La productividad sigue cayendo

La productividad sigue cayendo

Como ya he escrito en estas páginas, la baja productividad de la economía española constituye uno de los principales lastres estructurales de su crecimiento y, por extensión, del bienestar futuro.

No se trata de un problema coyuntural ni atribuible a una fase concreta del ciclo económico, sino de una debilidad persistente que se arrastra desde
hace décadas y que explica buena parte de nuestras dificultades para converger de forma sostenida con las economías más avanzadas de nuestro entorno.

Con la revisión de los datos de la contabilidad nacional trimestral del primer trimestre, en la publicación de los principales resultados, se confirma este gran problema que sufre nuestra economía, acrecentado en los últimos ocho años: la productividad por puesto de trabajo equivalente a tiempo completo sigue descendiendo: cayó un 0,1% en tasa interanual y un 0,2% en tasa intertrimestral en este ITR-2026.

España no crece poco por falta de empleo, sino porque cada hora trabajada genera poco valor añadido. El modelo productivo sigue excesivamente apoyado en sectores de bajo contenido tecnológico, alta rotación laboral y reducida inversión en capital humano y físico.

A ello se suma un tejido empresarial atomizado, con predominio de
microempresas que carecen de escala suficiente para innovar, internacionalizarse o mejorar procesos productivos de forma significativa. Las políticas públicas, lejos de corregir estas carencias, a menudo las agravan.

El aumento continuado de los costes laborales no salariales, la inseguridad regulatoria, la presión fiscal creciente sobre empresas y trabajadores productivos, y una maraña normativa que penaliza el crecimiento empresarial, desincentivan la inversión y la asunción de riesgos. Y, junto a ello, el efecto expulsión de la inversión del desmedido gasto público. Sin inversión, no hay capital; sin capital, no hay productividad; y sin productividad, no hay salarios reales sostenibles.

Pretender resolver el problema de la baja productividad mediante decretos,
subvenciones mal diseñadas o incrementos administrativos de salarios es confundir causa y efecto. Los salarios crecen de forma sana cuando aumenta la productividad, no al revés.

Ignorar esta realidad solo conduce a una pérdida de competitividad y, a medio plazo, a menor empleo y menor crecimiento. España necesita reformas profundas orientadas a favorecer la acumulación de capital, la innovación, la competencia y el tamaño empresarial. Sin abordar estas cuestiones de fondo, cualquier estrategia económica será meramente cosmética y condenada al fracaso.

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