En 1560 un hidalgo portugués se ocultó de la Inquisición en un pueblo extremeño: 432 años después, un albañil encuentra 10 libros prohibidos en la reforma del desván

Nos remontamos aquí al verano de 1992, cuando un albañil que reformaba una vivienda de la plaza de la Virgen de Soterraño, en Barcarrota (Badajoz), derribó un tabique del desván y dio con un hueco tapiado. Dentro aparecieron diez libros prohibidos del siglo XVI y un manuscrito, escondidos en una hornacina y envueltos en un hatillo para resistir el paso del tiempo.
El hallazgo, que no se hizo público hasta 1995, convirtió aquella casa en uno de los grandes misterios bibliográficos del país. La hipótesis más aceptada atribuyó el escondite a un médico judeoconverso que vivió en el inmueble. Sin embargo, una investigación publicada en 2026 apunta a otro dueño, cuya historia incluye denuncias ante la Inquisición, un viaje a Roma y una huida.
Conociendo a Fernão Brandão, el hidalgo portugués dueño de los libros prohibidos de Barcarrota
Según el filólogo Pedro Martín Baños, doctor en Filología Hispánica, quien emparedó la biblioteca fue Fernão Brandão, un hidalgo de Évora, señor de São Manços, perseguido por la Inquisición portuguesa.
Su tesis aparece en La biblioteca oculta de Barcarrota y el hidalgo portugués Fernão Brandão, una monografía de 415 páginas editada en 2026 por la Universidad de Extremadura tras casi tres años de trabajo.
Curiosamente, la pista principal llegó de un objeto pequeño: un amuleto de papel con inscripciones mágicas hallado junto a los volúmenes. En su reverso figura una dedicatoria con nombre, lugar y fecha: «Fernão Brandão, de Évora; Roma, 23 de abril de 1551».
A esto último, el investigador lo considera (valga la redundancia) «la clave de todo» y lo cruzó con documentación inédita de los archivos inquisitoriales de Lisboa y Évora, aunque presenta su conclusión como una hipótesis.
Las denuncias de la Inquisición contra Brandão y su huida a Roma
Los papeles del tribunal de Évora recogen varias denuncias contra Brandão entre 1547 y 1549. Los testigos le acusaban de comer carne en días prohibidos, no ir a misa (prefería jugar a la pelota con sus criados), no confesarse y blasfemar contra Dios y los santos.
También le atribuían refugiarse en una casa de campo durante la Cuaresma y guardar pequeñas figuras de metal para rituales mágicos.
Siguiendo esta línea, las acusaciones más graves eran de sodomía, un delito que entonces podía castigarse con la hoguera. Uno de los testimonios describía un libro con hombres «cabalgando contra natura unos a otros por detrás», disimulado como si fuera religioso.
Por su parte, Martín Baños sospecha que podría tratarse de La Cazzaria, un diálogo obsceno de Antonio Vignali que circulaba en secreto por Europa y que también apareció en Barcarrota.
Continuando con la hipótesis del filólogo, Brandão viajó a Roma para obtener la absolución de la Penitenciaría Apostólica (el tribunal del Papa que perdonaba los pecados más graves), y allí se fechó el amuleto en 1551.
Incluso, una nota en portugués escrita en la hoja de guarda de uno de los libros registra el viaje de vuelta: salió de Génova el 29 de julio y llegó a Barcelona el 7 de agosto de 1552.
Desde entonces no volvió a Portugal. Ante el temor de acabar en la cárcel, se instaló en Barcarrota, un pueblo fronterizo situado a unos 80 o 90 kilómetros de sus propiedades, desde donde podía gestionarlas sin cruzar la Raya. Los genealogistas portugueses citados en el estudio resumen su marcha en una frase: se exilió en Castilla «por los excesos cometidos en su reino».
¿Por qué Brandão emparedó los libros prohibidos entre 1559 y 1560?
Parece ser, según lo registrado, que la tranquilidad duró unos años. En 1559, el inquisidor general Fernando de Valdés publicó un Índice de libros prohibidos que endureció la censura en Castilla y convirtió en sospechosos a quienes guardaban determinadas obras.
Según Martín Baños, el emparedamiento se produjo entre finales de 1559 y principios de 1560, y fue deliberado: cada pieza tenía un motivo concreto para comprometer a su dueño.
Los libros se sabían «potencialmente peligrosos a ojos del inquisidor de turno», en palabras del filólogo. Por eso su dueño los envolvió en un hatillo, los protegió de la humedad con paja y ceniza y los tapió con ladrillos en una hornacina del desván.
Entre las obras ocultas, escritas en castellano, portugués, italiano, latín, hebreo y francés, figuraban títulos de magia, sátira y erotismo, detallados a continuación:
- Una edición desconocida del Lazarillo de Tormes impresa en Medina del Campo en 1554.
- Lingua, de Erasmo de Róterdam, en una edición de Lyon de 1538.
- El Alborayque, un panfleto satírico contra los judeoconversos.
- Tratados de quiromancia (la lectura de las líneas de la mano) y un manual de exorcismos.
- La Cazzaria y una versión portuguesa de la Oración de la emparedada.
Del pico del albañil a la caja fuerte de la Biblioteca de Extremadura: la actualidad de los libros hallados
El hallazgo de 1992 no fue del todo limpio. El pico del albañil que derribó el tabique llegó a atravesar uno de los ejemplares, el Alborayque, que quedó agujereado.
Tres años después, en 1995, la Junta de Extremadura compró el lote a la familia propietaria de la casa y lo puso a disposición de restauradores y especialistas para su estudio.
Hoy los diez libros, el manuscrito y el amuleto se guardan en la caja fuerte de la Biblioteca de Extremadura, en Badajoz. Martín Baños describe el amuleto como «una cápsula del tiempo que nos retrata muy bien un momento de censura», y la historia de su dueño podría llegar pronto a la pantalla: ya hay conversaciones para convertirla en un documental.