¿De qué orgullo hablamos?

¿De qué orgullo hablamos?

Para evitar que se me tilde de nada y tratar de sortear las filípicas que sin duda recibiré, pregono a los cuatro vientos que no soy homófobo, no discrimino a nadie por ninguna condición y menos por su condición sexual y que en este tema leo, escucho y debato desde el más escrupuloso respeto y consideración. De la misma forma que lo hago con temas que pertenecen a la vida y sentimientos íntimos y personales del individuo. No añadiré la estupidez de que tengo muchos amigos gais o lesbianas porque lo desconozco, porque no me importa y porque mis relaciones de amistad se basan en el afecto, la confianza y el compromiso, sin tabúes ni recelos.

No voy a ocultar mi heterosexualidad y mi sentimiento de orgullo y satisfacción por ello, sin necesidad de reclamar un “día” que celebre tal situación ni obligación de insultar impunemente a quienes no piensan como yo. No tapo mi condición ni exhibo dicha orientación como si fuera un don, una virtud o un defecto. Y no voy a pedir disculpas por serlo ni “meterme en el armario” por ello, simplemente porque no me considero distinto a nadie, ni mejor, ni peor, por ser heterosexual.

Jamás entenderé, por un lado, la violencia agresiva, verbal y escrita, especialmente contra la Iglesia, que emana del colectivo LGTB, ni tampoco, por otro, la anual celebración ostensible y estéticamente chabacana y de mal gusto. Violencia y persecución hacia aquellos que ponen algún reparo a ciertos argumentos falaces, hacia aquellos que entienden la realidad de que existen solo dos géneros, que hay un solo hecho biológico que otorga el privilegio de ser madre únicamente a la mujer y solo en relaciones heterosexuales que conforman el innegable proceso de embarazo, gestación y por ello de vida. El lobby homosexual siempre tuvo especial belicosidad hacia la Iglesia en “santa alianza” con la progresía y el “liberalismo buenista”. Siempre mantuvo esa mixtura de atacarla y culparla de sus males sin hacer la más mínima crítica hacia sus iconos ideológicos representados por el comunismo cubano o norcoreano, expertos sanguinarios en cercenar los derechos de los homosexuales.

Y junto a lo anterior, una celebración soez y chocarrera, nueva contradicción entre una reivindicación indudablemente respetable y esa bagatela carnavalesca con la que se pretende enaltecer y encomiar la homosexualidad hoy en día. Poco favor hace a la causa una festividad tan contradictoria como previsible. Una presunta reivindicación basada en equívocas injusticias se conmemora y solemniza con una burda manifestación como si de los carnavales se tratara. Que poco favor hace a “la causa” semejante vodevil donde a buen seguro no todos los homosexuales se sienten representados, se sienten identificados con él estereotipo que se muestra y al que han sido empujados y condenados.

En definitiva, por mucha muestra de euforia festiva que se ofrezca para celebrar su condición, primordialmente se pretende imponer la “ideología de género”, tan rimbombante y florida como vacía y hueca, promoviendo con ella la eliminación del denostado pero necesario e imprescindible “modelo hegemónico de pareja y familia” en pro de una falsa y cínica “convivencia en diversidad”, una diversidad impuesta. Representan un sistema cerrado contra el cual no hay forma de argumentar ni dialogar, una argamasa de materialismo, antropología individualista neoliberal y marxismo. Rechazan la naturaleza humana porque no creen en ella, impugnan la experiencia vital por considerarla manipulada y todo lo que socialmente el individuo ha construido durante toda su historia hoy debe ser deconstruido.

Y atacar a quienes les contradiga, porque como dijo William Cowper, poeta inglés: “Lo que más irrita a los orgullosos es el orgullo de los demás”.

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