La psicología confirma que los niños que ven a sus padres leer doblan sus probabilidades de ser lectores habituales de adultos
El hábito de lectura en los hijos no suele construirse a base de obligaciones, sino de pequeñas rutinas que se repiten en casa. Los niños aprenden, en buena medida, observando a los adultos que tienen cerca. Por eso, ver a sus padres leer con frecuencia puede resultar más efectivo que insistir constantemente en que cojan un libro.
La familia se convierte así en uno de los principales referentes durante los primeros años. Cuando los libros forman parte del día a día y la lectura se presenta como una actividad placentera, los menores pueden asociarla con el entretenimiento, la curiosidad y el descubrimiento, en lugar de verla únicamente como una tarea escolar.
El ejemplo de los padres ayuda a crear el hábito de lectura en los hijos
La neuroplasticidad explica la capacidad del cerebro para adaptarse y modificar sus conexiones a partir de las experiencias. Durante la infancia, esta característica tiene especial relevancia, ya que el cerebro está sometido a un proceso constante de aprendizaje y desarrollo.
La lectura habitual supone un estímulo cognitivo que implica distintas capacidades. Pero el entorno también importa. Tener libros al alcance, acudir juntos a una biblioteca o simplemente que el niño vea a sus padres disfrutar de una novela son gestos cotidianos que pueden normalizar la lectura.
Los menores tienden a reproducir conductas que observan en sus figuras de referencia. Por eso, predicar con el ejemplo puede ser una estrategia sencilla para fomentar la lectura en los niños. La idea es que abrir un libro deje de percibirse como una obligación y pase a formar parte de su tiempo libre.
¿Qué beneficios tiene leer desde la infancia?
Leer exige mantener la atención, comprender información, relacionar conceptos y recordar lo que se ha leído. Durante la etapa escolar, estas habilidades pueden contribuir al desarrollo del lenguaje y a la adquisición de vocabulario, además de resultar útiles para afrontar otras materias.
A medida que los niños crecen, la lectura también puede favorecer una mayor capacidad para analizar historias, interpretar diferentes puntos de vista y cuestionar determinadas ideas.
En la adolescencia, enfrentarse a personajes y situaciones complejas ofrece, además, una oportunidad para reflexionar sobre cuestiones relacionadas con la identidad, las relaciones sociales o la toma de decisiones.
La ficción tiene otro valor importante: permite acercarse a experiencias que el lector quizá nunca haya vivido personalmente. De esta forma, ponerse en la piel de un personaje puede ayudar a comprender emociones y conflictos desde perspectivas diferentes.
La lectura también puede reforzar la empatía
Según recoge Yago School Málaga, hablar con los menores sobre las historias que leen permite relacionar el contenido de los libros con sus propias experiencias.
No se trata únicamente de terminar una novela, sino de comentar qué ha ocurrido, por qué un personaje ha actuado de determinada manera o cómo habría reaccionado ante una situación similar.
Por eso, crear un espacio diario de 20 o 30 minutos sin pantallas puede ser una buena forma de introducir esta rutina. Lo recomendable es respetar los gustos del menor: cuentos, cómics, aventuras, misterio o cualquier otro género pueden servir como puerta de entrada.
Más que obligar a leer un determinado número de páginas, lo importante es que el niño encuentre motivos para volver al libro.