Blesa o la expiación de un ídolo deshonesto

Blesa o la expiación de un ídolo deshonesto
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Vaya por delante mi sentido pésame a la viuda de Miguel Blesa y a
cuantos maravillosos animales abatió aquel cazador sin escrúpulos
trasmutado en suicida. “Las tragedias de los otros son siempre una
banalidad desesperante”, decía Oscar Wilde. También los sicarios de
twitter se burlan del violento sacrificio del ex presidente de Caja
Madrid, refiriéndose unos a que “ha cambiado de caja” y otros a que
“será enterrado en una caja B”. Supongo que a Gema Gámez no le
van a aliviar el luto tales salvajadas, como tampoco repararán los
disgustos causados, ni restituirán la totalidad de los ahorros perdidos
a los miles de damnificados por la estafa de las preferentes.

Según la autopsia, el nada hipotético tiro que Blesa se arreó en el
pecho en el que se daba golpes de contrición por haber obrado en
desacuerdo con la voluntad de Dios y contra el bien común, sirve
para conocer que este ladrón de sucio guante blanco apenas buscaba
contentarse a sí mismo, pues hallándose empotrado en sus pesares,
no pensó en su futura viuda. Su roto ego apenas merecía un último y
trágico brindis. Por eso se abrazó con fuerza a la mejor definición de
suicidio existente, salida del prodigioso talento de Antonin Artaud:
“Suicidarse es abrir una ventana en la pared”. Y la hizo suya, sin tan
siquiera saber que el genio de los dientes podridos que vomitaba
palabras de oro sorbió una sobredosis gigante del feroz hipnótico,
cloral, en el asilo de Ivry-sur- Seine, con tal de quitarse de en medio.

Antes de tragar la cicuta, Sócrates descolocó a todos sus semejantes,
tanto a los pesimistas que creían que el suicidio era la vía de escape
para evitar el sentimiento de ruina mental o personal, como a los
optimistas que no creían en él y que repudiaban inmolarse a cambio
de soñar con los anhelos que la vida terrenal pone en manos de la
voluble providencia. Bastó un turbio e inteligente juego de palabras
para descolocar a la peña y al mundo entero. He aquí la sentencia
socrática: “Querer y no querer morir, lo uno y lo otro, es cobardía”.
Blesa cogió el arma e invitó a la parca a bailar. Se le agotaron los
desahucios y su laberinto se quedó sin luz.

Los heraldos de la muerte aseguran haberle visto dando tumbos en el
más allá con la intención de reclutar nuevos inversores para dejarlos
tiritando. Genio y figura, hasta la sepultura.

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