A la izquierda no se le pide perdón
Al por entonces desconocido Javier Milei le llamaban de todo cuando pululaba por programas de televisión en Argentina debatiendo, él sólo, contra toda la purria kirchnerista que le colocaban a su lado. Una de las críticas que le hacían era por su verborrea desatada y su predilección por los epítetos definitorios, gracias a una consistencia moral ajena a los tradicionales complejos de la derecha académica, mediática o política. Su periódica costumbre de situar a la izquierda como una enfermedad moral y del alma le hizo convertirse en el enfant terrible del liberalismo, hoy mayoritario en el país que quiere volver a ser el granero del mundo.
De aquella lección de Milei, que siempre tuvo razón respecto al comportamiento y maneras del zurdo de toda corte y condición, la derecha política actual situada a la derecha de la tradicional ha aprendido a combatir retóricamente a todos aquellos que aún consideran que ciertos conceptos del mundo le pertenecen, a modo de herencia. De Marx a Lenin pasando por Gramsci y terminando en Laclau y Chávez, todos los zurdos son revolucionarios por la libertad, aunque persigan y silencien a quien piensa diferente. Todos son defensores del reparto de la riqueza, pero la ajena; la suya, ni tocarla, que ya se encargarán de aumentarla mediante el saqueo a quienes adoctrinan en la bondad. Todos quieren la paz en el mundo mientras se sitúan tras pancartas de asesinos. Y defienden lo público, pero les encanta consumir sanidad y educación privadas. Es la historia de su vida, una vida de superioridad moral que Milei desmontaba cada vez que los tenía enfrente. Ahora preside Argentina, y con él puede decirse que empezó el pendulazo que tiene aterrorizados a quienes ven agotarse el saldo de trolas que les ha hecho vivir de causitas y el Estado desde que Marx instauró la impostura.
Pero aún falta por comprender lo esencial: a la izquierda no se le pide perdón. Porque carece de ese componente cristiano que recibe y otorga de manera generosa la culpa ante el error o la mala praxis. La izquierda no busca el perdón de quien se equivoca, sino su humillación. Cuanto más pública, mejor. Con condena e inquisición, real o figurada, en redes y medios. Que se vea que quien manda aquí. Un siglo de matonismo moral no puede acabarse con un simple, “lo siento, me he equivocado, no volverá a suceder”. El zurdo quiere que te arrodilles, incluso cuando no le aludes, porque ya elige él (o ella) el victimismo a la carta.
Rosa Belmonte cometió el principal error de toda persona formada y educada cuando cree haber ofendido a la izquierda expide carnets: buscar sus disculpas, rogar su perdón y limpiar así el pecado capital del verbo suelto con el que a veces disparamos nuestra retórica sin freno ni dirección. La izquierda, ya deberíamos saberlo, no perdona; humilla y exige. Hace tiempo que la verdad es una víctima, otra más, del wokismo iletrado que llena televisiones y tertulias de ignorancia irrefrenable, pero orgullosa. Se pide árnica y amparo por doquier cuando la zurda es la aludida y no la acosadora, su hábitat natural. Han hecho del victimismo doliente un negocio colosal y por eso se van a sus programas de cabecera a llorar ofendidos por el comentario o caricatura de un tercero, mientras justifican una agresión proetarra en Pamplona y acosos personales a políticos que no son de izquierdas. Estos nuevos inquisidores de la moral, zurdos fecales, no saben de humor, ni siquiera del más sofisticado, como el de Belmonte, que encima replicaba una cita, que, por supuesto, desconocían estos hijos de la gran logse.
Lo importante, para quien ofende cada día a los que no son zurdos, es que el insulto, la gracia o el chiste no se le vuelva en contra. Porque entonces, entrará en acción la Gestapo ideológica pidiendo cárcel. Y tras conseguir de los que cuentan la verdad el arrepentimiento, aquellos que señalan en tribuna parlamentaria para que luego sus sicarios hagan razzias mediáticas, aún exigirán el flagelo público, el despido inmediato o la persecución social. A la izquierda tetonta, iletrada y matona no se le alude, se le elude. Su menguante, pero pesada existencia, se debe al caso que necesitan para que la mandíbula de cristal siga masticando bilis y cobrando llantos otra década más.