El miedo irracional de un gran conquistador
Los grandes líderes y conquistadores de la historia también han tenido sus miedos. Vemos aquí el miedo irracional de un gran conquistador.
Conquistador español en Santiago de Chile
Detalles conquista española en América
El conquistador más grande de la historia

Cuando pensamos en Alejandro Magno, lo primero que viene a la cabeza es la imagen del guerrero imparable. El joven rey que cruzó medio mundo conocido, derrotó imperios gigantescos y murió con apenas 32 años dejando un mapa irreconocible respecto al que heredó. Un líder brillante, valiente hasta el límite, ambicioso sin freno.
Pero hay una parte menos épica que suele quedar en segundo plano: su relación casi obsesiva con los presagios, los sueños y las señales divinas. Y aquí es donde la figura del conquistador empieza a mostrar grietas interesantes.
Alejandro no solo venció a Darío III y se proclamó señor de Persia. También fue alumno de Aristóteles, lo que podría hacernos pensar que tenía una mentalidad racional y filosófica. Y la tenía. Pero eso no lo inmunizó contra algo muy propio de su tiempo: el miedo a contrariar la voluntad de los dioses.
Crecer creyéndose elegido
Desde pequeño, Alejandro fue educado con una narrativa potente: descendía de Zeus y compartía linaje heroico con Aquiles. Eso no era solo propaganda; era parte de su identidad. Si creces pensando que tienes un destino marcado por los dioses, cualquier señal del cielo empieza a pesar mucho.
Cuando viajó al oasis de Siwa para consultar el oráculo de Amón, los sacerdotes lo reconocieron como hijo del dios. Ese momento reforzó algo que ya latía en su interior: no era simplemente un rey, era alguien destinado a cambiar el mundo.
Y ahí aparece el miedo. Porque si tu poder depende de un favor divino, también puedes perderlo.
El problema de los malos augurios
Alejandro no tenía miedo al combate. Se lanzó en primera línea en más de una batalla. Fue herido, estuvo a punto de morir en varias ocasiones y aun así siguió avanzando. Lo que realmente le inquietaba eran los presagios desfavorables.
Antes de iniciar campañas importantes, realizaba sacrificios rituales. Si las entrañas del animal no mostraban signos positivos, podía retrasar decisiones estratégicas. Para nosotros puede sonar exagerado, pero en su contexto era casi una obligación moral. Aun así, en su caso parecía ir un paso más allá.
Cuando se acercaba a Babilonia, los astrólogos caldeos interpretaron ciertos fenómenos celestes como advertencias claras: entrar en la ciudad en ese momento podía costarle la vida. Alejandro dudó. El hombre que había vencido en Issos y Gaugamela se detuvo ante una predicción astral.
Finalmente entró. Pero la vacilación revela algo: la sombra del destino le pesaba.
Sueños que no dejaban dormir
Otra faceta curiosa es su relación con los sueños. Alejandro los interpretaba como mensajes directos. Algunos relatos antiguos cuentan que veía figuras heroicas que lo guiaban o advertían. Puede parecer algo propio de la mentalidad antigua, y lo era, pero en él adquiría un tono más intenso.
No era solo guerra; era enfrentarse a culturas nuevas, climas extremos, ejércitos distintos. La tensión constante podía amplificar cualquier señal. Y cuanto mayor era la presión, mayor parecía su necesidad de confirmación divina.
La muerte de Hefestión y el giro emocional
Un punto de inflexión importante fue la muerte de Hefestión, su amigo más cercano y compañero de campañas. La pérdida lo golpeó con fuerza. Las crónicas hablan de un duelo desmedido, de rituales grandiosos, casi desesperados.
Desde entonces, su relación con los presagios pareció intensificarse. Es comprensible: cuando alguien tan cercano muere de forma inesperada, la sensación de invulnerabilidad desaparece. Si Hefestión podía caer, Alejandro también.
Poder absoluto, ansiedad absoluta
Hay una paradoja interesante aquí. Cuanto más poder acumulaba, más dependía de señales externas. Puede que el problema no fuera la superstición en sí, sino la presión de sostener la idea de que estaba destinado a ganar siempre.
Si eres el elegido por los dioses, no puedes permitirte equivocarte. Y si un presagio anuncia peligro, ignorarlo sería casi un acto de arrogancia contra el cosmos.
En Babilonia, poco antes de su muerte, volvieron a surgir señales inquietantes. Se realizaron rituales para desviar la mala fortuna, incluso se sentó a un sustituto simbólico en el trono para absorber el supuesto destino funesto. Poco después, Alejandro enfermó.
Murió con apenas 32 años. Las causas siguen siendo objeto de debate.
¿Era realmente miedo irracional?
Desde nuestra perspectiva moderna, puede parecer superstición extrema. Pero en su época, los presagios eran parte de la lógica política y religiosa. Aun así, en Alejandro se percibe algo más personal, casi íntimo.
No era solo estrategia para impresionar a las tropas. Hay indicios de que realmente le afectaban esas señales. Y eso lo humaniza. Porque detrás del mito hay un hombre joven, sometido a una presión gigantesca, intentando encontrar sentido y control en un mundo imprevisible.
El conquistador y lo invisible
La imagen clásica nos muestra a Alejandro avanzando con decisión, espada en alto. Pero también podemos imaginarlo mirando el cielo nocturno, esperando una señal favorable. Ese contraste resulta fascinante.
Dominó territorios inmensos, reorganizó imperios y cambió la historia del Mediterráneo y Asia. Sin embargo, no pudo liberarse de la inquietud ante lo invisible.
Alejandro Magno fue un estratega brillante, un líder carismático y un conquistador imparable. Pero también fue un joven marcado por las creencias de su tiempo. Detrás del mito, late un ser humano.
Lecturas recomendadas
Temas:
- Personajes históricos