Ciencia

En 1991 ocho personas se metieron en una cúpula de cristal gigante en medio del desierto pero de repente el oxígeno empezó a desaparecer

Una cúpula de cristal en el desierto
Janire Manzanas
  • Janire Manzanas
  • Graduada en Marketing y experta en Marketing Digital. Redactora en OK Diario. Experta en curiosidades, mascotas, consumo y Lotería de Navidad.

En 1991, un grupo de ocho investigadores voluntarios se encerró durante dos años en una cúpula de cristal y acero en el desierto de Arizona como parte del proyecto Biosfera 2. En el interior, los científicos habían recreado varios ecosistemas del planeta Tierra para comprobar si, en el futuro, los seres humanos podrían vivir en condiciones similares en otros planetas. Gran parte de la rutina de los ocho participantes, conocidos como «biosferianos», se centró en tareas agrícolas. Debían cultivar sus propios vegetales, recoger granos del suelo y obtener proteínas de animales de granja y peces criados en sistemas de acuicultura.

Sin embargo, el experimento, presentado como una auténtica «misión espacial» dentro de la Tierra, no terminó como se había previsto. Los cultivos no crecían al ritmo esperado, la alimentación comenzó a escasear, los niveles de oxígeno resultaron insuficientes y la tensión acabó aflorando en la convivencia entre los participantes. «Era como crear una especie de Jardín del Edén en interiores», dijo Linda Leigh, una de las científicas que estuvo confinada, en un documental sobre el experimento titulado «Spaceship Earth».

El experimento de la cúpula de cristal en el desierto

Biosfera 2 buscaba ser una réplica casi perfecta del planeta Tierra. En su interior, la cúpula de cristal ubicada en el desierto de Arizona albergaba animales y plantas procedentes de diversas partes del mundo e incluso un océano y un desierto artificiales. La gran pregunta era si realmente era posible reproducir la Tierra en miniatura y, aún más importante, lograr que un sistema así funcione.

Detrás de este ambicioso proyecto, desarrollado en la década de 1990, se encontraba un grupo de investigadores y científicos, aunque sus orígenes se remontan mucho antes. En los años 70, en pleno contexto de la Guerra Fría, algunos visionarios comenzaron a trabajar en la idea de crear mundos aislados como refugio ante posibles catástrofes, como un desastre nuclear.

En 1984, el filántropo Ed Bass y el ecologista John P. Allen pusieron en marcha el proyecto Biosfera 2, con la idea de crear un espacio en el que se pudiera desarrollar la vida simulando las condiciones de la Tierra, pero sin contacto alguno con el exterior. La construcción, que constaba de tres edificios, comenzó en 1987 y se completó en 1989; el primero era un gran domo de cristal y acero, el segundo, un área subterránea destinada a la tecnología, y el tercero, una zona dedicada al hábitat humano.

«El objetivo principal era determinar si una biosfera artificial podía funcionar, incrementando reservas de energía y biomasa, preservando un alto nivel de biodiversidad y biomas, estabilizando su agua, suelo y atmósfera», según escribieron el director del proyecto, John Polk Allen, y uno de sus participantes, Mark Nelson, en un documento con el resultado de la investigación en 1997.

‘Jugar a ser Dios’

Debido al reducido tamaño de Biosfera 2 (en comparación con la Tierra) y a la elevada concentración de organismos en un espacio limitado, se produjeron mayores fluctuaciones y ciclos de vida mucho más acelerados. Algunos biomas evolucionaron más rápido de lo previsto, mientras que otros apenas lograban mantenerse. Ciertas especies se reproducían en condiciones favorables, mientras que otras desaparecieron por completo. Así, los investigadores comenzaron a comprender la enorme complejidad de intentar reproducir un ecosistema completo y lo difícil que resultaba «jugar a ser Dios».

En el interior, cada uno de los «biosferianos» desempeñaba una misión específica. Debían encargarse de la ganadería, la preservación de los arrecifes de coral, la cría de peces y el mantenimiento de los cultivos, entre otras tareas. Además, se estudiaba el comportamiento de los gases, especialmente el oxígeno y el dióxido de carbono.

«Tuvimos que tomar decisiones importantes, porque algunos cultivos se daban mucho mejor que otros. Así que terminábamos comiendo un mismo producto, como la remolacha, en forma de sopa o en forma de ensalada», dijo durante el documental Sally Sylverstone, otra de las participantes.

A esto se sumó otro de los grandes problemas a los que tuvieron que enfrentarse los «biosferianos»: el oxígeno. Al inicio de la misión, la concentración en el interior de la instalación era del 20,9%, pero debido a que la vegetación no transformaba el CO₂ al mismo ritmo en que se consumía el oxígeno, esta cifra fue descendiendo progresivamente. 16 meses después, el nivel había caído hasta el 14,5%.

Para ponerlo en contexto, es una concentración similar a respirar a más de 4.000 metros de altura: es posible, pero el esfuerzo respiratorio aumenta y pueden aparecer dificultades físicas si no se está acostumbrado. Finalmente, fue necesario introducir oxígeno desde el exterior en dos ocasiones para estabilizar los niveles, lo que supuso uno de los primeros grandes contratiempos del experimento Biosfera 2.

Tras los distintos contratiempos y la posterior quiebra de la empresa responsable del proyecto, el complejo fue finalmente adquirido por instituciones académicas como la Universidad de Columbia y, más recientemente, por la Universidad de Arizona. A lo largo de los años se ha utilizado como centro de investigación y experimentación, aunque en la actualidad también funciona como un espacio divulgativo y de interés científico.

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