Regreso al pasado en Rodalies

Puigdemont tiene razón al menos en una cosa. En la comparecencia que hizo el pasado sábado en Perpiñán tras la reunión de la dirección de Junts, afirmó que «algunos sois muy jóvenes, pero hace prácticamente 19 años Cataluña ya vivió un caos ferroviario gravísimo».
Para mí fue como la magdalena de Proust. Retrocedí al 1 de diciembre del 2007. El día de la primera manifestación soberanista. Yo estaba cubriendo la protesta. Luego vendrían otras como las sucesivas Diadas o la de la sentencia del Estatut. Pero esa, en cierta forma, fue la línea de salida del procés en cuanto a actos de masas.
Resultó también una exhibición de fuerza de la mal llamada sociedad civil. En este caso, la Plataforma pel dret a decidir. Con ese nombre ya se veía por dónde irían luego los tiros. La entidad acabó muriendo de éxito por la rivalidad entre CDC y Esquerra, que se disputaban su control. Fue sustituida a la larga por la ANC y Ómnium. Una de cada color.
Era una marcha contra el mal funcionamiento de Renfe. Ni siquiera se había aprobado el traspaso de Rodalies (2010). El lema de la convocatoria era Somos una nación y decimos basta. Tenemos derecho a decidir sobre nuestras infraestructuras.
En la primera fila, en teoría, personalidades independientes: los periodistas Vicent Sanchis, que llegaría a director de TV3; Francesc-Marc Álvaro, toda la vida en la órbita de Convergencia, pero que ha acabado finalmente de diputado de ERC en el Congreso; o Marçal Sintes, cuota convergente en El Periódico.
Otros ilustres representantes como el notario Alfons López Tena; el historiador Jaume Sobrequés, ex socialista; la cantante ya desaparecida Núria Feliu (1941-2022), o el escritor Jordi Cabré, sobrino de Xavier Trias. Igualmente, Jordi Porta, presidente de Òmnium; o el filósofo Xavier Rubert de Ventós (1939-2023), que pasó de las filas del socialismo al independentismo, entre otros. En fin, la crème de la crème.
En segunda fila iban los partidos. Recuerdo haber visto, por ejemplo, a Oriol Junqueras, que entonces apenas despuntaba y ahora lleva ya más de trece años al frente de Esquerra. Se la llamó también la manifestación de los tres presidentes porque asistieron Pujol y los ex del Parlament Heribert Barrera y Joan Rigol. Hasta estaba Duran i Lleida.
La marcha fue considerada un éxito de público y el PSC recibió por doquier. Tanto silbidos como con pancartas. Recuerdo una con la típica inscripción de «botiflers». Al fin y al cabo, en La Moncloa, mandaba Zapatero.
Pero fue también la primera vez que demostró que una cosa son las manifestaciones y la otra las elecciones. En las generales de marzo del 2008, apenas tres meses después, los socialistas catalanes obtuvieron el mejor resultado de su historia con la difunta Carme Chacón (1971-2017) de cabeza de lista: nada menos que 25 diputados. Lo nunca visto.
La semana negra de Rodalies ha sido, pues, como un regreso al pasado. Volver a empezar. Casi dos décadas después estamos igual o peor. ¿Pero si el procés comenzó por esto y ahora estamos así, de qué ha servido?
Incluso entre los usuarios entrevistados por TV3 para sus informativos, nadie habla ya de independencia. Con la excepción de la alusión de un colega periodista del que he visto un vídeo en las redes.
Ya me perdonarán la autocita, pero como dije en un artículo anterior el pasado día 13 («Los chiringuitos de Salvador Illa»), lo que necesita la red ferroviaria no es una nueva empresa, sino que funcione.
Lo digo porque el día de la presentación de la nueva sociedad Estado-Generalitat, Salvador Illa dijo que quería una compañía «puntera, innovadora y con los mejores profesionales». Uno de los miembros del consejo de administración es un ex diputado de ERC, Marc Sanglas, ahora alto cargo en la Generalitat. De los muchos que permanecen en sus puestos.
En efecto, no había que empezar la casa por el tejado, sino por los cimientos. No faltan directivos, faltan inversiones, maquinistas, revisores e incluso vigilantes privados. Además del pésimo servicio, viajar en cercanías es a veces como hacerlo por la jungla. Sobre todo en horas nocturnas.
Hasta los grafiteros han aprovechado la crisis para hacer su agosto —la limpieza posterior de los trenes cuesta un pastón—, mientras que en un tramo entre Cornellà y Sant Joan Despí tuvieron que interrumpir el servicio este martes porque un zumbado se dedicaba a tirar piedras a los convoyes desde un puente. Imaginen cómo está el patio.
La crisis ha pillado, por otra parte, a Illa de baja por enfermedad. Y con toda la polémica recayendo sobre las espaldas de la consejera de Política Territorial, que además es la imagen pública del Govern, Sílvia Paneque; y el titular de Presidencia, Albert Dalmau.
Todo han sido palos de ciego. El miércoles pasado comparecieron para anunciar, después de la interrupción del servicio tras el accidente de Gelida, que al día siguiente volvería a funcionar.
No fue así; los maquinistas se plantaron. Ergo, mandan más estos que el propio ejecutivo autonómico. El domingo tampoco funcionó por el mal tiempo. Y el lunes aprobaron un mes de billetes gratis, pero volvió a paralizarse la red.
Al final, han tenido que rodar cabezas para salvar la de Paneque: uno de Rodalies, Josep Enric García; y otro de Adif, Raúl Míguez. Supongo que para repartir equitativamente las culpas.
No deja de ser curioso, sin embargo, que no haya dimitido todavía nadie por la tragedia de Adamuz. Y, en cambio, por el caos en Cataluña, hayan cesado ya a dos.
Ha tenido incluso que salir la consejera Paneque en rueda de prensa acompañada del secretario de Estado de Transportes, José Antonio Santando. Pese a que ello tampoco redunda en la imagen de la Generalitat, de que ella sola se basta para salir del atolladero.
En definitiva, hemos retrocedido casi veinte años. Lo de siempre: para este viaje no se necesitaban alforjas. Aunque estemos hablando de trenes y no de caballos.