Para este viaje…

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Viendo cómo Luis Garicano y los otros seis candidatos electos celebraban los resultados de Ciudadanos en las elecciones al Parlamento Europeo, cualquiera habría dicho que se habían cumplido las previsiones más optimistas del partido, que a mí, por boca de un dirigente de la ejecutiva, me habían cifrado en no menos de 12 (12 por arriba y 10 por abajo era la horquilla que manejaban en la Ejecutiva). No fue así, y la lista naranja se tuvo que conformar con unos más bien pobres 7 diputados. ¿Les ha valido la pena la captación de co-starrings como la ex PSOE Soraya Rodríguez o el ex PP José Ramón Bauzá? A juzgar por el desenlace, no lo parece. Ciudadanos crece, sí, pero en menor medida de lo que apuntan los exultantes análisis de sus dirigentes, pues respecto a los datos de Cs y UPyD en 2014 (una comparación de lo más plausible, más teniendo en cuenta el bombo que se dio a la integración de UPyD, formación a la que Cs había cedido dos puestos, y uno de ellos nada menos que a su presidente) no hay más que un diputado de diferencia. Con una salvedad: de los siete diputados que acceden al PE, tres provienen de otra formación, y dos (Garicano y Nart) van, como aquel que dice, por libre. Veremos en qué queda la unidad de acción cuando se planteen asuntos que vayan más allá del tema catalán.

Desde una perspectiva global, los comicios del 26-M refrendan la pérdida de influencia de las familias políticas tradicionales, así como el crecimiento de ALDE, el avance de los verdes y el arraigo en la Eurocámara del populismo eurofóbo, que, no obstante, queda lejos de constituirse en minoría de bloqueo. Los triunfos de Salvini, Orban y Le Pen, no obstante, deberían llevar a las fuerzas europeístas a insuflar al proyecto la ambición de que ha carecido en los últimos años. También, en el plano pedagógico.

La elevada participación respecto a otras convocatorias (superior al 50%, frente al 42% de 2014 o el 43% de 2009) ha de leerse en clave plebiscitaria, sobre todo en lo que concierne a Francia, sumida en la convulsa crisis de los chalecos amarillos, o Italia, con la política migratoria como monotema. En cuanto al Reino Unido, la infausta victoria de Farage presenta un halagüeño contrapunto en la derrota global (apenas cuatro puntos de diferencia) de las formaciones en favor del Remain.

Pero si Europa nos ha brindado esta semana una buena noticia, ésta ha sido la desestimación, por parte del Tribunal Europeo de Derechos Humanos (TEDH), de la demanda presentada por el ex presidente de la Generalitat Carles Puigdemont, la ex presidenta del Parlament, Carme Forcadell, y otros 74 diputados contra la decisión del TC de anular el pleno del 9 de octubre del 2017, en el que Puigdemont pretendía valorar el 1-O. El pronunciamiento, sobre el que los medios afines al procés decretaron poco menos que un apagón, desbarata la estrategia nacionalista de desacreditar en las instituciones europeas el buen nombre de España, como ha sido pauta durante la última legislatura.

El mismo día, en una jornada negra para el golpismo, la Fiscalía del Tribunal Supremo anunciaba que mantendría las acusaciones por delito de rebelión contra la mayor parte de los procesados por el 1-O (descartando el delito de sedición) así como las penas de cárcel que se pedían en el escrito provisional elaborado antes del juicio. El fin de la mascarada, lento pero inexorable, sigue su curso.

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