Política top manta

Política top manta

La democracia sentimental de la que hablaba Arias Maldonado en su ejemplar obra de igual título, empieza a transformarse, en la era de la sobreinformación, en un peligroso totalitarismo irracional, donde el sentido de lo correcto acaba devorado por espasmos de opinión poco elaborados. Nos hemos dejado llevar por la necesidad mediática del titular que todo lo contamina. El foco antes del pensamiento, la noticia por encima del argumento. Comentamos lo que ni siquiera es real. Debatimos desde posiciones alteradas, rumores infundados y baratijas semánticas que rellenan sobremesas de taberna. España empieza a ser una peligrosa tertulia en sesión continua. Debemos frenar la aceleración que vivimos y que bien retrata Concheiro en su libro ‘Contra el tiempo’ (Anagrama), que nos hace consumir y no degustar, interiorizar sin entender y parlamentar sin pensar.

Hemos pasado de la política razonada a la política vomitada. Urge regresar a los tiempos donde la mesura y la reflexión marcaban el cronómetro político. Aquellos días en los que la coherencia y la lógica se imponían al vituperio y al grito, al bando de unas siglas marcadas y al posicionamiento inmaduro. La política fast food se consume entre gargantas torturadas y salones sin salida. A ello han contribuido las redes sociales, altar del todo vale donde muchos han querido ver la transformación de la política. Las redes impulsan, transforman, acercan y conectan, pero no determinan por sí mismas unas elecciones o cambio de Gobierno. Utilizadas de forma defectuosa, generan más inconvenientes que lo contrario. Hay muchas maneras de entrar en las redes, pero pocas maneras de abandonarlas de forma tranquila cuando ya has caído en ellas y en sus vicios de ágora pública desatada.

La política santurrona, que “obliga” a ejercer el noble arte de la función pública a divinidades sin mácula alguna en su expediente de vida, ha transformado cualquier atisbo de crítica constructiva en un constante posicionamiento ideológico. Antes, la explicación de la política se transformaba en eslogan siempre y cuando pasara antes por el laboratorio de la discusión. Ahora, el sentimentalismo fácil del sound-byte —necesario en última instancia para comprimir un argumentario— sustituye con demasiada frecuencia a la idea expuesta. En ese desafuero de trinchera, donde los matices se pierden en el camino, adquiere protagonismo la política de top manta, que se vende fácil por su presencia constante en el ojo público pero cuyos resultados son contraproducentes para el ciudadano que la consume. No existen tickets de devolución y te venden Armani a precio de mercadillo barato. Algo así como prometerte el cielo por asalto o el arco iris con forma de unicornio, mientras el problema de marras sigue encallado en cualquier escritorio ministerial.

Y en este estadio sobresale cum laude el nuevo Gobierno memécrata del presidente fotopolítico Sánchez, quien ha alterado el tranquilo ecosistema estival de un país acostumbrado a un agosto de siesta y dominó. Mediante la creación de un Ministerio de la Ocurrencia, se encarga de facturar cortinas de humo a un ritmo inasumible para la opinión pública y mediática. Se dice que el único recurso de un comercial para hacerse pasar por solvente es vender la nada pret a porter como edición limitada. Este Gobierno en minoría social pero con los redaños de colocación bien puestos, rectifica sobre la rectificación para ocultarnos que su política acuosa tiene demasiados agujeros que tapar. La oclocracia llega a Moncloa. Quizá nunca se ha ido. Por eso sacan a Franco como cortina de humo, por eso distraen con el vuelo del Falcon como cortina de humo, por eso tenemos a las cuentas oficiales de los ministerios diciendo cantinfladas sin parar, de nuevo como cortina de humo. Cuando tu proyecto, tu gobierno y tu liderazgo son un envoltorio de venta brillante pero sin contenido alguno, sólo te queda el marketing de distracción, la original ocurrencia. Es decir, humo. Política de manteros, a fin de cuentas.

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