La guerra soterrada por la sucesión de Mohamed VI en Marruecos y la invasión de Ceuta
En el Majzén marroquí se libra desde hace tiempo una disputa sucesoria que no aparece en los comunicados oficiales

En el Majzén marroquí, la élite del poder alrededor del rey, se libra desde hace tiempo una disputa que no aparece en los comunicados oficiales ni en la televisión estatal. No es una guerra abierta ni un choque dinástico declarado. Es una lucha soterrada de clanes, servicios de inteligencia y consejeros que se estarían posicionando ante un eventual final del reinado de Mohamed VI entre el príncipe heredero Moulay Hassan y su tío Moulay Rachid, hermano del rey alauí.
El monarca, de 63 años, arrastra desde hace más de una década problemas de salud crónicos. Ha reducido drásticamente sus apariciones públicas, pasa largas temporadas fuera del país, especialmente en Francia, y ha necesitado periodos de reposo oficial por dolores de espalda, operaciones de hombro y otras afecciones crónicas.
Fuentes no oficiales, como el periodista y académico Omar Brouksy, en su libro Fin de règne (Fin de reinado) (2026), hablan de una enfermedad autoinmune (Hashimoto) combinada con problemas respiratorios (EPOC), pérdida de peso y un aspecto cada vez más frágil. El Palacio emite comunicados tranquilizadores, pero la percepción de «fin de reinado» parece haberse instalado tanto dentro como fuera de Marruecos.
En ese vacío relativo se intensifican las rivalidades. Abdellatif Hammouchi, jefe de la policía y de la inteligencia interior (DGST/DGSN, las dos instituciones principales de seguridad y orden público en Marruecos), y su aliado Fouad Ali El Himma (el consejero más cercano al rey) se enfrentan al jefe de la inteligencia exterior, Yassine Mansouri. Algunas fuentes afirman que el bloque Hammouchi-El Himma preferiría un escenario más favorable a Moulay Rachid, mientras Mansouri estaría más alineado con la preparación del joven heredero.
Moulay Hassan, de 23 años, ha recibido recientemente el rango de coronel mayor y el puesto de coordinador de las oficinas del Estado Mayor de las Fuerzas Armadas, el mismo tipo de formación que recibió su padre. La Constitución fija la primogenitura a su favor, eso es incuestionable, pero en un sistema tan opaco como el marroquí, el control real del entorno del futuro rey se decide ahora.
Ceuta y la guerra híbrida
Estas tensiones internas coinciden con la invasión de 80.000 personas en Ceuta. Se produjo una entrada masiva de inmigrantes ilegales; la gran mayoría de españoles han interpretado como un acto de presión deliberada, no espontánea. De hecho, informes de la Policía de Fronteras hablan de «guiado activo» de los inmigrantes desde el lado marroquí y de una relajación controlada de la vigilancia fronteriza.
En un régimen tan centralizado, este tipo de operaciones híbridas (en este caso, uso de flujos migratorios como herramienta de presión diplomática) no se improvisan, aseguran fuentes de inteligencia. Suelen requerir luz verde o, al menos, la no intervención de los aparatos de seguridad que controlan la frontera. Cuando, como en el caso de Marruecos, la máxima autoridad está debilitada o ausente, el margen de maniobra de los servicios de inteligencia y de los consejeros más poderosos aumenta. Algunos opositores marroquíes relacionan la intensidad de estos episodios con las luchas internas: de ahí la necesidad de reforzar las soflamas territoriales sobre la soberanía de Ceuta y Melilla en un momento de incertidumbre sucesoria.
Las reivindicaciones territoriales de Marruecos sobre Ceuta y Melilla son antiguas y permanentes en la política de Estado de la dinastía alauí. Hasán II ya las dejaba «para la siguiente generación», como confiesa el Juan Carlos en sus memorias Reconciliación (2025). Y Mohamed VI las ha mantenido de forma más diplomática, pero nunca las ha abandonado. En un contexto de transición, reactivar la presión sobre ambas ciudades puede servir a varios fines: cohesionar internamente, distraer de los problemas sociales y posicionar a los actores del Majzén de cara al futuro reinado.
No hay pruebas documentales de que Moulay Hassan o Moulay Rachid den órdenes directas sobre Ceuta. Lo que sí existe es un clima de rivalidad soterrada entre los aparatos de poder, según sostienen medios como Ecsaharaui, una monarquía que funciona con menos presencia pública del rey y un uso reiterado de herramientas híbridas (inmigración, desinformación, presión diplomática) que se intensifican precisamente cuando la salud del monarca genera más incertidumbre.