Siervos de la sigla

Siervos sigla

En el Medievo, existía un contrato no escrito de servidumbre denominado la gleba que ligaba a un conjunto de siervos a las tierras que cultivaban, en un estadio intermedio entre la esclavitud y la libertad. Aunque las tierras de su señor fueran vendidas o donadas, su condición no cambiaba y pasaban a servir al siguiente propietario, que determinaba su nuevo estatus en función de la lealtad y capacidad que estos campesinos y obreros del campo eran capaces de ofrecer.

Algo así sucede con los militantes del PSOE. No importa quién ocupe la secretaría general del partido, ni los delitos o felonías que cometa, ni las mentiras que exponga ni las purgas que ordene. Sirven con probada fidelidad a la causa, como si de una religión monoteísta se tratase, al calor de las prebendas que, por formar parte de la secta, poseen o esperan obtener. Y como buenos feligreses, acuden a rezar cada elección a depositar su renovada confianza en el dios socialista. Llevan así más de un siglo y no hay elementos que ayuden a pensar en el juicio crítico de quien ha entregado su vida a obedecer por encima de los principios y votar bajo capa de superioridad moral.

El penúltimo ejemplo de feligrés obediente lo ha protagonizado José Bono, el histórico presidente castellano-manchego y asiduo visitante de islas caribeñas y hoteles de lujo. En un foro público al que acudió como invitado y con su verbosidad habitual, esgrimió orgulloso su militancia cuñada cuando reconoció, en esa media verdad retórica tan característica en él, que los escándalos del Gobierno le afectaban lo que las moscas a los leones africanos: aunque hagan cosas que no compartan, son de las suyas. Y ya se han acostumbrado a estar ahí.

Una confesión la de Bono que sólo se explica tras una vida entera dedicado a unas siglas que le han permitido pagar un ático de lujo a tocateja, tener sociedades empresariales en paraísos fiscales y viajar a los predios dominicanos con la misma frecuencia con la que un obrero de Móstoles pilla el Cercanías para acercarse a Madrid a doblar el lomo. Don José, el católico, es el prototipo perfecto para entender de qué va el socialismo cuando gobierna y los efectos que produce sobre aquellos a los que gobierna: la distancia más corta entre la ruina y la riqueza es un voto socialista.

Bono, González, Guerra, Chaves, pertenecen a aquel PSOE que algunos ahora quieren resucitar porque, en su millonaria vejez, se atreven a discutir públicamente las medidas de un gobierno socialista. Revolucionarios a destiempo, se convierten en prohombres de Estado hasta el momento en el que deben depositar su confianza en la urna. Ahí se acabó la discordia. Porque, en el fondo de su pensamiento lineal, son carne de carné, hijos de una sigla centenaria con más cadáveres morales de los que su historia, y la historia que todos aprendemos en las aulas, cuentan. Son ricos gracias a su feligresía impenitente, y aunque asesoren y roben los que ondean en Ferraz y Moncloa el puño y la rosa, son de los suyos. Si secuestran y engañan, no importa, porque son de los suyos. Si mienten y manipulan, dirán que no lo comparten, pero son de los suyos. Y si así actúa la élite dirigente, imaginemos dónde ponen las barreras éticas la base sociológica que mantiene el cortijo de saqueo y latrocinio perpetuo. En la política, como en la vida, los pequeños sólo replican lo que ven en sus mayores.

A la clase política le pedimos que no moleste, vista su incapacidad por resolver nuestros problemas. Comprobada su proverbial insistencia en decidir sobre los asuntos ajenos con el dinero de todos, también le pedimos que nos deje en paz. Pero al socialismo, de izquierdas y derechas, intervencionista y controlador, no le interesa ni conviene una ciudadanía libre, autónoma en la forma de procurarse su condumio y necesidades vitales y tampoco formada hasta el punto de pensar y cuestionar lo que desde el poder se le ordena pensar y decidir. Volviendo a González, la verdad es aquello que los ciudadanos creen que es verdad.

Y en esta patria de campanario, como la definió Unamuno, los espejos de referencia son los dueños de unas siglas sin las que nada sucede ni acontece. Y han convencido a millones de siervos de que, en realidad, gobiernan por su bien y el voto socialista representa un indudable voto de progreso. Para este tipo de ciudadano militante, siempre fue más cómodo vivir engañado en la utopía que hace millonarios a sus apóstoles que dudar de las ideas y que se quiebre el edificio intelectual sobre el que edificaron sus creencias. La religión no ha muerto, hace tiempo que se hizo del PSOE.

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