios de comunicación en manos de Esquerra. Como ya hizo Maragall en el primer tripartito. Ni siquiera se ha atrevido a tocar TV3. Con la excepción de poner a Jordi González en vez de Ricard Ustrell los sábados por la noche.
Si pueden, reléanlo. Pero yo me quedo con estas líneas: «Cuando el tiempo pase, nadie querrá asumir nada, y repetirán como en antiguas épocas: ‘Yo era un disidente al que nadie quería hacer caso’». Estamos exactamente en esta fase. Nadie se hace responsable de nada. Y además los han amnistiado.
En el fondo, Gregorio Morán es el último mohicano de una generación que está desapareciendo: el de la prensa de papel. Basta ver cuánta gente lleva un periódico bajo el brazo por la calle. Y que lo haya comprado de su bolsillo. No que se lo hayan regalado. Los diarios de papel son como los dinosaurios antes del impacto del meteorito: están condenados a la extinción pero todavía no lo saben. O no quieren saberlo. Gracias, Gregorio, por tanto. Te echaremos de menos.
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