Mentalidad pandémica

Mentalidad pandémica

Vivimos en un continuo déjá vu pandémico. Sin que nos diéramos cuenta, o sí, nos insuflaron con la excusa del covid el verdadero veneno que todo gobernante inyecta en la población: el de la abulia, esa constante apática que nos provoca indignación pasajera con cada escándalo político pero que, ante la sucesión de los mismos, acaba por anular cualquier atisbo de rebelión o revuelta que ponga al poder en su sitio. Ya nada nos moviliza como pueblo, salvo el opio del ocio y el pan como recurso, que de momento existe, aunque ya veremos hasta cuándo. Con el socialismo al frente, no quedará mucho para que empecemos a matarnos por un trozo de cuscús.

El plan de Sánchez y de la Rosa Nostra cuando asaltaron ilegítimamente el poder en esta segunda década ominosa pasaba por regar de morfina moral y económica a la mitad de España, que ante la inminente sucesión mediática y policial de delitos vinculados al PSOE y a su secretario general, negaría cualquier realidad sobre el carácter corrupto y mafioso del Gobierno. No creen lo que ven sus ojos, sino lo que escuchan de un Ejecutivo consagrado a la propaganda del bulo y a la mentira manifiesta en prime time televisivo.

Hasta aquí. Porque Ceuta será el punto de inflexión que marque el fin del gobierno de Troya, arrastrado al servicio del enemigo alauita y sus espías infiltrados en todo el país. Más allá de móviles hackeados y chantajes prostibulares, los responsables de haber permitido la entrada y permanencia de invasores en nuestras fronteras serán juzgados como procede a quien ha cometido un delito de alta traición contra la nación y sus ciudadanos. Sin apelaciones a golpismos que sólo alimentaría el relato mentecato de quienes lo están fabricando por otra vía -ley de nietos- confío en que un tsunami de enfado incontrolable e indignación desatada acabe por superar cualquier cordón de resistencia de un gobierno cuyos integrantes no deben conocer la paz de circular por las calles ni la tranquilidad de pasear por sus domicilios. No, al menos, hasta que garanticen la seguridad y condiciones de vida de quienes la han perdido por su incompetencia política, negligencia personal y sociopatía moral.

Escucho a Noelia, una ceutí repleta de dignidad, que hace frente a quienes niegan la soberanía española de una ciudad tan española como Madrid, Gerona o Sestao, y en sus palabras encuentro la esperanza que no hallo en quienes nos representan. Porque esa mentalidad pandémica a la que me refería principiando el artículo puede encontrar su vacuna en la acción ciudadana de un pueblo que, con su rebeldía y rebelión, está liderando un movimiento revolucionario en defensa de la libertad y la integridad de España, un episodio de heroica resistencia que recuerda a gloriosas épocas de siglos pasados. Levantados frente al invasor, respondiendo al enemigo y a sus infiltrados intramuros, traidores a una patria que no merecen, el pueblo de Ceuta es hoy la España que derrotó a Napoleón en Bailén y desde una trinchera gaditana construyó esa constitución liberal que fue modelo de constituciones en todo el mundo durante dos siglos.

Ceuta nos dibuja el camino frente al sanchismo delincuente y golpista, fabulador y sectario. Es preciso llevar el problema adonde lo han creado los dirigentes; que vean, sufran y sientan lo que el pueblo que les paga el sueldo vive cada día, contra su discurso de etiquetado y exabrupto. El lenguaje caballa ha expresado lo que toda una nación exige: no sólo la salida de Sánchez del Gobierno más corrupto y delincuente de la historia política occidental, sino también su procesamiento por responsabilidad criminal, al haber permitido, tolerado y defendido la invasión de los cien mil hijos de Mohamed VI, enviados por su autócrata monarquía, en una declaración de guerra que aumentará su belicismo en los próximos meses.

Es momento de que el Gobierno tema al pueblo y no al contrario. En parte, la democracia consiste en eso. Para ello, debemos acompañar a nuestros compatriotas ceutíes en su lucha y defensa de lo común y abandonar esta pandemia mental que elimina cualquier atisbo de reacción, ilógico en un pueblo acostumbrado en su historia a reventar a quien osa entorpecer nuestra libertad e independencia. Por mucho que el bulócrata mayor del reino, de nombre Félix, el ministro de Justicia cuya tarea consiste en proteger y preservar el delito y perseguir a quien lo combate, diga que Marruecos ha obrado bien y que es un socio leal y fiable, la contundencia de las próximas acciones cívicas debe conducir a finiquitar cualquier duda sobre la disposición del pueblo español de liquidar todo intento de controlar su destino, sea por mandato tirano o por invasión patrocinada.

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