Balance provisional de daños tras la tragedia

Balance provisional de daños tras la tragedia
  • Jorge Fernández Díaz

Con PP gobernando por primera vez con la vigente Constitución, España ingresaba en 1999 en el euro, coincidiendo con el nacimiento de la moneda única. El último Ejecutivo de Felipe González, había «tirado la toalla» en la batalla por incorporarnos en el pelotón de cabeza de la nueva divisa europea, ante la imposibilidad de conseguir los indicadores exigidos por la UE. Esta requería a todos los países aspirantes, poder acreditar una «convergencia económica sostenible». Al compartir moneda, debían estar en condiciones de asegurar, además de una estabilidad institucional, una adecuada política económica y presupuestaria al servicio del crecimiento económico.

En concreto, estos indicadores eran la inflación, el déficit y la deuda pública. En inflación se exigía un 1,5% máximo sobre el promedio de los tres Estados de la Unión con mejor registro; un 3% en déficit público y, en deuda, un 60% máximo sobre el PIB. La tasa de paro no tenía un límite explícito, pero superábamos ampliamente la media de los países aspirantes, lo que dificultaba aprobar el examen de ingreso. Lo que era imposible para el Gobierno socialista, lo consiguió el del PP con una política económica ortodoxa, liberalizadora y de gran austeridad.

Hoy seriamos incapaces de pasar esta prueba con las cuentas públicas que tenemos, y nuestros socios europeos lo saben muy bien. En este momento, sólo cumpliríamos con el requisito de la inflación, y ello no como consecuencia de una correcta política económica y presupuestaria —como sería deseable—, sino por la abismal caída del consumo a causa de la hibernación económica y el confinamiento social. El déficit apunta a un mítico 10% y la deuda está en el doble del máximo que se nos exigió para ingresar en el euro, un 120% sobre el PIB, cuya caída el Banco de España y el FMI sitúan por encima del 13% para este mismo año.

Recordar estas cifras es muy conveniente para tomar adecuada conciencia de nuestra actual situación, y de las posibilidades reales de acceder en condiciones «generosas» a unos fondos europeos imprescindibles para nuestra reconstrucción. Por ello, es preciso no ser triunfalistas en exceso creyendo y haciendo creer que nuestros socios nos van a regalar sus ahorros, cuando nosotros no podemos presentar un balance de gestión que avale la necesaria confianza. Una cosa es ser patriotas y otra muy diferente ser idiotas, y me temo que estos últimos no abundan allende nuestras fronteras.

En este escenario desolador, el señor Sánchez afirma que «el Gobierno está más fuerte, que lo han querido derrocar y han fracasado». Esta curiosa afirmación no es sorprendente en boca de un Presidente que ha publicitado —por tierra, mar y aire— que de esta crisis «#salimos más fuertes». Una crisis que arroja un balance insuperable: somos el país que lidera el dramático ranking mundial en fallecidos por población, en sanitarios contagiados en cifras absolutas, en confinamiento y en caída del PIB, y todo ello simultáneamente. La única forma de cuadrar esta increíble  ecuación, es reconocer que el récord que verdaderamente ostentamos es el de peor gestión de la pandemia. Contemplamos el retrato de un Gobierno que parece vivir en la esquizofrenia de afirmar que todos —incluido él— «#salimos más fuertes» de la mayor crisis sanitaria y económica que se recuerda.

Todo ello al margen de cuestiones judiciales y políticas, que afectan al socio vicepresidente del Gobierno que no contribuyen a «regenerar la democracia», como prometió al plantear la moción de censura que le aupó a la Presidencia.

Una vez celebradas las elecciones en Galicia y el País Vasco, Pedro Sánchez haría bien en aterrizar en la realidad, porque los españoles seguimos insomnes, tal y como predijo si gobernaba con Podemos. El gran reto que tiene España y que debe liderar el Gobierno es ser capaces de generar la confianza necesaria para recibir la ayuda europea en unas condiciones compatibles con la salida de la mayor crisis económica y social que hemos padecido. La actual coalición de Gobierno lo hace imposible.

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