Existía el ministerio de Infancia… Y era antitaurino
Uno, que ya estaba convencido de que en España había ministerio para absolutamente todo, desde lo tangible hasta lo metafísico, no había reparado en la existencia real, efectiva y operativa del Ministerio de Juventud e Infancia. Pensábamos algunos malpensados que aquello era una cartera de atrezzo, creada más para cuadrar equilibrios parlamentarios que para intervenir en la vida real de los ciudadanos. Error. Existía. Y además tenía tiempo, ganas y pulsión ideológica suficiente como para lanzarse, en pleno alboroto político, a una cruzada moral: la de los toros.
Mientras el porno campa a sus anchas en los móviles de los menores, los hábitos de consumo nocivos se normalizan en redes sociales y la precariedad emocional juvenil sigue sin diagnóstico serio, el Ministerio ha decidido que el gran peligro que acecha a la infancia española está en la plaza. En el albero. En el paseíllo. Y, ya puestos, en la mera posibilidad de que un menor se acerque —Dios no lo quiera — a la tauromaquia.
Con entusiasmo misionero, la ministra y su equipo han anunciado que acudirán a Naciones Unidas poco menos que como adalides universales de la protección del menor frente al «horror taurino». No es una broma. El problema no es sólo que un niño pueda sentarse en una barrera, sino que, y aquí viene lo verdaderamente grave para ellos, pueda formarse como torero, aprender el oficio, entrenar, coger la muleta y, llegado el caso, ponerse delante de una res brava. Eso, al parecer, resulta intolerable en una democracia avanzada.
El Ministerio de Infancia, que hasta ayer parecía vivir entre el limbo administrativo y la inanición presupuestaria, ha encontrado por fin su causa épica. No contra la pobreza infantil, ni contra el abandono escolar, ni contra la violencia digital. No. Contra el toreo. Una tradición cultural protegida, con siglos de historia, con escuelas regladas, con controles veterinarios y con una normativa infinitamente más estricta que muchos otros espectáculos tolerados sin rubor.
No es la primera vez. Ya hubo intentos de meterse con los «enanos toreros», episodio que rozó el esperpento y que obligó a rescatar el diccionario para buscar sinónimos de acondroplasia, poder hacer pedagogía humorística ante tanta solemnidad malentendida. Y que los propios artistas tuvieran que reivindicar su oficio y manera de ganarse la vida. Ahora el tiro va más alto: directamente al corazón de la fiesta.
Todo esto recuerda inevitablemente a aquella copla inmortal de Manolo Escobar, cuando advertía aquello de «no me gusta que a los toros se vaya en minifalda». Entonces se discutía el atuendo; ahora, directamente, se cuestiona la legitimidad de asistir. De la estética al veto moral, con la misma alegría paternalista.
Mientras tanto, Pedro Sánchez sigue ampliando el perímetro gubernamental hasta cubrir cada rincón de la vida social, no vaya a quedar una costumbre, una tradición o una afición sin su correspondiente tutela ideológica. El problema no es que haya muchos ministerios. El problema es cuando, para justificar su existencia, necesitan inventarse enemigos culturales.
Así que sí: el Ministerio de Infancia existía. Y resulta que era antitaurino. Quién lo iba a decir. Ahora sólo queda esperar a ver cuál será la próxima amenaza para nuestros menores: ¿el pasodoble?, ¿el traje de luces?, ¿o directamente la memoria cultural que no cabe en un informe de despacho?