La clamorosa falta de ética académica de Iglesias
“Consejos vendo, que para mí no tengo”. Pese a que don Quijote solía recriminar a Sancho durante sus andanzas el excesivo recurso que el escudero hacía del refranero, hay momentos en los que resulta imposible no citar una de estas frases para resumir una situación. El análisis de la tesis doctoral con la que Pablo Iglesias obtuvo la máxima calificación académica –el famoso “cum laude”– es una de estas ocasiones, en las que viene a la mente la expresión con la que abrimos este editorial.
A las más de 600 faltas de ortografía que porta la tesis; a la composición de un tribunal repleto de amiguetes –que, visto sus déficits gramaticales, no leyeron con demasiada atención el documento–; a todo ello se suma ahora lo más relevante: lejos de ser una investigación inédita y original, tal y como marcan los elementales estándares académicos, es, por el contrario, un refrito de otros 16 artículos previamente publicados, que fueron elaborados por él mismo o en colaboración con otros autores, como el ex número dos de Podemos, Íñigo Errejón.
El autoplagio no fue menor; hablamos de casi 800 párrafos de esos 16 artículos, todos ellos publicados o remitidos a revistas con anterioridad a la presentación de la tesis. Desde el punto de vista penal no está tipificado el autoplagio, pero a nivel universitario constituye una clamorosa falta de ética; un caso evidente de mala conducta académica, aún más grave cuando sucede dentro de una universidad pública, como es el caso.
Resulta llamativo que la figura que desde hace pocos años se ha erigido en el Savonarola –en clave marxista– de la sociedad española, el señor Iglesias, fustigador de todas las injusticias y vengador de todos los agravios, luego, en la práctica, tenga una biografía en abierta complicidad con los hechos que afirma denunciar. En el caso que hoy nos ocupa, constatamos amiguismo, chapuza, ausencia de ética cívica y abierta caradura. Y un individuo con semejantes carencias pretendía liderar a la izquierda española –a punto estuvo de conseguirlo– y todavía hoy se empeña en formar parte del Consejo de Ministros. Dado su gusto por la luz de las candilejas, quizá su auténtico lugar sea alguna adaptación en Netflix de El Lazarillo o El Buscón.
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