La Séptica no aséptica

Opinión Carrillo

En La Séptica ya huelen a bulo. No han empezado aún y ya están buleando. Bulear significa crear mentiras con conocimiento. El bulócrata es ese funcionario de la mentira acostumbrado a trolear verdades con la impunidad que le da ser cargo público o palmero mediático (es decir, carga pública). En La Séptica, la nueva fosa mediática del sanchismo, huelen el engaño como el dinero, por abrasión, y desde que el Gobierno progresista del delito le concedió una licencia para constituir otro canal de medias verdades y todas mentiras (no era suficiente con TVE, al parecer), quieren corresponder al Führer que amamantó su nacimiento como mejor saben hacer desde el socialismo intelectual estos hijos de Goebbels: con propaganda diaria, seguida, sin freno, las veinticuatro horas, cuanta más, mejor. Cuando se trata de activismo, no hay descanso que valga. Todo sea por la progresía liberticida, que es como al zurdo le gusta ganar y sentir su parné.

Para ello, qué mejor responsable editorial, para pergeñar las líneas maestras de la mentira informativa, que el tipo que más bulos y patrañas ha creado en los medios desde que Ferraz vio en él al Negreira de la información. Con su pose de Rodin en baja forma, mano en mentón de interesante discontinuo, se hizo famoso tras la pandemia (antes sólo era conocido por replicar las monsergas de Ferraz) por ser el creador de una frase escondida tras la pantalla analítica de un plató: «En España es imposible que haya un apagón, es un bulo de la ultraderecha». Y tras el titular, la sonrisa impostada y a pontificar más propaganda. Lleva así media vida, dictando en antena lo que el PSOE le ordena por teléfono, de ahí que ahora, a sus años y méritos para imitar a Julio Iglesias, empiece a calentar el aterrizaje con una declaración que supondría su ridículo profesional, si no fuera porque hace tiempo que, paniaguados aparte, ya no representa más que a una piara de sectarios del mismo club. «Si PP y Vox llegan a gobernar, las personas con acento argentino serían deportadas», soltó nuestro Walter Cronkite. Y tan pancho. Sabe que es falso, que sus falacias de falso dilema sólo las compran los de carnet y partido, y que La Séptica la verán los mismos que se han tragado durante todos estos años sus turras morales y pizarras troleras en el NO-DO diario de TVE.

Pero se trata de eso, sembrar el miedo y ejercer de asustaviejos ante el factible escenario de una alternativa política tan higiénica como necesaria. Lo de azuzar el miedo, como el rencor y el prejuicio, lo han hecho siempre. Si no, no serían de izquierdas. Desde su buen rollo prefabricado, donde todo son risas antes de crear odio informativo que acto seguido proyectarán en los fachas —la mayoría de españoles— que no queremos comprar argumentarios fartuscos, los sépticos pretenden arrancar donde el sanchismo lo ha dejado: en la corrupción de la información. Al menos, mientras dure el presupuesto. Son de esa generación que ha renunciado a las ideas para ganar dinero en las trincheras. Que prefieren firmar un manifiesto contra el buen periodismo antes que avergonzarse del activismo sumiso que representan. Son la carnaza de la profesión con máscara de niños buenos y sonrisas progres, de esas que fifty-fifty (la cajera de la televisión) te suelta antes de llamarte facha con el estómago vacío.

Tras presumir de pluralidad por redes y anunciar objetividad por los festivales de España, reúnen a la quintaesencia del sectarismo periodístico para confirmar que, detrás de todo gran empresario socialista, siempre hay unas siglas que defender y una subvención que justificar. Ya pasó con La Secta y ahora repiten con La Séptica. Al fin y al cabo, se trata del mismo periodismo maloliente que vive de aquello que dice combatir, mientras facturan la trola a precio de bitcoin. Todavía hay algunos que no se enteran, Contreras, de qué va este negocio.

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