Son guardias civiles, no un club de moteros, Marlaska
Es surrealista, esperpéntico: el Ministerio del Interior está obligando a los guardias civiles de Tráfico a hacer viajes de hasta 10 horas en moto a Madrid para recoger las motocicletas nuevas. ¿Y cómo es posible?, se preguntarán ustedes. Pues muy sencillo: ninguna empresa se presentó al concurso público para el traslado de las unidades licitado por el ministerio, de modo que son los propios guardias civiles los que tienen que hacer el viaje de ida con las motos viejas y se vuelven con las nuevas, sin que el departamento de Fernando Grande-Marlaska asuma los gastos de hotel. En realidad, los agentes se ven obligados a hacer hasta catorce horas seguidas de servicio, algo que contraviene la propia Ley de prevención de riesgos laborales, por la falta de descanso, así como la Ley de transportes, que señala que no se puede conducir más de 9 horas en un mismo día ni más de 4 horas y media seguidas. Son 269 motos nuevas, por lo que, de continuar con este modus operandi, serán 269 los agentes obligados a esta absurda singladura. Lo lógico sería que una empresa de transportes recogiera las motos en un camión y las repartiera entre las distintas unidades de la Agrupación de Tráfico, pero como todo lo que toca Marlaska roza lo esquizofrénico, no sería extraño cruzarse con una fila de agentes motorizados por cualquier carretera del territorio nacional como si fueran un club de moteros. Denuncian los agentes que Marlaska y la Dirección General de Tráfico (DGT) «nos han convertido en transportistas», al obligarles a hacer cientos de kilómetros en lugar de dedicar su tiempo a auxiliar al ciudadano y garantizar la seguridad de las carreteras. Un auténtico delirio que lleva aparejado un indudable riesgo, porque los agentes se ven obligados a hacer horarios maratonianos que, por ejemplo, están prohibidos, por razones obvias, a los transportistas. Y el colmo es que, como las motos llevan ya seis meses en un almacén en Madrid, muchas se han quedado sin batería, por lo que los agentes, después de la travesía de ida, tienen que encargarse de ponerlas en marcha. Lo dicho: no se le ocurre ni al que asó la manteca.