Opinión

El lavado de cerebro: ésa es la cuestión en Cataluña

El lavado de cerebro: ésa es la cuestión en Cataluña
Cinco niños en mitad de una carretera con un cartel de los 'Jordis'
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La Real Academia no se anda con ambages ni remilgos a la hora de definir qué es un lavado de cerebro: “Modificar profundamente las ideas y creencias de una persona aplicándole técnicas de manipulación psicológica”. Eso sí: se queda corta porque no habla de los que tienen la consciencia en blanco, es decir de los bebés y de los niños, en resumidas cuentas, de aquéllos que son campo trillado para los fascistoides que quieren imponer sus pensamientos al prójimo de manera espuria.

Cataluña no es una sociedad enferma porque muchísimos padres se ponen las pilas contraprogramando a los niños que llegan a casa destilando odio contra todo lo que huela a España, desinformados, desnortados y con un concepto de la Historia y la Geografía que pondría los pelos de punta a Ortega o Marañón y no digamos al gran José Antonio Marina. Pero para mí constituye ya un dogma de fe el sectarismo y el fanatismo inoculado a cientos de miles de catalanes.

A mí no me van a contar de qué hablo porque lo padecí con mi hijo mayor en la cada vez más catalanizada Baleares. Fue al mejor colegio de Palma, los primeros años no tuvo problemas, pero cuando ya sobrepasaba ese umbral vital que es el uso de razón le cayó en desgracia una profesora nacionalista, más pija que Snoopy (hablaba en español como Rita Maestre) pero nacionalista. Cuál sería mi sorpresa cuando un día me espetó en ese paraíso a tiro de piedra de Palma que es Illetas:

—Papá, ya sé contar—.

—A ver…—.

—Un, dos, tres, quatre, cinc, sis, set, vuit…—.

Cuando mi estupefacción estaba en la estratosfera, una nueva arremetida del imberbe la disparó al fin del universo:

—Y también he aprendido los colores—.

—No te los sabes—, le chinché.

—Claro que sí: blanc, negre, vermell, verd, groc…—.

Monté un educadísimo pollo que no lo superaría ni un lord inglés pero dio igual porque el Decreto de Mínimos (la Ley Lingüística del corrupto Matas) obligaba a impartir “al menos” el 50% de las clases en catalán, que no en mallorquín. O sea, que podías reducir el español a un 10% como, de hecho, hacían numerosas escuelas. Manda huevos lo principal y lo accesorio. Han pasado 12 años de aquella desagradable anécdota y en las urnas ya se nota cómo el machaque en muchas aulas va haciendo efecto. Cada vez son más por culpa de una presidenta de Baleares, Francina Armengol, que es una independentista travestida de socialista. Me parece tan de recibo que se enseñe catalán en Cataluña (sólo faltaría) y mallorquín en Mallorca como indignante que se prive a los padres de elegir en qué lengua se educan esencialmente sus descendientes. Es de coña que lo elija el presidentusco o presidentoida de turno y no quienes gozan de su patria potestad.

Lo de Cataluña es fascismo puro. Y duro. Y repugnante. Y anormalizante. Para que comprendan la dimensión del problema les formularé una sencilla pregunta. ¿Cuántos chicos y chicas cursan Educación Infantil, Primaria, Secundaria y Universitaria en Cataluña? Cualquiera de ustedes se echará a temblar en milésimas de segundo cuando les facilite el dato: 1.548.279 (últimas cifras facilitadas por la Generalitat).

Ergo, hay millón y medio de muchachos y muchachas que cada día escuchan, más explícita que implícitamente, que Cataluña no es España, consecuentemente, que es una nación, que la Guerra de Sucesión de 1714 entre borbones y austrias fue una Guerra de Secesión, que España nos roba, que Companys fue un mártir y no el asesino de 8.000 conciudadanos, que este sujeto nauseabundo es el padre de la patria, amén de una suerte de indisimulados elogios al mayor delincuente político de Europa Occidental, Jordi Pujol Soley.

Los niños conocen como nadie los ríos, las montañas y las ciudades de Cataluña pero no tienen pajolera idea de qué coño es eso de la Reconquista, las Cortes de Cádiz o quién es un tal Diego Velázquez. Los Reyes Católicos, sí, aunque parcialmente. Allí se les inocula que Cataluña era un reino con Fernando de Aragón olvidando que no pasó de condado. De la lectura y la escritura en español ni hablamos porque son dos horas semanales. Consecuencia: buena parte de los alumnos le meten más bofetadas al Diccionario que Mike Tyson a sus incautos rivales. Los más son cuasianalfabetos funcionales a la hora de redactar un texto en la lengua de Cervantes, Quevedo, Calderón, Machado, García Lorca, Juan Ramón Jiménez, Cela, García Márquez, Vargas Llosa o Rulfo, entre otros muchos genios y premios Nobel. Por cierto: un idioma que hablan 600 millones de personas en todo el mundo y que te puede permitir circular sin perderte en la traducción por ciudades como Nueva York, Los Ángeles y no digamos ya Miami.

La imagen del miércoles pasado en una autopista vale más que mil palabras. Cinco niños, el mayor de los cuales no tendría más de tres o cuatro años, el más pequeño de meses, sentados en medio de la vía cortando el tráfico con un cartel por bandera en el que se pedía la libertad de dos jordis delincuentes: Sánchez y Cuixart. ¿Se puede estar más enfermos que los malnacidos de sus padres? La escena era calcadita a las del nazismo, el comunismo, el chavismo o a las que nos llegan a diario de la Corea del Norte del asesino Kim Jong-un. Una demencia. En cualquier país normal a los progenitores les habrían retirado ya la guarda y custodia de los menores. Por enfermos mentales.

¿Por qué se quedó el dictador democrático Jordi Pujol la Educación? Pues porque es tan listo como golfo, es decir, porque es listísimo. Y a una mente privilegiada para el mal como la suya no se le escapaba que el que controla la Educación, controla el futuro. Y no a corto o medio plazo sino durante generaciones. Dominar la lengua vehicular es tanto como dominar a tu antojo a un ser humano. No olvidemos que es aquella en la que los imberbes aprenden a pensar. De ahí a convertirlos en esclavos mentales de una causa no media precisamente un abismo.

El lavado de cerebro en las aulas es propio de las peores satrapías. Y como he subrayado hasta la saciedad, las tiranías pueden surgir de varias maneras: con la prototípica, un golpe de Estado, o tras unas elecciones impecablemente democráticas. Llegas, ves, vences en buena lid y cambias las normas como te salga del arco del triunfo. Eso sí: siempre en nombre de la libertad y la democracia para, poco a poco, dejar reducida la libertad a la condición de papel mojado. Hitler, Chávez, Maduro o Putin son algunos acollonantes ejemplos. Y, aunque algunos lo nieguen mientras les crece pinochescamente la napia, no hay peor ciego que el que no quiere ver, también el ladronísimo Pujol.

El lavado de cerebro tiene como fin último perpetuar sine die el régimen en el poder. Que los gobernados no sepan diferenciar entre el bien y el mal, que no discriminen, que sean súbditos y no ciudadanos, vamos, que desde arriba los muevan como títeres. Cuando algún indocumentado o sectario madrileño de tres al cuarto argumenta en TV que con Rajoy se ha disparado el número de independentistas (el presidente tiene la culpa hasta del asesinato de Kennedy, lo debió de matar con ocho años), yo le contraargumento con varias y poderosas razones: en el País Vasco han caído a plomo y en Cataluña hay más como consecuencia de la involución educativa iniciada por el pujolismo en 1983. Treinta y cuatro años de programación cerebral han provocado que donde antes había un millón de separatistas ahora haya dos. Dos millones que, tampoco nos volvamos locos, son muchos en términos absolutos pero no tantos si lo analizamos con proporcionalidad: el 27% de la población. Que es tanto como sostener, sin manipulación alguna, que el 27% de los catalanes quiere imponer sus redaños al 73% restante. Flipante. Eso sólo ocurre en las dictaduras.

De aquellos polvos vienen estos lodos. Cuando debates con independentistas catalanes te percatas en cuestión de segundos que están todos cortados por el mismo patrón e irreversiblemente fanatizados. Mismas cantinelas, mismos términos, mismos lugares comunes y cero lugar para la autocrítica. Les escucho perorar sobre los “presos políticos”, sobre “la dictadura que se padece en España”, llamar “golpe de Estado” al 155 y no a Puigdemont y cía, sostenella y no enmendalla con “la histórica nación catalana”, soltar que “TV3 es una televisión libre”, identificar a la España de Rajoy con la de Franco y quedarse tan panchos y negar la mayor, que no es otra que el tan indiscriminado como psicopático adoctrinamiento en las aulas.

Tengo tan claro esto como que la mayoría natural de Cataluña, esa mayoría silenciosa a la par que atemorizada, está cero fanatizada. Lo compruebo cada vez que piso la tierra de mis dos abuelas. Todo el mundo, insisto todo el mundo, me trata de maravilla, jamás he visto una mala cara, siempre todo es amabilidad, educación y seny. Miento, una vez sí me insultaron: fue un pijo a bordo de un Q7 de 100.000 euros perfectamente trajeado y aconteció en la parte alta de Barcelona. El problema es que de las escuelas salen más chicos y chicas programados que librepensadores. Y eso a medio y largo plazo es un desastre en términos intelectuales, constitucionales, históricos y sociológicos. Cuando tú, señor Estado, has dejado el terreno de juego entero al enemigo durante 37 años lo normal es que tardes otros tantos en darle la vuelta a la tortilla. El caso es que si continúa el achique de espacios por parte del independentismo durante 15 más, la segunda nación más antigua de Europa (España) pasará a la historia.

Por eso se me despierta la ternura cuando escucho las palabras de optimismo ante el 21-D del Gobierno, del PP, de la imparable Arrimadas, del valiente Albiol o del genial Iceta. Para empezar, porque el lenguaje no verbal no acompaña, su cara suele ser un poema. Y, para terminar, porque mientras no se termine con la pacífica violencia (no hay peor intimidación que la que se ejecuta con las leyes y no con las porras) que padecen los  constitucionalistas, mientras TV3 continúe falsificando el pasado, el presente y el futuro y mientras en las escuelas y en la universidad se lave el cerebro, NO HAY NADA QUE HACER. Ojalá me equivoque y veamos a Arrimadas de presidenta el penúltimo jueves del año. Me temo que la vida seguirá igual. Ellos actuando las 24 horas contra España y nosotros contemporizando. Los tahúres golpistas jugando con cartas marcadas y los demócratas sin trampa ni cartón. Ellos adoctrinando hasta la náusea y nosotros haciéndoles el juego por aquello de la corrección política, como cuando algunos prohombres madrileños hablan gilipollescamente de “Girona” o “Lleida” olvidando que en castellano es “Gerona” y “Lérida”. Si Orwell resucitase, escribiría sin solución de continuidad un libro recordando su mítico 1984 o ese Mundo Feliz de Huxley. Sobra decir que se titularía Cataluña 2017.

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