Abrirle el camino a Trump

Abrirle el camino a Trump

Con su lanza-mísiles antidéficit, el candidato Ross Perot se dio a conocer mundialmente gracias a las entrevistas de Larry King en la CNN. El multimillonario Perot aparecía en televisión con sus gráficos catastróficos sobre la dimensión de un déficit público que los políticos preferían ignorar. Perot acaba de morir, a los 89 años, algo mortecina la mirada paranoica que dio una pulsión excepcional a su vida de “self made man”, con niñez de repartir periódicos montado en un “pony”, y luego convertido en potentado de la alta tecnología que quería ser presidente de los Estados Unidos. ¡Equilibrio presupuestario, ambición de ilusos y excéntricos!

Estando de corresponsal en Londres, en 1992 ABC me envió a la costa Oeste de los Estados Unidos para seguir la campaña presidencial que enfrentaba al presidente Bush padre con el aspirante Bill Clinton. El tercer candidato era Ross Perot. Después de California, me acerqué a Dallas para escribir sobre su campaña. El taxista tardó en localizar el cuartel general de Perot. Era una pequeña sala abarrotada de periodistas y cámaras. Espejismo de un tiempo anterior al Twitter: el telón de fondo azul, el atril, el monograma de la campaña y no más de veinte sillas para los periodistas. Con aquella minúscula escenografía, la televisión lo había conseguido: Perot ya era universal. De nuevo aparecía un tercer candidato. Y en algún momento superó a Bush y Clinton en expectativas de voto.

Inesperadamente el candidato compareció, irritado por las informaciones que había dado un canal de televisión. Nos hizo unas amonestaciones agrias, alzándose de forma nerviosa sobre la punta de los pies, mirando de reojo. Parecía un hombre herido, y desapareció. Con sus hijos y portavoces discutiendo entre bastidores, el ego piramidal de Perot, maníaco y susceptible, no sabía aclimatarse a los periodistas que simplemente querían encajar las piezas de una paranoia. A falta de otro material, la portavoz de la campaña me presentó a un escolta, con el corpachón de un doble armario de gimnasio. Me dijo que trabajaba para Perot sin cobrar. Era un veterano de Vietnam, uno de los prisioneros del Vietcong que Perot consiguió liberar. Luego supe que en aquella operación Perot se excedió haciendo transacciones con Vietnam que no tenían el visto bueno de la Casa Blanca.

Con la nariz rota de cuando domaba los caballos de su padre, Perot raramente parpadeaba. Alumno de Annapolis, tenía la autoridad del antiguo suboficial que puede hacer sentir incómodo a algún oficial del Estado Mayor. En su campaña, la adrenalina fluía con descargas que el candidato ya no controlaba. Anunciaba la compra de canales de televisión para contrarrestar informaciones sesgadas, dejaba de lado sus gráficos sobre cómo reducir el déficit público y acusaba al mundo entero de conspirar contra él.

De nuevo entró en la sala de prensa. Nos acercamos y nos miraba a la defensiva, sin menosprecio, vulnerable en su voluntad de triunfo. Nos miraba pero dudo que nos viera. En su mitin final de Mr. Smith va a Washington, acudían unas buenas gentes con furgoneta polvorienta y gorros pro-Perot. Con un total de casi veinte millones de votos, al final tuvo buenos resultados en Texas y de alguna manera eso perjudicó a Bush padre.

Volvió a presentarse, de cada vez más lunático. De todos modos, seguía ganando dinero. Había sido un frustrado defensor de la democracia electrónica y, a la vez, un eslabón más en la confrontación- una baza tan populista- entre el pueblo auténtico y las elites putrefactas. El prototipo de voto deseado por Perot ha acabado siendo para Donald Trump. Quizás a Perot le faltó Twitter.

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