El ángulo ciego de los Andic

Andic
  • Carla de la Lá
  • Escritora, periodista y profesora de la Universidad San Pablo CEU. Directora de la agencia Globe Comunicación en Madrid. Escribo sobre política y estilo de vida.

Hay una distancia insalvable entre el dinero que se suda y el que simplemente se hereda en el testamento. Isak Andic dedicó su existencia a facturar 4.500 millones con una meta comprensible: que sus herederos no tuvieran que saber jamás lo que vale un billete de metro. Su comienzo en el Business es legendario: con la audacia atravesada en la garganta y una bolsa de blusas turcas bordadas en el maletero; su final, gótico alpino. Te pasas la vida hilvanando un éxito planetario y las costuras del destino terminan sentando a tu heredero, vestido de Gucci, en el banquillo de los acusados. La meritocracia textil tiene estas cosas.

Dicen que el nombre de la marca le vino a Isak del calor pegajoso de Filipinas y de sus mangos más pegajosos aún (los mejores mangos de la Tierra los más dulces y deliciosos son los de Manila, amarillos y alargados), donde probó la fruta y decidió impulsivamente que esa palabra iba a ser su logo. Cuatro décadas después, el patrimonio familiar es un gigante inmobiliario inabarcable; en lo doméstico, el diseño ha salido con taras de fábrica.

El ángel caído, Jonathan, nació con el menú degustación de la vida pagado. Mientras el padre deja Estambul (en sus años mozos) y se recorre España tienda a tienda con un coche abollado repleto de género barato, él, internados suizos, títulos en Estados Unidos… Casas de ensueño, deportivos y puestas de sol en yates… Paris Hilton por los eventos barceloneses. Más crecidito y muy estudiado, papá le entrega los mandos de la nave nodriza confiando en su preparación; esto (son elucubraciones) le hizo al junior muy feliz porque confirmó el delirio de vida perfecta y éxito absoluto, yo me lo merezco todo (es interesante el ángulo ciego que produce el privilegio, que en realidad no es ningún privilegio).

En poco tiempo, cuando las cosas se ponen feas en los balances, el jefe tiene que volver del retiro merecido a quitarle los mandos al niño que estrella la empresa. Hasta ahora, donde el relato oficial de nuestro Kendall Roy particular asegura que su relación con el patriarca era excelente. Tal vez, por qué no.

Si los googleamos, hay imágenes suyas post-fianza en un barco en Ibiza, luciendo esa camiseta blanca de algodón orgánico que grita soy inocente y además tengo un buen bróker. A su lado, su esposa la influencer Paula Nata, (tiene una cuenta de rica en Instagram donde cada post es una foto suya poniendo cara de rica: “Blessed”) ejerce de parapeto estético mientras los rótulos de los telediarios insisten en mancharle el apellido.

Luego en esta macedonia corporativa, las hermanas, Judith y Sarah practican esa discreción catalana tan de jersey de cachemir y voz inaudible. Controlan el tinglado patrimonial a través de sociedades tan bonitas como Pitaya, Kiwi o Black Indigo. Son, básicamente, el consejo de administración del silencio familiar. Cierran filas, firman comunicados de “convencimiento absoluto”, “confianza ciega” y defienden al hermano señalado con la misma frialdad con la que se aprueba un dividendo a final de año. En esas casas no se llora: se audita el duelo.

Su madre, Neus Raig, y ex del occiso, como figura espectral busca (con derecho) el anonimato. Querida Neus, con una fortuna de miles de millones en el plato, un resbalón imposible en la montaña y una influencer de nuera, el duelo privado no cotiza en bolsa. El espectáculo no es un ensañamiento de la prensa: estaba firmado, con tinta invisible, en el reverso del éxito.

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