Bienvenidos a la post-democracia

Bienvenidos a la post-democracia

En los últimos años se ha escrito mucho sobre los riesgos que corre la democracia a tenor de los avances populistas en muchos países del mundo. Pero una cosa me llama enormemente la atención. Esos mismos partidos calificados como populistas, convertidos en los chivos expiatorios de la supuesta erosión democrática, realmente han alcanzado el poder o la representación parlamentaria a través del apoyo incontestable de las urnas.

Por el contrario, muchos de los críticos con los avances populistas han alcanzado el poder sin pasar por las urnas. Tenemos tres ejemplos claros. El primero de ellos fue Pedro Sánchez en junio de 2018 y que se mantuvo en el poder por diez meses sin contar con el refrendo ciudadano. El segundo caso lo vamos a ver muy pronto en Italia. La izquierda italiana está a punto de volver al poder a pesar de haber protagonizado una debacle electoral tras otra. Pero claro se va a sustentar en los tan criticados hasta ayer, por populistas, miembros del Movimiento 5 Estrellas para conquistar el Palacio Chigi. Para los medios de comunicación ‘progres’ europeos precisamente ahora han dejado de ser populistas. En la misma línea escribía esta semana The Guardian que malintencionadamente se refería a VOX como representante de la extrema derecha, mientras que a Podemos lo describía como partido ‘anti-austeridad’. Todo por manipular al imaginario colectivo de que el populismo es cosa de la derecha y, además, extrema.

El politólogo británico Colin Crouch advirtió hace 15 años de la llegada de la post-democracia para referirse al caso de los países donde cohabitan las urnas con un régimen de relaciones de poder ocultas e inconfesables ajeno a la participación ciudadana. Los ‘ofendiditos’ de la corrección política se inventaron después el término de gobiernos ‘iliberales’ para meter en cintura a algunos países europeos como Polonia, Italia o Hungría que, en lugar de querer formar parte del rebaño del pensamiento único europeo, pretendían vehicular su propia voz. Si los mismos correeros que defienden que el propósito de la corrección política es celebrar la diversidad, ésta debería incluir la diversidad de opinión. Si no, carece de sentido.

El orden post-democrático que Crouch observó que tomaba carta de naturaleza era un espectáculo estrictamente controlado por expertos profesionales en las técnicas de persuasión y manipulación, en el que los intereses de los lobbies, algunos disfrazados de falsas ONGs, y de los clientes a los que representaban superaban en importancia política a la gente trabajadora común. Matteo Salvini cometió este verano un error al bajar la guardia por pensar que habría nuevas elecciones inmediatas en Italia, del mismo modo que Rajoy también se relajó al creer que con unos presupuestos aprobados quedaba legislatura para rato. Y ahí está el resultado: la izquierda española, como ahora la izquierda italiana, llegando al poder sin pasar por las urnas. Pero eso es democracia para algunos, para los mismos que acusan a Boris Johnson de abofetearla.

A uno puede parecerle mejor o peor que Johnson decida suspender la actividad del Parlamento por realmente poco más de una semana que es lo que realmente pretendía el primer ministro británico. Pero claro se topó con la tiranía de la izquierda globalista que quiere a toda costa frenar el Brexit pese a que haya salido de la voluntad mayoritaria ciudadana. Que yo esté en contra del Brexit no significa que acepte las artimañas para detenerlo. “En un régimen democrático es absolutamente inadmisible la existencia de un poder invisible que actúa en paralelo respecto al Estado”, decía el profesor italiano Norberto Bobbio en los años 80.

Entre esos intentos de querer destruir la voz ciudadana salida de las urnas hay que incluir además de las campañas mediáticas las que salen de la industria del cine. Y en esa tarea hay grandes corporaciones como Netflix. Uno de sus últimos documentales, “El gran hackeo”, es un verdadero insulto a la inteligencia de los ciudadanos y un ataque a los pilares de la democracia. Para los creadores de este bodrio, respaldados como no por los ‘ofendiditos progres’, cuando la izquierda globalista pierde, los votantes han sido víctimas de la manipulación, del engaño y casi que abducidos por una conspiración mundial de Trump-Johnson-Salvini. La izquierda ha pasado de idolatrar a personajes como Julian Assange o Edward Snowden, mientras fueron útiles en su campaña anti-George Bush, a dejar de hacerlo cuando salieron a la luz los vergonzosos e-mails de Hillary Clinton publicados por WikiLeaks en su etapa al frente de la política exterior de la administración Obama.

Para la izquierda ideológica europea personajes como Oscar Camps de Open Arms son de gran utilidad para incorporarlos a las interferencias e intrusiones que persiguen sacar del poder a representantes votados por los ciudadanos como Matteo Salvini. ¿Acaso alguien sigue pensando que el empeño del Open Arms en atracar en Italia y no en otro lugar justo cuando Salvini rompía la coalición de gobierno fue casual? Bienvenidos a la post-democracia.

 

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