Nos duele, pero Europa ya no es protagonista

Nos duele, pero Europa ya no es protagonista

Por más que duela reconocerlo, Europa está perdiendo protagonismo en el concierto económico. Sí, ya sé que la Unión Europea es la segunda potencia mundial con un PIB en 2017 de más de 15 billones de euros, por detrás de EEUU cuya economía supera los 17 billones de euros, y que la Eurozona con más de 11 billones de euros de PIB se sitúa por delante de China, cuyo PIB alcanzó los 10,8 billones. Sin embargo, como venimos señalando últimamente, a esta Europa se la ve sin chispa.

Y eso se confirma ante el incierto escenario de adquisiciones empresariales en suelo europeo. Desde 2014, Europa ha constituido un animado mercado de fusiones y adquisiciones por varias causas. Muchas grandes empresas europeas se vieron azotadas por los flagelos de la crisis y sus valoraciones se pusieron a tiro de piedra para inversores procedentes de otros lugares. Además, la indiscutible recuperación económica que sin ser fornida sí ha sido aceptable, unida a un contexto de condiciones financieras muy acomodaticias y el reto de tantas empresas de explorar en los avances tecnológicos y adaptarse a ellos, con una rabiosa competencia de por medio, han sido factores que han actuado como revulsivo para avivar unos ánimos algo alicaídos.

No obstante, en este arranque de 2019 los datos no acompañan. Las previsiones económicas de invierno presentadas por la Comisión Europea ponen de relieve que la economía europea está en trance de desaceleración e incluso ya se resucita la tan típica expresión de cuando la economía empieza a aflojar de aterrizaje suave. Que la Eurozona crezca en 2019 al 1,3% confirma que se está en una línea descendente tras haber crecido en 2017 al 2,4% y en 2018 al 1,9%. Y que en Alemania caiga el crecimiento del PIB al 1,1% en 2019 constituye toda una señal de alarma porque la locomotora europea reduce de manera importante su velocidad de marcha. Si a ello se une el enfriamiento de Italia, el ajuste en España y la anemia de la economía italiana, el cuadro resultante deja mucho que desear en cuanto a perspectivas económicas más o menos optimistas.

Que el PIB de Alemania caiga es una señal de alarma porque significa que la locomotora de Europa aminora la marcha.

Por añadidura, a ese pírrico crecimiento económico se agregan otras consideraciones que juegan en contra, como son los primeros atisbos de un encarecimiento del crédito, el freno inversor y la rigurosidad de los reguladores a la hora de dar luz verde a las concentraciones empresariales. Súmese el Brexit, elecciones europeas a la vista con la larga sombra de los populismos acechando, la situación en Italia y la inestabilidad política en España, sazonado todo ello con la conflictividad social en Francia. Más o menos, un escenario muy incómodo para que cunda la confianza.

Europa, aperturista y abierta, comienza a blindar sus empresas ante el auge de la inversión de economías emergentes.

Entretanto, en Europa brota el patriotismo económico. La Europa abierta y aperturista se empieza blindar ante el auge de las inversiones procedentes de economías emergentes – con China a la cabeza – que se van haciendo con empresas europeas, castigadas muchas de ellas por la dureza de la crisis. De ahí que el Parlamento europeo apruebe el control de inversiones extranjeras directas en la Unión Europea afectando a infraestructuras, tecnológicas con información sensible, datos personales de los ciudadanos e independencia de los medios de comunicación. Objetivo: que no dominen el cotarro europeo capitales foráneos.

Francia dio el primer paso de ese proteccionismo capitalista restringiendo la inversión extranjera en sectores estratégicos como la ciberseguridad, robótica, inteligencia artificial y semiconductores. Y Alemania bloquea la compra por parte de capital chino de empresas de robótica y energía. Éste es el camino que traza Europa, intentando evitar lo que es palmario: convertirnos en una colonia asiática y en un parque temático propiedad de capitales venidos desde otros confines.

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