Toca hablar de crispación

En el año 2015, una formación política llamada Podemos irrumpía en el panorama electoral español. Aquellos desinteresados activistas (aunque muy viejos camaradas) se estrenaron en la política al grito de “no nos representan”, criminalizando a los legítimos representantes de la soberanía nacional. No ahorraron en exabruptos para convertir a sus oponentes políticos en enemigos del pueblo. Pusieron en marcha una campaña de acoso e intimidación a responsables institucionales que fueron perseguidos y cercados en sus propios domicilios. A eso le llamaron “jarabe democrático”. Por esas mismas fechas, otra formación, Esquerra Republicana, se sumaba a la estrategia del agravio con la iniciación parlamentaria de Gabriel Rufián en sustitución del histórico diputado Joan Tardà. Violentando las reglas más elementales del respeto, la cortesía y la educación, ofensa tras ofensa, el diputado republicano fue creciendo en presencia y envergadura mediática.

Algunos advertimos entonces de la peligrosa deriva que estaba tomando el parlamentarismo español. Los nuevos políticos (aunque viejos comunistas), fieles a la doctrina marxista, siguen obsesionados con la construcción del Estado socialista a través de la destrucción del Estado burgués. Lo que, en términos actuales, pasa por derribar la transición española y la monarquía parlamentaria. El discurso de la casta y de la calle no busca la confrontación de ideas sino la deslegitimación de todo un sistema. Algunos en el Partido Socialista, leales a Suresnes, vieron venir el peligro y, con extraordinaria lealtad, intentaron neutralizarlo, pero no contaron con la ambición de Pedro Sánchez dispuesto a aprovechar las grietas de una socialdemocracia en crisis.

Estos días asisto atónita a la preocupación, exagerada o real, que ha invadido a la intelectualidad española por lo que han diagnosticado como broncoparlamentarismo súbito no asociado a ninguna otra patología más que al mal perder del constitucionalismo. Tiene gracia. No les preocupan los sediciosos, no les preocupan los comunistas bolivarianos, no les preocupa el envalentonamiento de los herederos políticos de la ETA, no les preocupa un gobierno apoyado, en definitiva, por todos aquellos que han hecho de la crispación la herramienta imprescindible para hacer saltar las costuras y llegar donde estamos. Así se cuenta la historia y así nos va.

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