Sánchez cita en plan ‘fake’ a Azaña que siempre acusó a Cataluña de traición

Sánchez cita en plan ‘fake’ a Azaña que siempre acusó a Cataluña de traición

Pedro Sánchez tuvo ayer la gran oportunidad de su vida de mantener la boca cerrada cuando usó en vano el nombre de Manuel Azaña, el último presidente de la II República, para justificar su gobierno sáncheztein con Pablo Iglesias y con el permiso de Ezquerra Republicana de Cataluña (ERC). El doctor fake utilizó de manera fake la memoria del jefe de Estado republicano. Toda una hazaña, pero con hache.

Azaña tenía muy claro desde que se inició la Guerra Civil de que “la resistencia de la República se apoyaba en Madrid y Cataluña”. Por eso el que fuera presidente de la República, entre 1936 y 1939, se lamentó del comportamiento de los partidos políticos y sindicatos catalanes en un artículo que publicó en la prensa internacional durante su exilio en Callonges-sous-Salève, en la Alta Saboya francesa, cerca de la frontera suiza: “Desde julio de 1936, hacían todo lo necesario (y bastante más de lo necesario), para aumentar temerariamente la importancia de la región en los problemas de la guerra. No puede negarse que lo consiguieron, por acción y por omisión. Por acción, atribuyéndose funciones, incluso en el orden militar, que en modo alguno les correspondían; por omisión, escatimando la cooperación con el Gobierno de la República”.

Y Azaña no omitía en su escrito la traición de los catalanes hacía el Estado republicano que, siendo él presidente del Gobierno en 1932, los había  beneficiado con el mejor Estatuto de Autonomía de la historia de Cataluña: “Después que, a consecuencia, del alzamiento, y aprovechándose de la confusión, los poderes públicos de Cataluña se salieron de su cauce, se produjo la reacción necesaria por parte del Estado, que se había visto desalojado casi por completo de aquella región”.

¿Les suena el lamento de quien era el jefe de Estado de una España en plena guerra civil? Los republicanos catalanes, que ahora sacan pecho frente a una Jefatura de Estado monárquica, se mostraban igual de traidores y viles con un régimen republicano que necesitaba su fuerza para enfrentarse al ejército de Franco.

Pero como los hechos históricos se manifiestan de manera cíclica, según Azaña, “los que oficialmente representaban la opinión catalana solían decir que Cataluña y su gobierno eran vejados y atropellados por el gobierno de la República, que les arrebataba no solamente las situaciones de hecho (las cursivas son del autor del texto) conquistadas desde el comienzo de la guerra, sino las facultades que legalmente les confería el régimen autonómico”.

La historia se repite

Más de lo mismo ochenta años atrás y, aún peor, cuando en teoría se enfrentaba a un envite fascista, que tanto manosean ahora Pablo Iglesia y Gabriel Rufián en sus discursos populistas. ¿Y qué decir del comportamiento ruin y mendaz de los políticos catalanes que eran retratados por el propio presidente de la tan ansiada República a la que hicieron añicos desde el egoísmo supremacista?

Pero Azaña no se amilanó cuando decidió narrar las miserias de sus socios guerracivilistas: “Miraban en el Ejército de la República, reorganizado en Cataluña desde que en mayo del 37 el Estado recuperó en la región el mando militar, un ‘ejército de ocupación’. Consideraban perdida la autonomía y menospreciada la aportación de Cataluña a la defensa de la República”.

Pero esa no era la única queja del entonces jefe del Estado que acusaba en su artículo a los políticos catalanes de estar más atentos a “las ambiciones políticas locales del nacionalismo catalán……. que estorbaba gravísimamente la función del poder central”. Según Azaña, ese comportamiento “influyó perniciosamente hasta el último momento” en la respuesta a las tropas franquistas.

Y Azaña, sin quererlo, pone en el punto de mira a los actuales socios del Gobierno sáncheztein: “Los dos problemas eran: el nacionalismo catalán y el sindicalismo anarquista y revolucionario”. Y ahí los tienen: los podemitas, con los antisistemas, borrokas y anticapitalistas en La Moncloa y los independentistas, herederos de aquellos traidores de la República, en una mesa de negociación en la que poco importa el diálogo y sí mucho el logro de un referéndum.

Mientras tanto, el doctor fake Sánchez se dedica a esgrimir citas históricas de la persona que, con dignidad, puso en su sitio a los felones de la II República.

Azaña, que una vez más acertaba en la diana con sus comentarios sobre Cataluña, criticaba a los catalanes por actuar desde una posición de “raza”. Aseguraba que se consideraban “distintos, cuando no contrarios de los demás españoles”.

El ex presidente republicano responsabilizaba de muchos de los acontecimientos de la época a “un partido o Liga” -en referencia a la Liga Regionalista de Francesc Cambó-, “profundamente burgués y conservador”, que “colaboró en algunos ministerios de la monarquía y les arrancó la concesión de una autonomía administrativa para Cataluña”.

Y, una vez más, sin pretenderlo, Azaña daba otro salto en el tiempo hasta finales del siglo XX y comienzos del XXI. Ahí quedaban retratados los Pujol, Mas, Puigdemont y Torra y toda la burguesía nacionalista catalana, que ahora se ha echado al monte del republicanismo aparentemente de izquierda.

La misma canción

Azaña se adelantaba a la España actual, la del procés y del golpismo del 1-O, cuando escribía: “Producido el alzamiento de julio del 36, nacionalismo y sindicalismo, en una acción muy confusa, pero convergente, usurparon todas las funciones del Estado en Cataluña…. Pero el levantamiento de la guarnición de Barcelona fue vencido el 20 de julio”.

Y el entonces presidente de España destacaba el determinante papel de la Guardia Civil que se mantuvo fiel al Estado, la misma República que tanto ensalzan ahora Sánchez, Iglesias y Rufián de manera trufada. Los hechos se repiten como si nos encontráramos envueltos en un bucle del eterno retorno nietzscheano.

Azaña también se lamenta de “los catalanistas conservadores” que “se pusieron decididamente al servicio de la que era entonces Junta de Burgos” para librarse “del peligro comunista y de la revolución”. Los mismos que ahora reivindican la tricolor desde las filas del fugado Puigdemont y del inhabilitado Torra: los herederos del pujolismo y de la burguesía más segregacionista catalana, rancia y supremacista catalana.

Azaña relataba cuáles fueron las situaciones de hecho contra la República de las que pretendieron valerse sus socios catalanes, como ahora pretenden aprovecharse los dirigentes de ERC: los cuarteles militares fueron ocupados por las “milicias antifascistas”; el Gobierno catalán se apropió de la fortaleza de Montjuich; la policía de fronteras, las aduanas y los ferrocarriles fueron arrebatados al Estado; el Liceo, “propiedad de una empresa privada en el que se representaban zarzuelas madrileñas y óperas francesas o italianas”, pasó a llamarse Teatro Nacional de Cataluña; el gobierno catalán emitió unos billetes ilegítimos al margen del Banco de España; crearon un ejército catalán… Y así un despropósito interminable.

Pero el mayor gesto insolidario del Gobierno catalán, según Azaña, fue la creación de un Ministerio de la Guerra, denominado Consejería de Defensa, para proteger sus fronteras, que comenzó siendo dirigido por un militar profesional pero pasó a manos de “un obrero tonelero”. Según Azaña, entre los independentistas catalanes “dominaba la creencia de que la guerra se decidiría en otra parte, lejos de Cataluña”.

Y en el ámbito económico, aquella Cataluña independentista, que emprendía por su propia cuenta una especie de guerra de Gila, pedía ayuda a papá Estado cuando se quedaba con las arcas vacías. También lo cuenta Azaña: “Exhausta su tesorería, el gobierno catalán se volvía al gobierno de la República, para obtener su auxilio, mediante la liquidación de suministros de material de guerra y de gastos hechos por cuenta del Estado, y otros conceptos, que daban origen a discusiones, compromisos y regateos muy penosos, con los que enredaban las cuestiones de política general, y cuya solución, cuando parecía haberse encontrado alguna, dejaba descontentas a las dos partes”.

¿Les suena la misma canción ochenta años después? Una vez más el eterno retorno. Con Cataluña la historia se repite una y mil veces y Sánchez va a propiciar una nueva situación de hecho, como la define Azaña.

En plena guerra, en 1938, se lamentaba el ex presidente republicano: “El gobierno catalán suspendió o prohibió la fabricación de un pedido contratado directamente por el gobierno de la República”. ¿Y cuál fue la respuesta del Estado?: “Militarizar en septiembre del 38, sometiéndolas al Ministerio de la Guerra, las fábricas del material”. Todo aquello, según Azaña, entre otras causas, condujo a la República al gran desastre militar.

El grito de Romanones, -“¡Vaya tropa!”- serviría de titular para los lamentos del último jefe de Estado de la II República. Un epitafio para el nuevo Gobierno sáncheztein y para los republicanos guerracivilistas Sánchez, Iglesias y Rufián. La historia es cíclica y se repite. También la traición y la felonía.

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