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La bronca literaria entre Quevedo y Góngora y un soborno inmobiliario

Se sabe que los escritores Quevedo y Góngora nunca se llevaron bien. Esta bronca que vemos aquí tuvo consecuencias inmobiliarias.

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Quevedo y Góngora
Bronca literaria entre Quevedo y Góngora.
Francisco María
  • Francisco María
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El Siglo de Oro español nos legó maravillas literarias incalculables, pero también una de las enemistades más viscerales, crueles y divertidas de la historia de la cultura occidental. Francisco de Quevedo y Luis de Góngora se odiaban con una intensidad difícil de concebir hoy en día. No era una simple diferencia estética entre el conceptismo y el culteranismo, ni un debate académico sobre la pureza de la lengua castellana. Hablamos de un desprecio mutuo, profundamente personal, donde los versos se convertían en dagas envenenadas y donde el insulto diario era una disciplina artística.

Escritores y personas muy diferentes

Góngora representaba la aristocracia de la palabra, un cordobés refinado que elevaba el idioma a través de la oscuridad culta, las metáforas intrincadas y la sintaxis latinizada. En la otra esquina del cuadrilátero, Quevedo encarnaba la agudeza mordaz, la velocidad mental de un madrileño implacable que dominaba la sátira como nadie y que despreciaba cualquier afectación que considerara vana o artificial. Dos genios absolutos compartiendo espacio vital en una corte madrileña tan decadente como fascinante. El choque entre ambos era inevitable y las consecuencias terminaron trascendiendo el papel para embarrarse en la realidad más terrenal.Francisco de Quevedo

Los ataques iniciales comenzaron sutilmente, pero pronto se desbordaron. Quevedo no le perdonaba a Góngora su barroquismo oscuro ni sus pretensiones aristocráticas, mientras que el cordobés ridiculizaba la renguera de su rival, sus gafas perpetuas y su enorme nariz. Las composiciones satíricas corrían de mano en mano por Madrid en hojas volanderas. Nadie estaba a salvo. Cuando Góngora escribía un soneto complejo, Quevedo respondía inmediatamente destrozándolo con una parodia vulgar que dejaba en evidencia el artificio del original.

Una mala situación económica

La contienda verbal escaló hasta niveles insólitos cuando Quevedo decidió dar un golpe maestro que combinaba la humillación literaria con la especulación inmobiliaria más descarada. Por aquel entonces, Luis de Góngora arrastraba una situación económica desastrosa. Su afición al juego, los gastos de la corte y una pésima gestión de sus rentas eclesiásticas lo habían sumido en deudas agobiantes. Vivía con el agua al cuello, achuchado por acreedores que no respetaban ni su genio poético ni su sotana.

Quevedo, que pertenecía a una familia con desahogo y entendía perfectamente los resortes del poder y el dinero en la corte, vio la oportunidad perfecta para asestar el golpe definitivo. No se conformó con escribir contra él; decidió comprar literalmente el techo bajo el que vivía su enemigo. Adquirió la propiedad donde Góngora se hospedaba, convirtiéndose de la noche a la mañana en su casero. La escena tiene algo de tragicomedia cinematográfica: el mayor detractor de la poesía gongorina cobrándole el alquiler mes a mes al mismísimo creador de las Soledades.

Un nuevo dueño de la casa

Este movimiento no respondía únicamente a un capricho sádico, sino a una estrategia de demolición psicológica. Al convertirse en dueño de la casa, Quevedo agudizó el acoso. Las crónicas de la época y la tradición maliciosa sugieren que el madrileño utilizaba su nueva posición para presionar al cordobés, recordándole de forma constante su precariedad y asfixiándolo en su propio terreno cotidiano.Luis de Góngora

Aquel soborno inmobiliario entendido como la compra instrumental de la finca para doblegar al rival demostró que la inquina entre ambos superaba con creces los límites del papel impreso. Góngora, acorralado por las deudas y por la presencia constante de un propietario que lo detestaba cordialmente, tuvo que soportar una humillación difícil de digerir para un espíritu tan orgulloso.

La enemistad no se detuvo ahí. Quevedo llegó a publicar una edición comentada de las obras de Góngora, titulada Aguja de navegar cultos, con el único propósito de ridiculizar cada verso, cada metáfora y cada licencia léxica del cordobés, demostrando que su poesía era un galimatías inservible. Era una disección quirúrgica hecha con mala uva, donde se desmontaba el prestigio del rival pieza por pieza. Góngora, por su parte, intentaba responder con la elegancia altiva que lo caracterizaba, aunque la procesión iba por dentro y la realidad financiera terminaba por doblarle el pulso.

Beneficios mutuos de la rivalidad

Mirando aquella rivalidad con la perspectiva que da el tiempo, resulta curioso comprobar cómo la posteridad ha terminado uniendo a dos hombres que en vida no se habrían regalado ni un vaso de agua en el desierto. Hoy los estudiamos en las mismas aulas, los analizamos en los mismos manuales de literatura y valoramos sus aportaciones como las dos caras de una misma moneda dorada. Ninguno de los dos habría alcanzado semejante cima creativa sin la existencia del otro. El odio mutuo funcionaba como un acicate constante, un motor invisible que los obligaba a superarse poema tras poema.

Aquellas rencillas de Madrid nos recuerdan que los clásicos no eran estatuas de mármol aburridas en un pedestal, sino seres humanos complejos, vanidosos, brillantes y profundamente viscerales. Quevedo demostró que la pluma podía ser una espada afilada, pero también que el dinero y la propiedad inmobiliaria podían utilizarse como armas de destrucción masiva en una pelea de egos. Góngora resistió como pudo, parapetado tras una torre de marfil verbal que hacía aguas por culpa de la ruina económica.

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