Rufián, epítome de un farsante

Rufián

No me cae mal Rufián. No es mal tipo en lo personal. Se podría decir que su educación es correcta, si admitimos como correcto la impostura circense de atender con simpatía a quienes odia por el simple hecho de no lanzarles el micro, llamarles fachapobres o escupirles a la cara. Todo eso lo deja para sus escarceos de taberna, con sus amigos de la capital de España, a la que se agarra como pelusa en los bajos del sofá. Deja a los salvajes acólitos guardados para cuando vea peligrar el escaño. Entonces será el momento de sacar al ruedo a sus bárbaros de estelada. Rufián es un jiennense de sangre travestido de catalán indepe que se ha hecho un nombre riéndose de sus ancestros, a los que insultaba en invierno mientras veraneaba a su costa, a veces hasta con ellos.

Dijo el otro día en un mitin de afectos huerfanitos a la causa zurda que el burka era una salvajada, menos de veinticuatro horas después de haber votado en contra de su prohibición. Su presumida inteligencia de camaleón político aún no le alcanza para soltar a esa tribu que antes le compraba las bondades de la cárcel de tela, que el Islam es incompatible con los valores de igualdad y feminismo que dicen representar tipos como él. Pero no se lo puede decir muy alto, porque han sido muchos años de inversión en tolerancia migratoria y fanática como para abdicar ahora de sus principios. Sobre todo, porque esos mensajes hace tiempo que tienen dueño y contexto.

No quiere el bueno de Gabriel repetir los argumentos de la malvada ultraderecha (que no existe nada más que en la imaginación de la ultraizquierda), pero admite que la tostada social hace tiempo que viene dorándose por el lado de la indignación que ofrece una realidad muy alejada del buenismo ficticio y controlador. Empero, la defensa que la izquierda hace del burka no es tanto por identificación con lo islámico, sino por su odio fanático hacia el cristianismo como pilar fundacional de Europa y constructor unificador de España. Defienden ese símbolo de opresión del hombre a la mujer, vía transfusión religiosa, porque se quedan sin votantes. Y, por tanto, sin futuro. Aunque les convenga ahora bajar los decibelios, como Melenchón en Francia, porque los barrios obreros eligen seguridad antes que utopías de clase, a la izquierda ya sólo le queda Alá. De ahí el intento de replicar otro Frente Popular, igual de violento y totalitario que el de hace un siglo. Y aunque ahora se despellejen como han hecho siempre para ver quién controla la causa de la izquierda, llegado el momento se unirán los que prefieren una España roja que acabe en una España rota. No aceptarán que haya una alternativa democrática. Porque no son demócratas. Sacarán a sus cabestros a la calle, rodearán parlamentos y destrozarán la vía pública, hasta el pucherazo final.

Y por mucho que sus menguados intelectuales de cabecera se empeñen en definir bucles melancólicos de unión imposible, el contexto político actual define a una izquierda que pierde votantes a los que defender al ritmo que aumentan causitas defensivas de victimismo rentable. Esa progresiva huida hacia un deshielo intelectual alcanza su cénit en la promoción de un tipo sin más trayectoria que pasar de ser el follonero charnego de Santa Coloma a la gran esperanza zurda. Dicen quienes aún creen que hay vida a la izquierda de la izquierda, que ésta ha dejado de representar a las clases populares, síntoma de una burbuja acomodada en la que han decidido vivir por la noche de aquello que critican el resto del día. Porque la izquierda no seducía a las clases populares: las compraba. De hecho, continúa haciéndolo. Sin ese sustrato esclavizado, que suma tres millones de perceptores mínimos vitales de un ingreso estatal para poder sobrevivir, a los que hay que añadir la gerontocracia dopada con pensiones insostenibles y la charocracia de 8M, que Alá les coja confesados ante lo que viene.

De ahí los movimientos de Rufián para seguir trincando de lo que detesta. Y que se haga continuas enmiendas a la totalidad de sus variables valores, cuando ve que estos los repudia un contexto que ya no gobierna la realidad ni inoculando eslóganes de camiseta barata a sus fieles. A Rufián le gusta vivir en el Madrid de Ayuso que odia, pero del que no quiere salir. Se ha adaptado tanto a la buena vida que da la libertad que cada año y medio renueva su pasaporte y reniega de todo aquello que defiende y mejor representa la Cataluña insegura, sumisa y empobrecida de la que huyó como de la peste. Porque Rufián es un farsante, pero no es tonto. Como el buen zurdo de bodega, los años le han hecho un hipócrita mejor.

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