Giro radical contra el cambio climático: talan árboles e inundan campos para resucitar humedales que capturan más CO2 que los bosques
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Aunque parezca contradictorio, eliminar bosques mal ubicados permite recuperar ecosistemas
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Durante décadas, el progreso en Europa se midió por la cantidad de tierra que se lograba «ganar» al agua para convertirla en cultivos. Hoy, la ciencia advierte de que ese modelo es una bomba de relojería climática. En un giro inesperado de los acontecimientos, varios países europeos han comenzado a hacer lo impensable: talar árboles e inundar campos. El objetivo no es destruir la naturaleza, sino salvarla, resucitando antiguos humedales y turberas que tienen una capacidad de absorción de CO2 muy superior a la de cualquier bosque convencional.
La lucha contra el cambio climático nos ha acostumbrado a la imagen de personas plantando árboles. Sin embargo, en lugares como Bélgica o el valle de Black Creek, la estampa es radicalmente distinta. Allí, las excavadoras trabajan retirando plantaciones y cerrando zanjas de drenaje para que el agua vuelva a inundar la tierra.
Esta estrategia, que a primera vista podría parecer un ataque al medio ambiente, es en realidad ecología de precisión. El problema reside en las turberas, unos ecosistemas húmedos que, aunque solo cubren el 3% de la superficie terrestre, almacenan el doble de carbono que todos los bosques del mundo juntos.
El peligro de las «emisiones ocultas»
Cuando hace un siglo se drenaron estos humedales para la agricultura, la turba, materia orgánica acumulada durante miles de años, quedó expuesta al oxígeno y empezó a descomponerse. Este proceso libera a la atmósfera toneladas de CO2 que habían estado selladas bajo el agua durante milenios. Al inundar de nuevo estos campos, el agua actúa como una tapa natural que bloquea esas emisiones y permite que el ciclo de captura de carbono se reactive.
¿Por qué talar árboles?
Muchos se preguntan por qué es necesario eliminar árboles en plena crisis climática. La respuesta es sencilla: en estas zonas, los árboles no son nativos, sino que fueron plantados para desecar el suelo o producir madera. Sus raíces actúan como bombas que extraen el agua del subsuelo, impidiendo que el humedal se recupere. Al talarlos, se permite que el nivel freático suba, devolviendo al paisaje su estado original de hace siglos.
Más allá del clima: biodiversidad y seguridad
La restauración de estos humedales no solo ayuda al termómetro global. Estos «campos inundados» se convierten rápidamente en refugios para especies que habían desaparecido, como castores y aves migratorias. Además, funcionan como infraestructuras naturales contra las inundaciones y sequías, absorbiendo el exceso de agua en épocas de lluvia y soltándola lentamente cuando escasea.
Europa ha entendido que, a veces, para avanzar hay que dar un paso atrás y dejar que la naturaleza recupere el terreno que nunca debió perder.