¿Qué clase de país se dedica a enfrentar a sus muertos?

¿Qué clase de país se dedica a enfrentar a sus muertos?

No opera la afabilidad o presuntos deseos de paz y concordia en la necesidad de la izquierda de exhumar los restos de Franco. Que no nos engañen. Qué país este cuando una mayoría parlamentaria tiene como prioridad abrir tumbas, enfrentar muertos y reescribir hechos de hace más de ochenta años. Más importante que el desempleo, la corrupción endémica, el terrorismo islámico o la amenaza altanera y farolera del separatismo en Cataluña. Deseos poco ocultos que obran tras dicha idea son varios y todos perversos. Dicha decisión pretende la desestabilización social y política de España, en muchos casos por los herederos ideológicos que nos abocaron a una guerra fratricida. Se trata de la gobernanza desde el odio y el rencor. De la cobardía de derrotar a Franco 45 años después de muerto, sustentando tan abyecta actuación sobre argumentos falaces. Y a sabiendas de que se trata de una polémica estéril ya que es un tema muy poco presente en el día a día de los españoles.

La especialidad de la izquierda, tan conocedora por actora, de muertes y dictaduras, tan macabro como ridículo. Pretenden ganar en los despachos una guerra que ellos provocaron, al no conseguir llevar a España a la esfera soviética. Mantienen el falso concepto de la “legalidad republicana”, a sabiendas de que sustentar a fecha de hoy que la II República era un régimen democrático es imposible de sostener. Esa izquierda carente de ideario racional, de falta de la más mínima lógica y sentido de Estado y representada en sus odios por “niños de papá” que no sufrieron las crueldades de la dictadura cuando sus ya pocos supervivientes analizan aquel período con una sensatez ejemplarizante. Y el fenecido gobierno del Partido Popular no deja de ser cooperador necesario de semejante provocación social, al no haber derogado la sectaria Ley de la Memoria Histórica.

Ese complejo cobarde y apocado cuyo único fin es hacerse perdonar su propia existencia sin darse cuenta de que para la izquierda, radical o menos radical, el Partido Popular no merece existir. La exaltada Transición, avivada desde el mismo aparato franquista, supuso un acuerdo de mutua amnistía, cuando hoy se trata de imponer una visión guerracivilista para no olvidar a quienes la perdieron y sobre todo no perdonar a los que la ganaron. Cuánto dinero se embolsan algunos vendiendo una histórica tragedia a través de generosas subvenciones de la mano de uno de los elementos clave de la expansión de la ideología guerracivilista, con su lema de “arderéis como en el 36”, quemando iglesias y conventos o su “No pasarán”, cuando al final pasaron, hecho del que hoy me alegro.

No se trata de recuperar la memoria, se trata desde el odio de recuperar la división excluyente, vivificar un clima de enfrentamiento y un sectarismo idéntico al que condujo a la guerra. Se olvida y oculta que al morir el general Franco, en la cama y en un hospital de la Seguridad Social, su régimen estaba agotado y la clase política franquista vio claro que tenía que adaptarse a los nuevos tiempos. Fue el franquismo quien se hizo el llamado harakiri, conduciendo a las Cortes al actual régimen. Cuántos de los alevines del franquismo se incorporaron al nuevo sistema, logrando colocar a los suyos en los altos cargos de la democracia y dominando sectores económicos y políticos en ministerios y gobiernos autonómicos. El bolsillo, el antifranquismo con billetes en la saca de esta progresía. El objetivo es enterrar la Transición que encabezaron los franquistas. Ese odio y revanchismo del débil y despiadado. Porque como dijo Honoré de Balzac, escritor francés: “En la venganza, el más débil es siempre más feroz”.

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