Mónica García: la bata y la mordaza

Mónica García: la bata y la mordaza
Diego Buenosvinos

La bata blanca tiene detrás de Vesalio y su De humani corporis fabrica, a Rembrandt y La lección de anatomía del doctor Tulp, a Rafaely la serenidad de La Escuela de Atenas, y a Bach, Mozart o Mahler, que hicieron de la música una conversación entre el ruido y el silencio. Pero hay un silencio que no necesita compositor: el de los pasillos hospitalarios, donde ya sobran demasiados silencios. Y es ahí donde comienza la historia de Mónica García y su bata: ante una realidad incómoda, una ministra parece haber descubierto que también se puede gobernar cambiando el nombre de las cosas, es decir, imponiendo que se hable de lo incómodo y que en su ministerio es casi todo.

El problema de los eufemismos es que no sirven para curar. Una urgencia saturada sigue estando saturada aunque el Ministerio de Sanidad la rebautice como «área especialmente tensionada», tipo Ceuta. Un médico exhausto no recupera el sueño porque una rueda de prensa le cambie el nombre al cansancio. Y un hospital al límite no gana camas porque la ministra diga que los datos no respaldan la palabra «colapso». García acudió finalmente a Ceuta el 16 de agosto, después de que durante días los propios médicos reclamaran su presencia, pero eso sí, como un amigo periodista que advirtió aquella noche, tras poner un tuit cargando contra la Comunidad de Madrid, priorizando su candidatura a la Comunidad de Madrid, porque no pensaba en los ceutís.

«¿A dónde van a parar los cientos de millones para la sanidad pública que el Gobierno transfiere a las comunidades autónomas?», señaló García. Y yo le preguntaría por lo mismo: ¿qué parte de los recursos que gestiona el Ministerio de Sanidad está llegando realmente a la sanidad de Ceuta y cómo se está destinando? Porque es un desastre de sanidad. Ningún ejemplo.

Y aquí aparece el giro de guion: después de llegar tarde a la escena, el poder parece empezar a preocuparse más por quién cuenta la escena que por la escena misma. Profesionales del Hospital Universitario de Ceuta me daban esta semana información sobre la grave situación asistencial: en especial los psiquiatras. Un área castigada per se por su hondo abandono. Mónica García, la izquierdista por naturaleza, impone silencio, no libertad. Ahí surgen aquellas palabras célebres de la presidenta madrileña, Díaz Ayuso, cuando advirtió en Madrid que se eligiera entre comunismo o libertad. 

Pero hay algo profundamente español en esta manera de gobernar una crisis: cuando no se puede arreglar el problema, se arregla el vocabulario. Y así hemos llegado a una situación en la que los médicos denuncian una presión asistencial extraordinaria, el Colegio de Médicos habla de una situación límite y los sindicatos reclaman refuerzos, mientras desde el Ministerio de Mónica García se administra el silencio, las coartadas y las «tensiones».

Mi pregunta para la ministra es la siguiente: ¿podría decirnos cómo se contabilizan en Ceuta los datos sobre listas de espera y presión asistencial? Otra pregunta: ¿Se contabilizan desde una fecha determinada? —por ejemplo, desde la invasión de Ceuta— o desde el momento en que un paciente no acude a su cita, quedando esa plaza vacante sin posibilidad de ser ocupada por otro enfermo. ¿Buscamos ver un sistema tensionado o colapsado?

Mónica García, por casualidades de la vida, tiene una carga administrativa que pocas veces se recuerda: Ceuta y Melilla son precisamente los dos territorios donde la sanidad depende directamente del Estado a través de INGESA. No puede esconderse detrás de una comunidad autónoma para explicar las averías del sistema. Allí el Ministerio no es un observador: es el dueño del hospital, de los centros de salud y de buena parte de las decisiones que afectan a sus profesionales.

Y quizá ahí esté la verdadera broma, si es que queda humor después de tres semanas de emergencia nacional: España lleva seis ministros de Sanidad desde 2018 y, sin embargo, en los dos territorios donde el Estado conserva directamente la gestión sanitaria, la realidad funciona como un espejo incómodo. El Congreso ha dejado constancia de esa rotación ministerial, una especie de puerta giratoria política en la que cada ministro llega prometiendo reformar el sistema y acaba dejando a su sucesor el mismo problema, pero con otro membrete. Vean ustedes a Salvador Illa. De la nefasta gestión del covid a la gestión catalana con vacaciones en La Mareta.

Y ahora llega la parte más extraordinaria de esta historia. Después de que los médicos pidieran que la ministra acudiera a verlos, después de que García llegara finalmente a la ciudad y negara el colapso mientras admitía una presión especialmente intensa en Urgencias, Medicina Interna y Atención Primaria, la noticia empieza a ser otra: quién habla, qué dice y quién permite que lo diga.

Es una forma peculiar de entender la autoridad sanitaria. Primero se pide a los médicos que aguanten. Después se les pide que no hablen. Y finalmente se descubre que el problema principal no era que el hospital estuviera al límite, sino que alguien pudiera contarlo; acabáramos.

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