Joan Tardà cae del caballo

El último en caer del caballo ha sido Joan Tardà. En una entrevista a la cadena Ser hace unos días, el antiguo diputado de ERC en el Congreso se mostró partidario de la propuesta de Rufián: un frente de izquierdas.
Tanto para las próximas elecciones generales como para las autonómicas. Previstas en principio para el 2028. Pese a que Illa gobierna, de momento, sin Presupuestos. Ni siquiera consiguió aprobar sus primeras cuentas.
«No tiene ningún sentido que un ciudadano que vota a la CUP en Cataluña, a los Comunes, o a Esquerra tenga hoy que elegir entre tres listas distintas», vino a decir.
A Tardà —profesor de instituto jubilado— le ha salido la vena de izquierdas. No en vano empezó en Bandera Roja, pasó por el PSUC, después Nacionalistes d’Esquerra —no obtuvieron ni un escaño en 1980— y finalmente desembocó en ERC.
Que conste que, a nivel personal, me cae bien. Con esa pinta de bonachón es casi imposible que te caiga mal. El programa Polonia de TV3, en teoría de humor, suavizó también su imagen.
Además, en la consulta de Arenys (2009), cuando ya sólo quedábamos dos periodistas en la sala de prensa —el de la agencia de noticias de la Generalitat y un servidor— se me acercó y me dijo: «Collons, Rius, nadie podrá decir que no te lo curras». Me llegó al alma, como pueden ver.
Aunque, en su currículum, hay también algún exabrupto. Como aquella vez que tomó velocidad en la clausura de un acto de las juventudes de Esquerra (2008). Terminó con un «Muera el Borbón». Alegó luego que se refería a Felipe V, no al rey emérito.
Pero, querido Joan, si llegas a leer estas líneas, el frente de izquierdas no es la independencia que prometisteis a vuestros electores. Era el 20 de julio del 2015 —también estaba cubriendo el acto en la terraza del Museo de Historia de Cataluña— y se comprometieron a proclamar la República catalana a los 18 meses.
Iban tan de sobrados que el reloj electoral comenzaba a contar el 27 de septiembre, fecha de las elecciones. Ni siquiera el día de la elección del futuro presidente que, como saben, se demoró unos meses por el no rotundo de la CUP a Artur Mas. Acabaron recurriendo a un Carles Puigdemont.
Fue la puesta de largo de la primera y última coalición entre CDC y ERC. Bautizada Junts pel Sí. Más tarde, los neoconvergentes se quedaron el nombre y ahora son Junts per Catalunya.
El programa electoral preveía un gobierno de concentración, la creación de las denominadas «estructuras de Estado» y que el Parlament declarara la independencia en año y medio.
A continuación, las elecciones constituyentes del nuevo estado, la elaboración de una Constitución y el correspondiente referéndum para aprobarla. Todo aderezado con unas gotas de «debate ciudadano».
Yo salí del edificio pensando: estos se creen que el Gobierno no hará nada. Tenía que ser, en efecto, un camino de rosas. Ni el Ejecutivo ni la Guardia Civil ni la Policía ni el CNI ni jueces ni fiscales harían absolutamente nada. Vivían en una nube. Peor aún: se creían que la Unión Europea abriría las puertas de par en par. Como si fueran los hijos pródigos de Carlomagno.
El plazo cumplía el 27 de marzo. Gabriel Rufián pronunció todavía, en diciembre de ese año, aquella frase que le perseguirá toda la vida: «En 18 meses dejaré mi escaño para regresar a la República catalana». Ahí sigue. A 134.000 euros anuales. Ahora buscándose la vida porque se le acaba el chollo.
Nadie ha pedido perdón desde entonces. Ni ha dado muestras de arrepentimiento. No han hecho reflexión alguna. Ni siquiera han llegado a ninguna conclusión. Tampoco Joan Tardà.
El propio Duran i Lleida tiene un libro en el que advertía de los riesgos -titulado Un pa com unes hòsties (2017), en el que explica que «el portavoz de un grupo catalán decía durante el Debate del Estado de la Nación del 2013: ‘Les emplazo a vernos en la ONU el próximo año’». «Y ya llevaba dos años despidiéndose de España, de la cual todavía no se ha movido», añadía con sorna el entonces líder de Unió.
Hace años, tras un acto de partido, le pregunté en persona a qué portavoz se refería. Me aclaró que a Tardà. Han pasado de la independencia al frente de izquierdas. Lo importante es alargar el chicle lo máximo posible. Confirma lo que siempre me temí: el proceso fue un modus vivendi.
Temas:
- Joan Tardà