¿Puede España recurrir a la OTAN?
España pertenece a la mayor y más poderosa alianza militar del mundo. Ahora que nuestras fronteras están siendo atacadas en un acto de «guerra híbrida», mediante avalanchas de inmigrantes, aparentemente civiles desarmados, en las ciudades de Ceuta y Melilla, ¿puede el Gobierno español demandar la ayuda de los demás miembros de la OTAN, de la misma manera que diversas unidades de las Fuerzas Armadas españolas se encuentran desplegadas en el oriente europeo, para defender la integridad y la independencia de los países limítrofes con Rusia y Ucrania?
En su artículo 5, el Tratado del Atlántico Norte establece que, para las partes firmantes, «un ataque armado contra una o más de ellas en Europa o América del Norte se considerará un ataque contra todas ellas» y, en consecuencia, cada una de ellas prestará asistencia al atacado, «incluso el empleo de la fuerza armada».
El artículo 4 es menos tajante y bélico. Según él, «las Partes se consultarán cuando, a juicio de cualquiera de ellas, la integridad territorial, la independencia política o la seguridad de cualquiera de las Partes fuere amenazada».
En la historia de la OTAN, fundada en 1949, sólo una vez se activó el mecanismo del art. 5 y fue a petición de Estados Unidos, después de los ataques terroristas del 11-S de 2001. Sin embargo, la consulta del art. 4 se ha solicitado nueve veces, todas en el siglo XXI, una vez disuelto el Pacto de Varsovia comunista, y ha mostrado a la comunidad internacional la reacción de los solicitantes ante una agresión cometida o inminente, así como el respaldo de la OTAN.
El país que más ha recurrido al art. 4 ha sido Turquía, con motivo, sobre todo, de la guerra en Siria. A partir de 2014, con la intervención rusa en Crimea y otros territorios ucranianos, los solicitantes han sido países del este de Europa. La última vez ocurrió en septiembre de 2025, por parte de Estonia, cuando varios aviones militares rusos penetraron en su espacio aéreo.
Cuando la OTAN invoca el art. 5 la consecuencia es una acción militar, algo que aterra a nuestros progresistas, quienes, citando a cierto exministro de Defensa socialista, prefieren morir a matar. En cambio, el art. 4 es un mecanismo preventivo de consulta política; es decir, una respuesta diplomática.
Para Rabat podría constituir una advertencia muy seria una declaración de la OTAN contra su vulneración de las fronteras españolas y su incumplimiento de los tratados firmados con España. Le indicaría que en el conflicto entre las dos naciones que guardan las bocas del Estrecho de Gibraltar, la OTAN está de parte de España.
Pero, ¿qué amenaza pueden alegar Pedro Sánchez y José Manuel Albares cuando, aparte de estar de vacaciones, afirman que Marruecos está colaborando en el control de las fronteras y en la devolución de los inmigrantes, y que, además, es un socio fiable frente a los verdaderos responsables de las avalanchas, que son «las mafias»?
De todas maneras, supongamos que el Gobierno, en un gesto sorprendente para todos, decidiera recurrir al artículo 4. ¿Qué pasaría entonces?
Para que las palabras de los tratados se conviertan en hechos no basta con seguir los procedimientos; es imprescindible algo intangible que las élites españolas suelen ignorar porque carecen de ello, y es la voluntad, no sólo la de quien solicita esa asistencia, sino, también, de quienes la conceden
El Gobierno de Pedro Sánchez está demostrando ser un socio irritante en la UE y un aliado fastidioso en la OTAN. La regularización de más de un millón de extranjeros ordenada por decreto ha molestado a los gobiernos de la UE, que, a la vez, son casi todos miembros de la OTAN. ¿Y de qué le está sirviendo a España el supuesto liderazgo moral de Sánchez frente al «genocidio de Gaza»? Ni para que el PSOE suba en las encuestas.
Como ya hemos escrito varias veces durante esta crisis, Marruecos es un país más pobre, más corrupto, más miserable, pero más confiable para las grandes potencias; y, encima, sabe jugar sus bazas, desde el soborno a su posición en el Estrecho de Gibraltar. Por el contrario, la oligarquía española, si es socialista responde a otros intereses, entre ellos los marroquíes (fijémonos en los socialistas con negocios y residencias en Marruecos), y si es pepera, cree, con fe de opositor a abogado del estado, que se cumplirá el procedimiento correspondiente, liberándole de cualquier decisión.
La consecuencia la tenemos en Ceuta y en nuestras calles. Desde hace veintidós años, los tres presidentes que han vivido en Moncloa han desaprovechado todas nuestras ventajas, sean políticas, militares, diplomáticas o geográficas. Nos han convertido en marginados, o payasos. Y en la política internacional, o estás sentado a la mesa o eres parte del menú.
Así, poco a poco, los españoles estamos perdiendo nuestra patria.