Boris no es Thatcher

Boris no es Thatcher
  •  Valentí Puig

Qué un practicante reconocido del fake news como Boris Johnson pueda instalarse en Downing Street es fatídico para el Reino Unido y también para la Unión Europea. En plena campaña para liderar el partido tory, Johnson, arenque en ristre, ha sido jocosamente explosivo contra las regulaciones comunitarias sobre el ahumado. Según el prácticamente primer ministro británico, la Unión Europea exige que los suministradores del arenque ahumado usen siempre bolsas de hielo picado. De acuerdo con un chequeo de la BBC, el sine quan non del hielo se aplica al pescado fresco pero no al ahumado.

Tanta falsa verdad hace escasa la diferencia entre Nigel Farage y Johnson, salvo que uno lidera el partido de la demagogia de pub y el otro está a punto de ser primer ministro al frente de la organización política más veterana –y con un pasado prestigioso- de Occidente, un partido natural de gobierno, como el que más. Arenque en mano, Johnson mentía porque las normas sobre el pescado ahumado no proceden de Bruselas sino que están en manos de los gobiernos nacionales.

Johnson, ¿es un thatcherista o un macro-ego revoltoso, pupilo de Trump, astuto y ajeno a la mínima noción de verdad? En el euroescepticismo de Margaret Thatcher había una dosis de Little England –justificada en la medida en que Westminster es paradigmático para la apreciación de las soberanías nacionales-, pero sobre todo una lógica animadversión al intervencionismo, la federalización y los indicios de un colectivismo europeísta que con Jacques Delors rebasó las ideaciones de Jean Monnet y de los Padres Fundadores.

Esa fue la sustancia de su célebre discurso en Brujas: Europa sí, pero con la prioridad del libre mercado y no de la hiper-regulación. Luego, el sector más europeísta de su partido activó su defenestración. Curiosamente, a Margaret Thatcher la descabezaron los tories europeistas y a Theresa May se le ha llevado por delante la resaca del “Brexit” duro y puro. También es de notar que Thatcher no creía en los referéndums. Por lo que se ve, al tory David Cameron, si es que creía en algo, los referéndums le parecieron de perlas para mantenerse en el poder. De él, nunca más se supo después de que saliera de Downing Street silbando por lo bajini.

Johnson es un hooligan de buena cuna. Mientras el Reino Unido pretendía contrarrestar el cartesianismo institucional de Jacques Delors, Boris Johnson, como corresponsal del Daily Telegraph en Bruselas, inventó constantemente fake news como la del arenque ahumado, falsas noticias que luego acababan siendo portada en la prensa amarilla, portavoz de la Little England más que de un europeísmo opuesto al intervencionismo y a la supranacionalidad que subsumiera las identidades de los Estados-miembro.

Las consecuencias del Brexit duro, aunque Johnson acabe diciendo no pero sí o sí pero no, son desastrosas. Un ejemplo: si en la nueva etapa la Unión Europea ha de consolidar con rigor una política de defensa y seguridad, la incomparecencia del potente ejército británico es un golpe duro. Por contraste, con Thatcher el Reino Unido jugaba –con dureza, a veces- en la institucionalidad europea. Se resistía retóricamente, pero luego pactaba. Advirtió con razón de algunas de las derivas actuales de la Unión. Sabía que perder cotas europeas, por especial que fuera la relación con los Estados Unidos, afectaba al peso geopolítico de su país. Chistopher Soames, uno de sus allegados, decía que respecto a Europa Thatcher era una agnóstica que continuaba yendo a la iglesia y que no iba a convertirse en atea pero nunca sería creyente total. Boris Johnson ya está en otra cosa.

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