El Guernica no viaja: ni de museo ni de país

Hay cuadros que se cuelgan en una pared y cuadros que cuelgan de la historia. El Guernica de Pablo Picasso pertenece a la segunda categoría: no es pintura, es cicatriz. Y las cicatrices, por lo general, no se prestan para exposiciones itinerantes como si fueran vajillas de boda o trofeos de feria.
Ahora, desde la niebla política vasca, el lehendakari Imanol Pradales ha decidido que el lienzo debería viajar al País Vasco por aquello de la «reparación simbólica». La simbología, como sabemos, es el opio de los nacionalismos: siempre cura lo que nunca sangró.
El argumento es sencillo: el cuadro representa el bombardeo de Gernika, luego debe estar en Gernika o cerca, es como si Velázquez tuviera que trasladarse a Breda cada vez que alguien se siente herido por la rendición. Pero la cultura —a diferencia de la política— no funciona por kilómetro sentimental, sino por contexto histórico, jurídico y museístico.
Conviene recordar que el Guernica no nació en Bilbao, ni en Guernica, ni siquiera en España, señor Pradales. Nació en París, en 1937, en un estudio de la Rue des Grands-Augustins, gracias a que Dora Maar —fotógrafa surrealista, amante y conciencia política del pintor— consiguió el espacio para que Picasso pudiera pintar aquel mural monstruoso de casi ocho metros de largo.
La obra fue encargada por el Gobierno de la Segunda República para el pabellón español de la Exposición Internacional de París, señor Pradales. Es decir: no fue una iniciativa espontánea del artista vasco-andaluz-francés-universal, sino propaganda cultural de un Estado que luchaba por su supervivencia. Picasso cobró por ello; no fue una epifanía gratuita, sino un encargo oficial, con presupuesto y comisario —Josep Renau— como cualquier otro proyecto de Estado de España, de Estado, señor Pradales.
El cuadro viajó después por Europa y Estados Unidos para recaudar fondos para los refugiados republicanos y terminó depositado en el MoMA de Nueva York con una condición muy clara del propio Picasso: no volvería a España hasta que hubiera democracia. Ese detalle, que muchos patriotas selectivos olvidan, convierte al Guernica en un exiliado político, no en una postal regional.
Regresó finalmente en 1981, en plena Transición, escoltado como un jefe de Estado español, primero al Casón del Buen Retiro y luego al Museo Reina Sofía, donde hoy forma el corazón simbólico del arte contemporáneo español.
Más allá de la épica, hay una prosa muy acertada: la conservación. El Guernica es una obra frágil, con grietas, tensiones en el lienzo y restauraciones históricas. Los informes técnicos han sido tajantes durante décadas: moverlo es arriesgar su integridad.
Esto, que debería bastar para cualquier persona sensata –señor Pradales y cia del Gobierno de Pedro Sánchez–, se convierte en España en un debate político, porque aquí los cuadros son menos obras de arte que peones de negociación parlamentaria.
Lo verdaderamente literario del asunto es la paradoja: cuando se trata de pedir competencias, transferencias o singularidades fiscales, algunos nacionalismos –vasco y catalán– se declaran nación oprimida; cuando se trata de reclamar patrimonio, vuelven a ser súbditos legítimos del Estado español.
Así, si el País Vasco es —según cierta retórica— una nación distinta, entonces el Guernica es una obra de otro país y debería quedarse en España, señor Pradales. Y si es España, entonces la obra pertenece al conjunto de los españoles y no a una comunidad autónoma concreta. No se puede jugar al mus con la identidad nacional y al Monopoly con los cuadros al mismo tiempo.
Urtasun, el ministro de una parte de España, ¡qué pena da usted!
En este sainete cultural aparece el ministro Ernest Urtasun, figura que parece más comisario de una asamblea universitaria que titular de Cultura de un Estado con Velázquez, Goya y Picasso en sus vitrinas. Ha reconocido que el traslado es una «reivindicación histórica», frase que en política significa: no tengo intención de hacerlo, pero tampoco de molestar a quienes lo piden.
El Reina Sofía como último bastión de la razón, gracias por la cordura.
Paradójicamente, el museo —ese organismo al que la política suele tratar como un mueble administrativo— ha tenido más firmeza que el propio Gobierno. Los conservadores, restauradores y directores han repetido lo obvio: el Guernica no viaja. No por patriotismo, sino por física.
Cuando Picasso pintó el Guernica, se movía entre poetas como Paul Éluard, fotógrafos como Dora Maar y fantasmas literarios como Apollinaire. Era un mundo cosmopolita, internacionalista y antifascista. El cuadro es hijo de esa Europa de cafés, manifiestos y exilios, no de un caserío –de los que tanto sabe Bildu y Sánchez– ni de una diputación foral.
Pretender hoy reducirlo a un símbolo territorial es como pedir que la Divina Comedia se exhiba permanentemente en Florencia porque Dante era florentino: una confusión entre biografía y significado.
La insistencia en mover el cuadro no es, en el fondo, una cuestión cultural. Es una negociación. Cada legislatura en España parece necesitar su pequeño chantaje simbólico para mantenerse en pie. El Gobierno necesita los votos del PNV, y el PNV necesita demostrar a su electorado que arranca concesiones, aunque sean imposibles o absurdas, señor Pradales.
Y así, el Estado que fue capaz de traer el Guernica desde Nueva York en plena Guerra Fría se pasa ahora meses discutiendo si debe moverlo 400 kilómetros para satisfacer una reivindicación que ni siquiera Picasso habría entendido.
El Guernica sobrevivió al bombardeo que lo inspiró, a los nazis que lo despreciaban como arte degenerado, al franquismo que no lo quiso en casa y al exilio en Manhattan. Es probable que sobreviva también a esta época de ministros líquidos y nacionalismos de quita y pon.
Pero lo verdaderamente trágico es que, en lugar de discutir su potencia estética, su composición cubista o su violencia simbólica, estemos debatiendo si debe viajar como una reliquia en procesión autonómica –ya que estamos en Semana Santa–.
El Guernica no pertenece al País Vasco, ni a Madrid, ni siquiera a España en sentido estricto. Pertenece a la historia universal del horror moderno. Pero su custodia legal, su fragilidad material y su significado político lo han anclado en el Museo Reina Sofía como una especie de altar laico de la memoria española.
Picasso, que desconfiaba profundamente de los Estados, dejó claro algo que hoy convendría recordar: el Guernica debía volver a una España democrática, no a una España negociada a plazos, señor Urtasum.
Y ahí está, en Madrid, no como botín de guerra ni como trofeo de capitalidad, sino como testigo de que el arte, cuando es grande, no cabe en ninguna frontera… pero sí necesita, a veces, una pared muy quieta.