Ella

Ella
  • Rosa Díez

Hace días que ella esta sufriendo una feroz operación de acoso y derribo que me merece una reflexión sobre el tipo de país en el que vivimos.

Empezaré por señalar que los ataques, las descalificaciones, los insultos y  las declaraciones soeces que se están vertiendo (vomitando sería quizá una palabra más adecuada) sobre ella  proceden fundamentalmente de las filas de quienes se autodenominan progresistas, feministas, solidarios, modernos, avanzados…

Para ubicarnos y comprender cabalmente lo que a ella le está ocurriendo hemos de partir de la base de que España es un país en el que la difamación y la envidia prenden con una gran facilidad. Fíjense ustedes, por si no lo han pensado, que quien dice algo bueno sobre un tercero ha de argumentarlo,  so pena de que quienes le escuchen puedan creer que su apreciación positiva oculta algún interés inconfesable; sin embargo cualquier descalificación o juicio negativo se asume  inmediatamente como una verdad absoluta e irrefutable.

Para comprender el contexto en el que se desarrolla la campaña de acoso es imprescindible que tengamos en cuenta su condición, la de ella; si ella, siendo mujer cual es el caso,  no cuenta con el paraguas protector de la secta progre, la del “no bonita, no…tú no…”,  ella tiene todas las papeletas para ser una víctima de la mediocridad y de la envidia que se extiende por España, como si fuera una plaga, de forma transversal e igualitaria.

Las fobias que ella despierta  han ido aumentando a lo largo de los tiempos  y de forma exponencial según se ha ido incrementando su proyección y su reconocimiento público.  Es verdad que ella ha cometido algunos errores que explican la explosión de odio que genera. Ella no disimula su inteligencia inconformista; ella es precisa y contundente, ella utiliza las palabras para argumentar y no para esconderse; ella responde siempre, comparece siempre…  Esa actitud de ella es imperdonable en un país en el que el presidente del Gobierno se niega a contestar a los periodistas hasta en las ruedas de prensa que él mismo convoca.

Ella, empeñada en hacer pedagogía, se topó días pasados con un periodista empeñado en sacarle un titular. Ella estaba explicando su preocupación por el hecho de que el PSOE hubiera abandonado el pacto constitucional cuando el periodista le dice: “El PSE ha enterrado aquí a compañeros por defender la Constitución”. Ella responde: “Por supuesto, por eso es tan dramática su traición a su propia historia y al gran pacto constitucional. Por eso es especialmente triste”. El entrevistador insiste: “¿Ese desafío actual a la Constitución que denuncia es mayor que el que representó ETA?” y ella responde: “Cuando ETA mataba  era un momento terrible desde el punto de vista humano. Era un desafío brutal. Pero el momento político actual es más difícil. Insisto, el momento político, pero lo es precisamente por eso, porque antes estábamos juntos en el mismo bloque. Pero se han salido y eso nos debilita”. El periodista hizo el titular:  “El momento político actual es más difícil que cuando ETA mataba”.

A mi, que quieren que les diga, la reflexión que ella hace me parece una obviedad. Es obvio que cuando ETA mataba había más unidad entre los perseguidos por la banda (recuerden aquello del socialista Javier Rojo explicando, en los años del plomo, por qué socialistas y populares, demócratas en general, debíamos caminar juntos: “En los campos de exterminio ningún judío le preguntaba a otro de que partido era…”); es obvio que ahora esa unidad ha desaparecido; es obvio que la ruptura de la unidad en el campo del constitucionalismo, al margen de la ideología de cada cual, ha empeorado la situación política en beneficio de los herederos de ETA, de los golpistas, de los sediciosos y de todos aquellos que quieren liquidar el sistema del 78, el pacto constitucional.

Si resulta tan obvio, ¿por qué tantos ríos de tinta contra ella, tantos insultos personales y soeces, tanta interesada tergiversación del mensaje, tanta reiteración de una pregunta –absurda a la par que delicada para quien la pronuncie o repita-  del tipo de “tú donde estabas…”.

La respuesta es bastante sencilla; la mayor parte de quienes opinan sobre lo que ella ha dicho se han quedado a dormir en el titular, que les da juego, y ni siquiera se han molestado en leer la entrevista, no vaya a ser que, como se suele decir,  la verdad les destroce el titular. Otros la insultan y alimentan la campaña contra ella precisamente porque lo que dice es una verdad como un templo y les señala como responsables de la delicada situación política por la que atraviesa España.

Ella vive en un país que le pone las cosas complicadas a quienes brillan con luz propia, a quienes no necesitan padrinos. Ella reúne todos los atributos para ser odiada: es inteligente, domina varios idiomas, tiene un excelente formación académica,  habla bien, anda bien, es rubia natural, es guapa, es libre… Ella sabe decir no. Ella lo tienen todo para que la odien en la España de la mediocridad progre.

Pero hay otra España; hay una España en la que se valora a las personas que le plantan cara al totalitarismo, a las que ejercen su libertad sin pedir permiso a nadie, a las que luchan por la libertad de los demás allá donde más falta hace, a las que hablan claro y limpio, a las que alzan la voz contra los totalitarios, a las que no se arrugan, a las que tejen complicidades democráticas por encima de credos o ideologías. En esa España buena, en la España que no se resigna a la mediocridad y al retroceso, en la España que tiene ambición de futuro, ella, Cayetana Álvarez de Toledo, se ha hecho acreedora de respeto y admiración.

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