Ojo por ojo
Producciones Moncloa se puso inmediatamente manos a la obra el mismito lunes al certificar vía información privilegiada que lo de Adamuz no sólo no tenía un pase sino que situaba al ministro de Transportes, el matón de X Óscar Puente, como culpable último y primero de la tragedia. El titular de un departamento gubernamental es responsable de los éxitos pero también de los fracasos o, como en el caso que nos ocupa, de las negligencias criminales. Y está claro que nuestros AVE viajan por auténticos campos de minas por mor de la chapuza y la golfería de un Gobierno sanchista que antepuso la contratación de putas en Adif a la de ingenieros.
Disponer de alta velocidad ferroviaria viste mucho naturalmente, «sólo nos supera en kilómetros China», se jactaba hace no tanto el todavía ministro, pero hacerla circular por vías tercermundistas representa una auténtica ruleta rusa que llevamos comiéndonos los pasajeros al menos un par de años. Y, lo que es peor, sin saberlo. Tantos como lleva en el cargo el ex alcalde de Valladolid que el día de autos se dedicó a linchar vilmente en la red a Teresa Urquijo, la mujer de José Luis Martínez-Almeida, que ni está ni se le espera en política.
La conclusión resulta perogrullesca: disponemos de ferraris pero transitan por auténticos patatales. Lo peor de todo es que los expertos en la materia, quienes se mueven por estas vías tercermundistas todos los días, los maquinistas, ya advirtieron en verano de la que se nos podía venir encima. Hablaron de «baches, garrotes, vibraciones y desequilibrios en las catenarias», retrato inquietante si se tratase de un Cercanías pero que adquiere la condición de auténtica película de terror si hablamos de un AVE que se pone a 320 kilómetros por hora. El comunicado de Semaf pasó sin pena ni gloria. Aquella jornada, para variar, se comentaron más los tuits de Óscar Puente que las honestas advertencias de los conductores de estos auténticos misiles que transportan cientos de personas.
El comunicado de los maquinistas sí fue protagonista este lunes de las primeras páginas y los programas de los pocos medios independientes que quedan en la España de un gánster llamado Pedro Sánchez. Los preescolares de la vida, que calumniaron a Julio Iglesias con una denuncia por agresión sexual más falsa que Judas, esos ruices que continúan sin encontrar su verdadera identidad en la vida, el no muy duchado Cintora y, naturalmente, El País y la Ser, se lanzaron a defender el fortín. Que les va en ello cientos de millones. No se engañen, esta banda sólo atesora un ideal: el euro. Son socialistas o comunistas porque se gana más pasta que ejerciendo el periodismo libre o apoyando opciones de derechas. Éstos se forran cuando gobierna el PSOE y se vuelven a forrar cuando lo hace el PP. Un auténtico círculo virtuoso.
Todos se lanzaron cual hienas contra quienes empezamos a poner encima de la mesa pruebas cada vez más sólidas de lo que realmente había acontecido. Fue hablar Sánchez y Puente de «bulos» y ponerse todos ellos a balacear al periodismo indomable. «Especulaciones» «conclusiones precipitadas» o «noticias sensacionalistas» fueron los calificativos más suaves que dedicaron a nuestro trabajo. Pero se volvieron a topar con un obstáculo en el camino, el de siempre, la Guardia Civil, que mostró la impactante imagen de la rotura de la vía a la altura del accidente. Un mordisco de medio metro que se dice pronto. Una vez más se cumplió aquello de que una imagen vale más que mil palabras. Aquella instantánea trastocó definitivamente la propaganda urdida por Moncloa Productions. En ni tan siquiera 24 horas la verdad había noqueado a la patraña.
Pedro Sánchez desapareció de la escena, calló como un vulgar Jésico de la vida y dejó a los pies de los caballos a un Óscar Puente al que poco a poco no ha quedado más remedio que rendirse a las evidencias. En un ejercicio inigualable de sincronía, los medios a sueldo del sanchismo con cargo a nuestros impuestos han preferido dedicar más páginas y más minutos de televisión y radio a lo ocurrido con un convoy de Rodalies que a Adamuz. O a no sé qué escandalillo forzado de un hospital en Torrejón. Tampoco faltó Mazón. Esa táctica del despiste más vieja que Adán y Eva. Este gang periodístico olvidó que en la localidad cordobesa se registraron 45 veces más muertes que en el tren barcelonés. La portada de la edición de El País de anteayer, presidida por una noticia sobre el suceso de Gelida, habría puesto colorado incluso a Joseph Goebbels.
Las primeras conclusiones de la Comisión de Accidentes Ferroviarios (CIAF), que Moncloa no ha intentado falsear o jibarizar esta vez por miedo a acabar entre rejas, es concluyente: la rotura previa de la vía provocó el descarrilamiento del Iryo y el posterior impacto con el Alvia. En una democracia de calidad, mismamente en Grecia, Óscar Puente ya no portaría la cartera de ministro de Transportes, hubiera presentado su dimisión tras pedir perdón a las víctimas y se habría puesto a disposición de los jueces que investigan el siniestro. A la luz de las evidencias probatorias el todavía miembro del Gabinete de Pedro Sánchez y sus subordinados ya no son los responsables del siniestro sino más bien los presuntos autores de un delito culposo.
Todos esperábamos el lógico contraataque de una oposición que para eso está: para pedir cuentas al Ejecutivo y para censurarle cuando manifiesta su incompetencia, cuando incurre en delito, cuando mete la mano en la caja o cuando, como es el caso, su negligencia provoca pérdidas humanas. Aquí o en cualquier otra democracia digna de tal nombre. Sólo en las autocracias la disidencia calla o se expresa con cautela, básicamente por miedo a la cárcel, más aún cuando sobrevienen tragedias de este tipo.
El gozo de la derecha sociológica, en la cual naturalmente me incluyo, ha acabado en el pozo de los complejos de un PP que con este comportamiento regala votos a Vox. Y eso que tampoco puede concluirse que los de Abascal hayan ido a tumba abierta contra este Gobierno criminal. La única que ha puesto los puntos sobre las íes como Dios manda es Isabel Díaz Ayuso. No exigir la inmediata destitución del pendenciero ministro de Transportes, o hacerlo con la boca chica, es para empezar un desprecio a las víctimas y para terminar un desdén hacia tus votantes que quieren que te comportes con el sanchismo como el sanchismo se comporta contigo. Ni más ni menos. Yo soy Feijóo o Abascal y me habría faltado tiempo para plantarme en el juzgado de guardia con una pedazo de querella contra Óscar Puente y contra el marido de la pentaimputada.
El PP se ha inclinado nuevamente por la elegancia, por ejercer de auténticos gentlemen como si esto fuera un club londinense plagadito de lores, por no politizar el apocalipsis de Adamuz, en definitiva, por ser buena gente. Inconscientemente han seguido el relato trazado por Moncloa cual ovejitas. Debe ser que se les ha olvidado lo del chapapote, cómo cercaron sus sedes tras el 11-M y cómo utilizó el PSOE aquel macroatentado, los disturbios que provocaron por el sacrificio del perro Excalibur, la propia moción de censura con ETA y los golpistas catalanes y, por supuesto, el asesinato civil de un Carlos Mazón que tuvo menos culpa en esa madre de todos los desastres que fue la DANA que Teresa Ribera, la presidenta de la Aemet o que ese jefe de la Confederación Hidrográfica del Júcar que se pasó horas en el Cecopi sin avisar de la crecida exponencial del barranco del Poyo.
Por cierto: si la tardía activación de las alertas el día de la DANA condujo a llamar «asesino» a Mazón, ¿cómo hay que calificar a los gerifaltes del Ministerio de Transportes, con Óscar Puente de siniestro epítome, que no sólo tienen las vías del AVE hechas unos zorros sino que, para colmo, tardaron hora y cuarto en avisar a la Guardia Civil que el Alvia también había resultado involucrado en el accidente? Setenta y cinco minutos cruciales. Si agentes y sanitarios hubieran llegado antes al tren de Renfe seguramente se hubiera salvado la vida de alguno de los pasajeros fallecidos. Y muchos heridos no habrían tenido que pasar por quirófano.
Mientras el PP vuelve a viajar a esa Babia que tanto le mola, Belcebú Sánchez ya ha presionado el on de la máquina del fango. El presidente del Gobierno osó hablar el jueves en Bruselas de «competencias compartidas». Con un par. Y, entre tanto, nuestra oposición metafóricamente cantando la celebérrima canción de John Lennon Give Peace a Chance [Demos una oportunidad a la paz]. No quiero pensar la que le estarían montando a los bambis del PP si la fatalidad de Adamuz se hubiera registrado con ellos en el poder. Génova estaría camino de ser asaltada como si fuera La Bastilla, los Nuevos Ministerios estarían blindados por 2.000 antidisturbios y se emitirían programas especiales de televisión hasta en plena madrugada. Y, por supuesto, el ministro del ramo no podría salir a la calle so pena de ser apaleado por la turba socialcomunista.
Y todo lo que antecede lo suscribe alguien que, como un servidor, creció literalmente —tenía menos de 10 años— en esa España del consenso de la Transición en la que todos se dieron la mano y se juramentaron para mirar hacia adelante en pos de una democracia homologable a las de nuestro entorno europeo. Ésa es y será mi apuesta siempre pero no en una coyuntura, como la actual, en la que Pedro Sánchez ha dinamitado todas y cada una de las políticas de Estado que nos permitieron pasar con éxito de una dictadura a una democracia plena.
Conviene no olvidar que al otro lado del espectro político se encuentra el capo de un clan de ladronazos que tiene de socios principales a ETA, autora de la muerte de 856 españoles, a los sediciosos que protagonizaron el 1-O y a los sicarios de Maduro en España. Y, sobre todo y por encima de todo, un partido que fue a por el PP a cuenta de un chapapote que sólo era culpa del armador sin escrúpulos del Prestige, de un 11-M que no se produjo por nuestro apoyo a Bush en la Guerra de Irak sino por una orden de Bin Laden o de una DANA cuyo copyright corresponde al destino. Tampoco estaría de más que reparasen en las ocasiones que socialistas y comunistas han tildado de «asesina» a Ayuso por los óbitos en las residencias de ancianos durante la pandemia, que en términos proporcionales se sitúan en la media nacional, o el tampoco nada baladí hecho de que le endilgan sistemática y machistoidamente el epíteto de «corrupta» por los fraudes fiscales de su pareja.
Mientras el tramposo de Pedro Sánchez continúe en el machito no hay políticas de Estado que valgan, entre otras razones, porque aprovechará la mano tendida para pegar un salto de gigantes hacia la autocracia. Cuestión bien distinta será el día que el PSOE recupere su alma socialdemócrata de la mano de García-Page, Lobato, Susana Díaz, Madina o el tapado de turno. Hasta que ese milagro se produzca, sólo cabe aplicar la Ley del Talión: ojo por ojo, diente por diente. Que una cosa es ejercer de estadista y otra practicar enfermizamente el pardillismo. La mejilla sólo se pone una vez.