Los psicólogos coinciden: «Quienes lloran cuando están enfadados tal vez no estén confundiendo emociones, sino expresando aquello que no pudieron en su infancia»
Llorar durante una discusión no significa necesariamente que exista una confusión entre la tristeza y la ira
El estudio permite observar la importancia que puede tener el entorno en el aprendizaje de la gestión emocional
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Hay personas que, en plena discusión, no pueden contener las lágrimas. Durante años, llorar mientras se intenta defender una opinión se ha asociado a personas especialmente sensibles, incapaces de poner sobre la mesa lo que piensan sin mostrarse vulnerables. Hay quienes consiguen contenerse mientras sienten cómo aprieta el nudo en la garganta o cómo los ojos se inundan antes de que caiga la primera lágrima.
Y es que no todas las personas reaccionan igual ante una conversación difícil. Algunas lloran, otras se cohíben, algunas sienten vergüenza cuando están a punto de hacerlo y hay quienes ni siquiera llegan a sentir las ganas de hacerlo. Sin embargo, la psicología tiene una explicación para entender qué puede estar ocurriendo en esos momentos y por qué el llanto puede aparecer incluso cuando lo que sentimos principalmente es rabia.
Por qué lloramos cuando estamos enfadados
Las lágrimas no aparecen únicamente cuando estamos tristes. También pueden surgir ante emociones como la frustración, la ansiedad, la indignación o incluso el alivio. Durante una discusión, además, es posible experimentar varias emociones al mismo tiempo.
Por eso, llorar durante una discusión no significa necesariamente que exista una confusión entre la tristeza y la ira. Tampoco quiere decir que la persona no sepa defender su postura. De hecho, alguien puede tener perfectamente claro qué quiere decir y, aun así, necesitar detenerse unos segundos para secarse las lágrimas antes de continuar hablando.
Las lágrimas tampoco invalidan el argumento que se está exponiendo ni convierten automáticamente la reacción en una muestra de debilidad. Interpretar el llanto de esa manera puede hacer que la atención se desvíe del motivo real por el que comenzó la discusión.
La infancia puede influir en la forma en la que expresamos el enfado
La manera en la que aprendemos a expresar nuestras emociones puede estar relacionada, en parte, con las experiencias que vivimos durante la infancia. Las respuestas de los adultos ante las quejas, la frustración o los desacuerdos de un niño pueden transmitir diferentes mensajes sobre qué emociones son aceptables y cómo deben expresarse.
No es lo mismo crecer en un entorno en el que se escucha a un niño cuando está enfadado y se le ayuda a explicar qué le ocurre que hacerlo en uno en el que cualquier muestra de rabia o desacuerdo se interpreta como desobediencia.
Con el tiempo, estas experiencias pueden contribuir a que una persona desarrolle determinadas formas de afrontar las emociones intensas. Eso puede ayudar a entender por qué algunas personas lloran cuando están enfadadas, mientras otras reaccionan de una manera completamente diferente.
Pero las lágrimas por sí solas no permiten saber cómo fue la infancia de una persona. Que alguien llore de rabia no significa necesariamente que haya aprendido a reprimir el enfado ni que sus emociones fueran invalidadas durante su niñez. Se trata de una posible influencia, no de una explicación absoluta para cada caso.
Un estudio analizó cómo se aprende a gestionar la ira
La relación entre las experiencias familiares y la regulación emocional también ha sido estudiada. Una investigación publicada en la revista científica Emotion siguió a 210 parejas de madres e hijas durante la adolescencia temprana y encontró una asociación entre las respuestas de apoyo y formas más adaptativas de afrontar la ira.
Por el contrario, las respuestas menos comprensivas se relacionaron con mayores dificultades para regular tanto la ira como la tristeza.
El estudio permite observar la importancia que puede tener el entorno en el aprendizaje de la gestión emocional, aunque no demuestra que todas las personas que lloran de rabia hayan vivido una represión emocional durante su infancia.
Por eso, la psicología no interpreta una lágrima aislada como una radiografía de la personalidad. Para comprender por qué alguien llora durante una discusión, hay que tener en cuenta el contexto, la intensidad de lo que está sintiendo y su manera habitual de gestionar las emociones.