Sánchez y su Irán teatral, sin rédito electoral

Sánchez y su Irán teatral, sin rédito electoral
Diego Buenosvinos

Las guerras modernas tienen más nombres que fechas y más propaganda que balas. Si repasamos Irak, Afganistán o la primera guerra del Golfo, vemos un patrón: decisiones improvisadas disfrazadas de estrategia, comunicados oficiales que parecen guiones de serie de televisión y resultados que rara vez cumplen las promesas iniciales. La ironía de la guerra contemporánea es que nunca es lo que parece: se anuncia corta y precisa, pero deja un rastro de confusión, burocracia y titulares que mañana nadie recuerda. Winston Churchill lo resumió magistralmente: «La historia será amable conmigo, porque tengo la intención de escribirla». Y es justo lo que ocurre hoy, en versión ibérica.

España, por supuesto, no escapa a este espectáculo. Nos ha tocado un presidente que aspira a la neutralidad a la manera de la Segunda Guerra Mundial: ni entrar, ni salir, pero con suficiente gesticulación para aparecer en la foto. Pedro Sánchez, el gran improvisador, se encuentra ahora en un escenario que él mismo ha decorado con luces de propaganda electoral: la guerra en Irán, breve, quirúrgica y, al parecer, perfecta para un titular de campaña en Castilla y León. Entre mentiras, medias verdades y gestos calculados, intenta reflotar su imagen y distraer de un entorno que huele a corrupción como una camisa vieja que nunca lava. Pero España ya es adulta: la ciudadanía observa, crítica y no se deja engañar con facilidad.

El teatro político que monta Sánchez tiene sus ventajas: proyecta acción, muestra que toma decisiones y recuerda a los votantes que está ahí, aunque su improvisación sea evidente: hoy dice no a la guerra y en 24 horas, envía barcos y lo que haga falta. Sin embargo, señor Sánchez, las guerras modernas no son comedias de salón. A diferencia de Irak, donde Bush y Aznar pudieron vender heroicidades y decisiones de manual, hoy la información es inmediata, la opinión pública vigilante y el Parlamento atento, aunque, curiosamente, el presidente se exima de votación obligatoria para exponer la situación y comandar espacios y tropas. Eso, desde el punto de vista legal, es una prevaricación de manual: obligación incumplida, autoridad ignorada, un pequeño «toc» democrático que se repite desde el despacho de la Moncloa. Tres años sin presupuesto, pero aquí no pasa nada; los señores del PNV disfrutan de la España que les paga, eso sí, la jubilación. 

Los presidentes estadounidenses, desde Reagan hasta Biden, han improvisado guiones similares: invasiones, sanciones y discursos calculados para consumo interno, siempre con la esperanza de que la opinión pública olvide el error tras un titular heroico. Sánchez parece seguir esa escuela, pero con un añadido: la improvisación es su sello personal; ahora dice que no, luego quizá y más tarde vemos, como decía antes, que salen cazas de Rota.

Churchill, otra vez Churchill, nos lo recuerda: «Un político piensa en la próxima elección; un estadista, en la próxima generación». La reflexión es clara: Sánchez piensa en Castilla y León, en el impacto inmediato, en que el flujo mediático tape lo que no se puede limpiar de otra forma.

La ventaja, si se quiere buscar alguna, es que Sánchez consigue proyectar acción y liderazgo sin comprometer demasiado a España en el conflicto, es decir, no llegarán misiles; eso parece. La guerra terminará pronto, el impacto inicial será medido y las aguas volverán a su cauce. Ni trasvase de votos, ni milagro electoral: sólo propaganda que durará lo que el ciudadano esté dispuesto a tolerar antes de mirar otra noticia.

Al final, la ironía es total: mientras el mundo observa conflictos complejos en Oriente Medio, España disfruta de su propia versión de la guerra, con un presidente que busca protagonismo, votos y olvido selectivo de escándalos internos. Churchill —me gusta recordarlo— nos da la última lección en este aquelarre inolvidable de un primer ministro de guerra y premio Nobel de Literatura: «La política es el arte de mirar hacia otro lado mientras se hace lo que conviene».

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