Arqueología

Un estudio pionero revela que el Imperio romano excavó en Cuenca enormes minas subterráneas de más de 30 km

Mina, descubrimiento, Cuenca
Cámara minera romana de lapis specularis en «La Mora Encantada» (Torrejoncillo del Rey, Cuenca), acondicionada para uso turístico. Imagen: Bernárdez Gómez y Guisado di Monti, 2010, p. 414.
  • Sofía Narváez
  • Periodista multimedia graduada en la Universidad Francisco de Vitoria, con un Máster en Multiplataforma por la Universidad Loyola. Editora en Lisa News con experiencia en CNN y ABC.

Un equipo liderado por el geólogo Antonio Alonso-Jiménez ha calculado que los romanos excavaron más de 30 kilómetros de galerías subterráneas para extraer lapis specularis en el distrito minero de Segóbriga, en la provincia de Cuenca. El estudio, publicado en la revista Geoheritage, cuantifica por primera vez la magnitud real de estas minas y aclara cómo funcionó la explotación.

Los investigadores han localizado esa red bajo un terreno que hoy conserva decenas de pozos y hundimientos en la cuenca de Loranca. Allí encontraron grandes concentraciones de este yeso selenítico, muy transparente, que los romanos cortaban en láminas finas para usarlo como cristal en ventanas.

Esta es la red de minas que enriqueció al Imperio romano en Cuenca

El estudio describe un distrito minero de escala industrial en plena Meseta, comparable a las grandes explotaciones romanas de Hispania. El lapis specularis, o piedra espejuelo, no era un material ornamental. Los romanos lo cortaban en láminas para acristalar edificios.

Antes de que el vidrio se fabricara en placas a precio razonable, ese mineral ofrecía luz tamizada, visibilidad y un aislamiento aceptable en termas, villas y edificios públicos.

La base geológica explica por qué el material apareció allí y por qué los romanos lo persiguieron con tanta insistencia. En el Mioceno, hace unos 20 millones de años, el área funcionó como un sistema de lagunas someras y salinas que dejó grandes capas de yeso.

Mucho después, la fracturación del terreno y la circulación de aguas infiltradas generaron cavidades y un entorno químico estable. En ese «subsuelo de laboratorio», con temperaturas constantes entre 15 y 20 grados, el yeso volvió a precipitar, pero en forma de cristales grandes y muy puros.

Plinio el Viejo, escritor y naturalista romano del siglo I, ya había señalado el origen hispano del mejor lapis specularis y lo situó alrededor de Segóbriga. Los investigadores recuperan ahora esa referencia y la respaldan con datos geológicos y arqueológicos recogidos durante décadas.

El resultado es un mapa mucho más completo: complejos como La Condenada (Osa de la Vega) superan los cinco kilómetros de recorridos accesibles, y el área de Los Espejares (Huete) suma, con explotaciones asociadas, más de 20 kilómetros de galerías.

La explotación del mineral transformó Segóbriga. La ciudad llegó a contar con teatro, anfiteatro y circo, algo poco común en el interior peninsular. El yeso viajaba por tierra hasta Carthago Nova y desde allí se enviaba por mar a lugares como Ostia, el puerto de Roma.

Cómo trabajaba el Imperio romano en las minas de Cuenca

Los mineros abrieron pozos verticales de sección cuadrada, en torno a 2×2 metros, y tallaron muescas en las paredes para usarlos como escalera. Desde esos accesos, el frente de extracción avanzó por pasajes estrechos, a menudo de menos de un metro cuadrado de sección, con cámaras puntuales más altas cuando el filón lo permitía.

Los obreros excavaron con punteros de hierro de sección cuadrada, aplicados en ángulo bajo. Aún hoy, las paredes conservan miles de marcas porque nadie volvió a explotar la mina tras su abandono en el siglo II d. C.

La iluminación también ayuda a entender cómo trabajaban bajo tierra. Los mineros tallaron nichos, los lucernaria, donde colocaban lámparas de aceite, separados a menos de metro y medio. En Los Espejares, los arqueólogos documentan además una red de drenaje conectada al río Cigüela para evitar inundaciones.

El Imperio romano controlaba el distrito a través del fisco, aunque contratistas locales dirigían la explotación diaria. Artesanos especializados preparaban las láminas y mano de obra forzada asumía el trabajo más duro.

Con el paso del tiempo, la actividad decayó cuando el vidrio plano se abarató y sustituyó este material. Hoy, minas como La Mora Encantada o La Condenada permiten recorrer las galerías y comprobar la escala de aquella explotación.

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