¿Sabe Washington de qué va esta guerra?

Irán, Estados Unidos, guerra
  • Carlos Esteban
  • Columnista de Internacional. Quince años en el diario líder de información económica Expansión, entonces del Grupo Recoletos, luego en Intereconomía, donde fundó el semanario católico Alba, escribió opinión en Época, en La Gaceta y ahora como freelance en OKDIARIO.

«No buscamos una guerra más amplia», declaró Donald Trump a poco de iniciarse la guerra en Irán. «Nuestra operación es limitada y está dirigida exclusivamente a neutralizar amenazas concretas”. Veinticuatro horas después, en una entrevista concedida a Fox News, el mismo Trump afirmaba algo bastante distinto: «Irán tendrá que elegir entre cambiar radicalmente su comportamiento o afrontar consecuencias mucho más duraderas». ¿En qué quedamos?

No hay guerra en la que sea fácil enterarse de cómo va el marcador. Ya saben: la famosa «niebla de la guerra» y todo eso. Pero es novedoso que los portavoces de un solo bando transmitan mensajes aparentemente contradictorios. Más novedoso aún cuando quien da esos bandazos verbales es el propio presidente de Estados Unidos.

Las declaraciones de Trump cambian de tono con una rapidez desconcertante. Un día la operación se presenta como una intervención quirúrgica, limitada y destinada únicamente a neutralizar ciertas capacidades militares iraníes. Al día siguiente, el lenguaje se amplía y aparecen las referencias a consecuencias prolongadas, a presión estratégica y a cambios profundos en el comportamiento del régimen de Teherán.

Pero la confusión no afecta solo al tono. También alcanza a los fines mismos de la campaña. ¿Estamos ante una operación de castigo puntual? ¿Se trata de restaurar la disuasión regional? ¿De forzar a Irán a renegociar su política nuclear? ¿O de debilitar al régimen hasta provocar un cambio político interno? Dependiendo del día —y a veces de la comparecencia—, la Administración parece sugerir una cosa u otra. No se trata de cambiar el régimen, nos dicen un día; al siguiente se deja caer que quizá Irán necesitaría un nuevo liderazgo. Entre una cosa y otra hay una distancia estratégica considerable.

La situación se vuelve todavía más confusa cuando se escuchan las voces del resto de la Administración. El secretario de Estado, Marco Rubio, insiste en que Estados Unidos no busca una guerra abierta en la región y que el objetivo es evitar una escalada. El secretario de Defensa, Pete Hegseth, utiliza un lenguaje más contundente sobre la necesidad de restaurar la disuasión frente a Irán. Y el propio presidente oscila entre ambos registros dependiendo del día, de la comparecencia o, a veces, del estado de ánimo del momento.

Trump nos tiene acostumbrados a este estilo. Lleva años practicando una forma de comunicación política basada en la sorpresa, la provocación y el cambio constante de tono. En la política interior estadounidense, ese método puede incluso resultar eficaz: desconcierta a los adversarios y mantiene el foco mediático donde él quiere. Pero en política internacional el efecto es muy distinto.

Porque los mensajes que salen de Washington no los escuchan solo sus votantes. Los escuchan también los mercados, los aliados, los adversarios y los gobiernos que intentan anticipar qué puede ocurrir mañana. En una crisis internacional, cada palabra es una señal. Y cuando las señales se contradicen entre sí, interpretar la estrategia se vuelve mucho más difícil.

Para Europa está siendo especialmente complicado. Durante décadas, la política de seguridad europea ha descansado en gran medida sobre una premisa sencilla: Washington marcaba la dirección estratégica. Los gobiernos europeos podían discutir los detalles, matizar los ritmos o expresar reservas diplomáticas, pero el marco general solía estar claro. Hoy es de locos aclararse.

Las capitales europeas observan cada declaración procedente de Washington, intentando entender cuál es exactamente la política estadounidense. Si el objetivo es una operación limitada, el conflicto puede mantenerse dentro de ciertos márgenes. Si, en cambio, se trata de una campaña prolongada destinada a alterar el equilibrio político interno de Irán, el escenario cambia por completo. Y si ni siquiera en Washington parecen ponerse de acuerdo sobre cuál de esos escenarios es el real, el margen de incertidumbre se multiplica.

Es posible que detrás de esta aparente confusión exista una estrategia deliberadamente ambigua. A veces los gobiernos envían mensajes distintos para mantener al adversario en la incertidumbre. La ambigüedad calculada puede ser una herramienta diplomática.

Pero para que funcione necesita parecer precisamente eso: calculada. Debe transmitir la sensación de que detrás hay una estrategia coherente, aunque no se revele del todo.

Cuando los mensajes se contradicen de manera demasiado visible, lo que se transmite al exterior no es ambigüedad estratégica, sino simple desconcierto.

En la guerra moderna, la información siempre está envuelta en una espesa niebla. La propaganda oculta datos, los gobiernos exageran éxitos y minimizan fracasos, y los periodistas intentan reconstruir lo que realmente ocurre a partir de fragmentos incompletos. Pero esa niebla oculta lo que está pasando en el campo de batalla, no las decisiones que deben tomarse en los despachos del poder.

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