Azote sangrante a Iglesias

Azote sangrante a Iglesias
  • Clara Zamora

Escribir esta columna desde el periódico señalado por el individuo que la protagoniza es un placer mayúsculo, algo así como una silenciosa reverencia ante la solemnidad del valiente buen hacer de este medio. La polémica que ha rodeado su lucha por salvar la poca dignidad que sabe que le queda ha hecho que Iglesias lleve años obsesionado con tapar sus porquerías con porquerías mismas. El desenlace ha evidenciado la progresiva pérdida real de fósforo de su sesera. La insoportable inquietud que provoca la lujuria cuando no tiene correspondencia material destroza completamente los nervios. He aquí el origen de todo.

Del ya mítico “azotaría…” hasta el “soy un macho alfa” no hay camino que recorrer, ambas frases delatan la misma idea. Resulta verosímil que el hombre que trata violentamente temas carnales es, por una razón o por otra, alguien turbado por pensamientos lascivos, con visiones lúbricas sin deseos corporales. Traduciendo un poco la idea es alguien con una sexualidad débil, perfectamente acomplejado por ello, que aprecia a la verdadera hembra como una amenaza. Los hombres con este perfil se sienten víctimas imponentes de la furiosa rabia que les provoca una mujer poderosa en su belleza y seguridad. Proyectan en la que saben inalcanzable la turbia sensualidad de su inconfesable trastorno.

Que Mariló Montero es una belleza real, abrumadora y hecha toda de carne, que no se juzga más que de frente y conversando a viva voz es de todos conocido. Lo era en 2014, cuando salieron a la luz las declaraciones del líder podemita, y lo es en la actualidad. Representa a la perfección el prototipo de hembra que Iglesias detesta, suponiendo la encarnación viva de los mil desenfrenados deseos que se agolpan en sus intoxicadas fantasías. La manera de evitar humorísticamente esa atracción real es disfrazarla de todo lo contrario. La farsa llega al colmo cuando se pone a sí mismo la etiqueta de “macho alfa”, llegando a las cotas de obra maestra de categoría irónica.

Ese desenfreno tan grande y poderoso que sufre Iglesias no teme mezclar la sangre con el vino. Las fotos privadas de Dina Bousselham, en las que probablemente debe llevar una aureola alrededor de su cabecita; Tania Sáchez, fría, dulce y pequeña; y la vampiro hecha mujer con la que convive, son representaciones emblemáticas de las formas lánguidas que palpitan en ese niño interior que no se cansa nunca de oír cuentos terroríficos y misteriosos. La incapacidad congénita para sentir como el común de los hombres tiene en él el aire de una parodia, cuyo protagonista busca a propósito la fatalidad como excelencia. El infierno de Pablo es riquísimo, empieza a gozar de fama internacional. Asocia placer y dolor en forma semejante a la mejor novela gótica. Su amor es martirio, su placer es dolor.

La realidad es que la declaración ante el juez de la asesora de Podemos ha hundido a Pablo Iglesias. Nunca el presunto robo de un móvil ha ayudado tanto a hacer justicia. La famosa tarjeta dañada se convierte en abstracción frenética, así como las fotos íntimas que se supone que son tesoros, y por las que más de uno pagaría por no ver nunca, entre ellos la que aquí escribe. Y de nuevo ensalzo la valentía de este medio, que dio el paso hacia adelante para desenmascarar lo que puede costar el resonar de los vientos al protagonista. Los pies desnudos de Iglesias, sus alitas de ángel caído, la copa llena de sangre de la bella Mariló, sus cabellos pringados, todo ello esconde un verdadero drama de perfil lejano, de amante atormentado que se sabe cenizas y muerte.

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