Al este del edén

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  • Carlos García-Mateo

En necesario contraste con un cierto hastío nacional, pandémico, completé el domingo pasado una jornada entretenida. Barcelonería en su concepción, en la gracia que queda del espíritu urbano, estuve con dos señores que, a la par que amigos, habitan (habitamos) un cuadrado que toca e inspira a la avenida Diagonal. La cosa fue desfile de vieja gastronomía y conversaciones nunca tan necesarias por anacrónicas. Ya saben, el mundo de ayer sobreviviendo a las estupideces del hoy. El establecimiento de una institución del Estado, pergeñada por el populismo y destinada a no sé qué concepto de la igualdad tiene gracia: es el fin de las ilusiones ideológicas que esas mismas ministras sin luz intelectual inventan.

Ni hay igualdad, ni debe haberla en asuntos como el sexo y sus correspondientes aparatos, sus voluptuosos alargamientos culturales. Pero, ¿qué coño sabrán de riquezas quienes todavía (hagan el favor de leer algún buen libro) no comprenden ni toleran la complejidad? “Antes, ser marica aportaba algo. Ahora, sólo vulgaridad estética, desarrapado izquierdismo”, soltó uno de mis amigos de mesa y mantel, él camisa blanca de Cernuda. El desfile de la vida que se va comprendía una ensalada tibia de cigalas, rebozuelos con butifarra negra y un lechazo asado que elevaba los paladares por encima de las noticias. Sobre las sombrías figuras de este Gobierno de lechuguinos que se hacen llamar doctores, de aprovechados leninistas sin rubor, de nuevos ricos a costa del erario público. Cuando caía la tarde, anunciando otoño, el hielo en los vasos de Cacique 500 enfriaba ese nudo español, tan vasto y antiguo. Barcelona resiste y propone, claro.

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