Cortés, la serpiente emplumada y los sobrecargados agravios

Cortés, la serpiente emplumada y los sobrecargados agravios

«El Gobierno de México propone a Su Majestad que se trabaje a la brevedad, y en forma bilateral, en una hoja de ruta para lograr el objetivo de realizar en 2021 una ceremonia conjunta al más alto nivel; que el Reino de España exprese de manera pública y oficial el reconocimiento de los agravios causados y que ambos países acuerden y redacten un relato compartido, público y socializado de su historia común, a fin de iniciar en nuestras relaciones una nueva etapa plenamente apegada a los principios que orientan en la actualidad a nuestros respectivos estados y brindar a las próximas generaciones de ambas orillas del Atlántico los cauces para una convivencia más estrecha, más fluida y más fraternal». Las palabras reproducidas forman parte de la carta que Andrés Manuel López Obrador, Presidente de los Estados Unidos Mexicanos, envió al rey de España, Felipe VI, luego de hacer lo propio con el Papa Francisco.

Bajo las vaharadas posmodernas que envuelven las manifestaciones de AMLO, subyacen los viejos resabios negrolegendarios que, acuñados en el XIX, afloran cuando la ocasión lo requiere. En este caso, el recientemente elegido por los votantes mexicanos, ha decidido introducir el factor Cortés dentro de la complicada situación a la que le ha conducido su guerra contra el guachicoleo, que así se denomina el tráfico ilegal de combustible en el petrolífero México. Maniobra de distracción o no, el recurso al victimismo ligado a la conquista muestra hasta qué punto gran parte de la opinión pública, que no académica, mexicana, sigue imbuida de una visión distorsionada de hechos acaecidos hace ahora quinientos años.

La petición de AMLO llega, no obstante, casi dos siglos de retraso, pues el 29 de diciembre de 1836, la reina Isabel II estampó su firma en el Tratado definitivo de Paz entre la República Mexicana y S.M.C. la Reina Gobernadora de España, documento en el que se contienen estas declaración de intenciones: «Y esta amnistía se estipula y ha de darse por la alta interposición de S. M. C., en prueba del deseo que la anima de que se cimente sobre principios de justicia y beneficencia la estrecha amistad, paz y unión que desde ahora en adelante, y para siempre, han de conservarse entre sus súbditos y los ciudadanos de la república mexicana». No hay, por lo tanto, motivo alguno para buscar polémicas que ya estaban cerradas, en el terreno oficial en el que ahora pretende moverse AMLO, apenas quince años después de ese 1821, fecha fundacional de la nación política mexicana, a la que don Andrés Manuel parece no encontrar tantas objeciones como las que encuentra en los hechos ocurridos tres siglos antes.

Muchos son, por otro lado, los errores que contiene la carta del Presidente. En ella, por ejemplo, afirma que la incursión hispana fue «un acto de voluntad personal contra las indicaciones y marcos legales del Reino de Castilla y la conquista se realizó bajo innumerables crímenes y atropellos». Sin embargo, el conocimiento documental que poseemos desmiente por completo esta visión personalista de los hechos encabezados por Hernán Cortés. Una visión que ya combatió en su día el propio Bernal Díaz del Castillo, cuya firma aparece en la Petición al cabildo de Veracruz hecha por los vecinos de aquel primer municipio fundado en 1519. El documento, estudiado por María del Carmen Martínez, es un ejemplo de la compleja estructura del Imperio español, tan apoyado en la espada como en la pluma que, con tanta destreza, sostuvo Cortés, tan vencedor sobre el campo de batalla como en la atmósfera legalista de los despachos. Al cabo, el de Medellín conservó la cabeza sobre sus hombros hasta el momento de su fallecimiento, en lugar de perderla, cómo hubiera ocurrido si se le hubiera considerado rebelde al rey.

Las palabras de AMLO desvían también la atención hacia unos terrenos, los del «relato», que no pueden ocultar la realidad con la que se toparon los barbudos. Entre los volcanes y lagos por los que se adentraron aquellos españoles, los mexicas, gobernados por un emperador con atributos de semidiós y por una casta sacerdotal que hundía el cuchillo pétreo en el tórax de los destinados a ofrecer su corazón a los dioses, mantenían un cruel y hegemónico poder militar que Cortés se encargó de desmantelar. La obediencia al lejano rey del que hablaba el de Medellín a través de sus intérpretes- Jerónimo de Aguilar y la esclava Malintzin, convertida, agua bautismal mediante, en doña Marina-, era más llevadera que la entrega de vidas humanas cuyo punto final se localizaba en el altar de Huitzilopochtli, dios tutelar de los mexicas. Estas y no otras eran las condiciones que hallaron los españoles que, percibidos como libertadores del poder mexica, incorporaron a miles de guerreros indígenas sedientos de venganza. Sin el apoyo tlaxcalteca, los blancos hubieran, sin duda, fracasado.

Caída Tenochtitlan, los hispanos, acompañados, entre otros, por mexicas, emprendieron otras conquistas, las de pueblos también enfrentados con el gobernado por Moctezuma. Mientras las fronteras del territorio gobernado por barbudos y tonsurados se iban ampliando, cristalizaron las estructuras de un virreinato, el de la Nueva España, sobre el que se cimentó la nación hoy gobernada por AMLO. Una nación hermana cuyos problemas reales nada tienen que ver con pretendidos agravios cometidos hace medio milenio sobre unas sociedades inasumibles dentro de marco político mexicano.

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