El Santo Padre y los diablos

papa león XIV

La visita del Santo Padre León XIV ha sido, sin lugar a dudas, una bendición de Dios. Ha traído un enorme mensaje de paz y sensatez, y ha restaurado la buena imagen de España que habíamos perdido: la de una gran nación. Su visita a Madrid fue impecable, con una recepción majestuosa, ordenada y extraordinariamente organizada. Hubo concentraciones multitudinarias que rebosaban ilusión y alegría. Me recordó a las de San Juan Pablo II y del papa Benedicto XVI, que también nos transmitieron bondad, humildad y fe. Con ellos sentimos, más que nunca, la proximidad de Dios; y los que son agnósticos o no creyentes, sensatez, humildad y bondad.

Tras Madrid, llegó su visita a Barcelona. También hay que felicitar la organización y el gran equilibrio demostrado para evitar descarrilamientos o pronunciamientos no deseados que, con excelente mano izquierda o el renacido seny, fueron controlados. Los discursos y encuentros del Santo Padre han sido profundos, medidos al milímetro y de gran calado. Han impactado: de sus palabras todos hemos aprendido y recordado valores de los que nos hemos distanciado. Todos estos días han sido luminosos, emotivos y, como era de esperar, balsámicos.

Podemos destacar algunas frases del Santo Padre: «Quienes ejercen una responsabilidad pública tienen, por eso, una especial obligación de custodiar la palabra para desarmar el lenguaje». «La pluralidad política no debería degenerar en descalificación permanente del adversario». «La situación de los migrantes y refugiados exige una respuesta que mire a las personas, afronte las causas que las obligan a partir y vaya más allá de la mera gestión de flujos». «¿Puede llamarse plenamente justa una comunidad que deja en la sombra al niño aún no nacido? Toda vida humana debe ser reconocida desde la concepción hasta el ocaso».

Podemos matizar algunos puntos dentro de la complejidad del mundo que nos ha tocado vivir. Cada uno puede aportar su experiencia y criterio dentro del respeto a la figura del Santo Padre, que no ha hablado ex cátedra, pero lo ha hecho con gran solidez intelectual. Señalo yo a los diablos: los hay, los ha habido y los habrá, al igual que las buenas personas. El problema es si los combatimos o permitimos que alcancen el poder.

El diablo es la personificación del mal, el engaño y las fuerzas hostiles en diversas religiones y culturas. Hay uno al que he dedicado más de cien artículos en diversos medios: lo tenemos en La Moncloa y, a pesar de lo que descubrimos ahora, hará todo lo posible por seguir allí o Dios sabe dónde. Hace siete años escribí un artículo diciendo que era un problema para la seguridad nacional; algunos se rasgaron las vestiduras.

Este diablo está muy organizado, ha extendido sus redes por todas partes y sacarlo nos costará sangre, sudor y lágrimas. Le sigue una corte de discípulos fanáticos dispuestos a todo: a ir contra la decencia, la democracia, la justicia, la ética, la propia Guardia Civil o lo que se les ponga por delante. Estamos en una gran nación que puede descomponerse, que está perdiendo sus raíces y su rumbo.

Hablamos de polarización, otra cobarde expresión porque nos cuesta decir lo que realmente pasa. Los comunistas, los filoterroristas y los separatistas, encabezados por P. S., nos llevan por el peor camino y, cuando se protesta o se señala este desatino, sacan lo del delito de odio o la polarización. Cuando se violan derechos o a las personas, esta polarización está más que justificada.

En relación con la inmigración ilegal masiva, dixit migración regular, no señalamos las causas del problema: las justificamos o las bendecimos. Sí, miles de muertos para llegar a la tierra prometida, engañados porque se les dará lo que incluso se niega al ciudadano trabajador que madruga y no llega a fin de mes. Miles de muertos bajo la responsabilidad de la presidenta Von der Leyen o de Pedro Sánchez, motivado por el «efecto llamada» y una increíble complicidad. Tenemos mafias criminales que negocian con sus vidas; luego, otras mafias en Europa se aprovecharán de muchos para prostituirlos o esclavizarlos.

Esta llegada masiva tendrá un coste innegable. La Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos advierte de que la inmigración masiva amenaza con provocar la «desaparición de la civilización» europea y dejar el continente «irreconocible en 20 años o menos». Seguimos sin reconocer el riesgo; afortunadamente, algunos países europeos han empezado a reaccionar. Diría yo: eso de «a buenas horas, mangas verdes». Lo he dicho muchas veces: es en sus países donde hay que ir a ayudar. Como decía un magnífico director general de la Guardia Civil y de la Policía Nacional, mallorquín, un país es como un barco: tiene una capacidad determinada; si suben demasiados, se hunde.

El Santo Padre se ha ido; los diablos malditos siguen, pero sus palabras y ejemplo han quedado. Que sea para recuperar a esta gran nación que se llama España.

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