¿Ser Gobierno o perecer?, that is the question

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  • Jorge Fernández Díaz

Cada día se hace más imperiosa la necesidad de una auditoría —ajena a los grupos parlamentarios del Congreso y el Senado— sobre la gestión de la pandemia por parte del Gobierno, que no olvidemos ha sido «autoridad única» durante las 14 semanas del estado de alarma. La autoridad única debe representar necesariamente, si no responsabilidad única, mayor responsabilidad que ningún otro gestor político del Estado, cuando menos.

Seis meses después de aquella declaración del 14 de marzo, se puede y se debe hacer ese balance y llevar este debate a la primera línea política e informativa. Lo que es inaceptable es que no se explique cómo es posible que, siendo España uno de los países del mundo que ha hecho un confinamiento más extremo, encabece los índices de mortalidad y contagios, y obligue a la población al uso de mascarilla como ningún otro país en estos momentos. ¿Alguien puede entender que paises vecinos, tengan números de fallecidos muy inferiores a los nuestros,  con medidas menos intensas que las adoptadas aquí? Al respecto, hace cinco semanas que un grupo de más de veinte científicos reconocidos en sus respectivas disciplinas, pedían esa auditoría, «no buscando réditos políticos ni distribuyendo culpas», sino a fin de detectar y corregir para el inmediato futuro, errores y disfunciones que —como está sucediendo— ya son una realidad.

Es evidente que algo no se ha hecho bien, y necesitamos tener certidumbres para corregirlo ahora, con el comienzo del otoño y la vuelta progresiva a la normalidad. Pero de la autoridad única hemos pasado a la carencia absoluta de autoridad visible y de liderazgo político. Y cuando ha sido imprescindible adoptar medidas necesarias para prevenir la anunciada oleada otoñal, el Gobierno en pleno estaba de vacaciones y el Director del Centro de Alertas y Emergencias Sanitarias promocionaba el turismo nacional surfeando en el Algarve portugués. La presunta cogobernanza parece, de hecho, un «sálvese quien pueda», con las autonomías y ayuntamientos actuando sin la necesaria coordinación entre sí, que es responsabilidad inexcusable del Gobierno de la Nación.

Por el contrario, Sánchez e Iglesias están en plena campaña para conseguir los apoyos necesarios para aprobar los presupuestos, que serán los primeros propios desde la moción de censura que aupó a Sánchez a la presidencia. Para ello, Iglesias pide que se reedite el bloque político de esa censura como única fórmula «para dar estabilidad al Gobierno». Mientras Sánchez, con la boca pequeña, pretende que el PP apoye a sus censores, y promete constituir la «Mesa de diálogo» y modificar la ley para rebajar las penas de sedición como una manera indirecta de indultar a los condenados por el Procés, y conseguir el apoyo de ERC y los cuatro diputados escindidos de Puigdemont y Torra. Serían 17 diputados en total, que con los del PNV, le garantizan la mayoría necesaria. Hago abstracción del papelón al que está llevando a Cs con esta política el que pretendía hacernos creer que «unidos saldríamos más fuertes». Su concepto de la unidad se escribe con esta estrategia que, en realidad, es la de «divide —a la oposición— y vencerás».

Parece que el tándem de la coalición gubernamental ya se ha hecho la transcendental pregunta del monólogo de Hamlet, el Príncipe de Dinamarca, To be or not to be, that is the question: «¿Ser Gobierno o desaparecer?». Y su repuesta es muy evidente, pues sus hechos hablan con meridiana claridad, salvo para quien no quiere entender. España y los españoles se subordinan a sus intereses personales y políticos, pues el bien común, o el interés general en versión más laica, no parece tener el significado comúnmente aceptado, sino el referido a ellos en particular.

Al final, tendremos unos presupuestos presuntamente para la recuperación economica, con la estabilidad deseada por Iglesias, pero para una España que muere y otra que parece bostezar.  Mientras, en los medios sólo oímos hablar de contagios, y somos casi los únicos ciudadanos del mundo que vivimos amordazados. Un horizonte que no invita al optimismo, pero la resignación es inaceptable. La única batalla —política— perdida con seguridad, es la que no se libra.

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