Solo desde la estratosfera se triunfa en Madrid

Igual que dijo Joselito que quien no había visto toros en el Puerto de Santa María, no había visto torear. Lo mismo se puede decir de Las Ventas. Quien no ha contemplado una corrida de toros desde la estratosfera, desde aquellas filas que acarician las banderas que coronan el coso, no entenderá la magnificencia del toreo.
Quien triunfa en Madrid desabrocha el secreto mejor guardado de a qué sabe el aire de la gloria, cuando se es mecido por el oleaje humano irrefrenable que inunda, al caer la noche, desde el ruedo hacia el Wellington, pasando por la calle Alcalá.
Pero para eso el torero, tan preocupado por imponer silencio en el siete, debería percatarse de que la importancia de su faena sea percibida con facilidad también desde esa estratosfera que, una vez embrujada, revienta como azahar en abril. Y en el sol. Ese que entra a las ocho de la tarde, como si fueran los primeros rayos del día capaces de fundir el hierro de los soportales en los tendidos 4, 5, 6 y 7.
Esa estratosfera que defenderá con ahínco el triunfo de su torero con el poder de las palomas blancas que guardan, con celo, para aquellos que les hagan creer que existen entre 24.000 personas.
Solo así se triunfa en Madrid.
Y ahí la seriedad del héroe está reñida con su puesta en escena. Tener en la retina el cielo de Madrid a través de esas filas a más de casi 30 metros de altura.
P. D. Vivan en sus carnes la experiencia. Llévense gafas de sol, agua muy fresquita. Y vayan acompañados, por si la tarde no cuaja. Siempre es bueno reírse en cuadrilla de cómo pega Manolo.