El experto en Cervantes acosado por la CUP: «Impedir que alguien exprese sus ideas es fascismo»

Canavaggio
El profesor Jean Canavaggio, uno de los mayores expertos mundiales en la figura de Cervantes.

Los violentos de la CUP, encabezados por el terrorista de Terra Lliure Frederic Bentanachs, obligaron a cancelar el jueves la conferencia que iba a ofrecer en la Universidad de Barcelona (UA) el hispanista francés Jean Canavaggio (París, 1936), uno de los mayores expertos mundiales en la figura de Miguel de Cervantes.

Galardonado con la Gran Cruz de Alfonso X el Sabio, Canavaggio obtuvo en 1986 el Premio Goncourt por su biografía sobre el autor del Quijote y ha dirigido la edición de las Obras Completas de Cervantes publicada por la editorial Gallimard.

–¿Qué le parece que en pleno siglo XXI no se pueda rendir homenaje a Cervantes en una universidad española, porque hay gente dispuesta a impedirlo a golpes?

–Me dijeron que esta violencia procedía de un determinado sector, los CDR, por lo que no quiero creer que sea característica de los independentistas catalanes en general. Eran 40 o 50 los que aprovecharon el acto para darse a conocer, y no porque se hablara de Cervantes; cualquier otra figura literaria o artística hubiera provocado la misma reacción de su parte.

Ahora bien, como Cervantes llama a Barcelona «archivo de la cortesía», no quise desaprovechar la oportunidad que se me ofrecía de decir a los asistentes: «Vosotros sois, como barceloneses, aquel archivo de la cortesía que se ensalza en el Quijote, por la cortesía que me manifestáis, pero no la gente que está fuera». Sociedad Civil Catalana (SCC) espera volver a organizar el acto, aunque supongo que habrá que esperar varios meses para encontrar un ambiente más favorable.

–¿Cómo vivió los momentos de tensión en la Universidad de Barcelona?

–Cuando llegué a la Universidad, la secretaria de Sociedad Civil Catalana (SCC) me dijo: Parece que hay gente que quiere manifestarse, pero esperamos que no pase nada. Había unos cartelitos puestos al lado de la convocatoria que decían: «En esta Universidad, el fascismo no pasará».

Eramos unas 250 personas, cuando se inició el acto con la lectura de varios pasajes del Quijote,  mientras se oían gritos fuera. Cuando el profesor García Cárcel me presentó al público, oímos que los pitos y bocinas se acercaban, y empezaron a dar golpes muy fuertes en la puerta grande del salón.

Yo empecé a leer el texto de mi conferencia. Mientras tanto, un responsable de SCC que había ido al Rectorado a pedir que cesara esta algazara, volvió y nos informó de que el rector se negaba a que interviniera la Policía. Los Mossos d’Esquadra estaban fuera de la Universidad y no llegaron a entrar.

El peligro era que esa gente penetrara en la sala. Fuera ya se habían producido enfrentamientos. En tales condiciones el acto se suspendió entre protestas de los asistentes, que se pusieron a aplaudir y a gritar «¡Libertad!». Cuando salimos, con protección de vigilantes, aún había manifestantes con carteles que decían «No pasarán».

«Cuando Francisco Rico presentó su edición del Quijote en Barcelona, Pujol le dijo que no le interesaba mucho porque Cervantes no era catalán»

Comprendo que al rector no le fue posible pedir que interviniera la Policía. No obstante, lamento este rechazo a cualquier forma de convivencia. No sé quiénes son los que apoyan a SCC, pero es absurdo e indigno calificarla de agrupación fascista. Sólo puedo decir que prohibir de esta forma a unas personas que se expresen de forma pacífica en un acto académico sí es una actitud fascista.

–Determinados historiadores independentistas catalanes sostienen que Cervantes era catalán y se llamaba Miquel Servent. ¿Esa teoría tiene alguna base?

–No la conocía y me sorprende mucho. Ha habido debates sobre su partida de nacimiento, pero todos los cervantistas dignos de fe consideran que la de Alcalá de Henares es la auténtica. La controversia que conozco es sobre si era converso o no. La trayectoria de sus antepasados nos lleva más bien hacia Castilla y Andalucía. Hacia Cataluña, lo dudo.

Cuando Francisco Rico publicó la primera edición de su Quijote, se organizó un acto en Barcelona y el presidente Jordi Pujol declaró entonces que  no le parecía mal, pero que a los catalanes no les podía interesar mucho, porque el autor no era catalán.

Julio Llamazares publicó hace unos años El viaje de Don Quijote, un libro que reactualiza, aunque a otra escala, La ruta de Don Quijote, de Azorín. Nos cuenta que cuando llegó a Cervera, preguntó al dueño de un restaurante si Don Quijote pasó por allí, y este señor le contestó: «Aquí no nos interesa el Quijote, somos más del Tirant». Lo divertido es que Cervantes leyó el Tirant y pone en boca del cura amigo del ingenioso hidalgo un gran elogio de esta obra.

–Cervantes sitúa en Barcelona un episodio crucial del Quijote, el último combate antes de abandonar sus aventuras y regresar a casa. ¿Cómo veía a los catalanes de la época?

–Hay un problema histórico, que es saber cuándo estuvo Cervantes en Barcelona, posiblemente en el momento en que se fue a Italia. En el Quijote, nos enteramos de que había cuatro galeras catalanas encargadas de vigilar la costa contra las incursiones de los corsarios berberiscos. Como apuntó Martín de Riquer, el hecho de que no mencionara tres sino cuatro nos ayuda a fechar el episodio después de 1608.

A partir de esta observación, creemos con Riquer que Cervantes fue a Barcelona para unirse al séquito del conde de Lemos, que se iba de virrey a Nápoles. Pero no consiguió acompañarle porque los hermanos Argensola, que eran los adictos del conde, se lo negaron. Lo mismo pasó con Góngora.

Luego tenemos la visión de Barcelona que se desprende de una de Las dos doncellas, una de las Novelas Ejemplares, y sobre todo del Quijote. Antes de llegar a Barcelona, Don Quijote se encuentra con Roque Ginart, en un momento en que se produce un cruce de entre ficción y realidad histórica. Detrás de este encuentro, se nota el apoyo de cierto sector de la nobleza catalana al bandolerismo catalán.

En Barcelona, Don Quijote conoce una manera de apogeo, pero al mismo tiempo, padece una serie de burlas por parte de diferentes personas. Y su estancia termina con su combate en la playa contra el bachiller Sansón Carrasco, disfrazado de Caballero de la Blanca Luna, de modo que la derrota que conoce le obliga a deponer las armas y a emprender su regreso final a su lugar de origen. No recobra todavía la razón, pero da un primer paso hacia una nueva forma de vida, que es como la antesala de su muerte.

–Se ha dicho muchas veces que el personaje de Don Quijote es un buen reflejo del carácter del pueblo español. ¿Sigue siendo así?

–Lo interesante de la obra es la combinación entre Don Quijote y Sancho, dos personajes que se complementan. En el siglo XVII Don Quijote se ve como una figura de risa, un inadaptado que contempla el mundo real desde un enfoque disparatado y anacrónico. Más tarde, los románticos van a verlo, al contrario, como un idealista, un paladín víctima de quienes son incapaces de entender sus aspiraciones. Esas diferentes lecturas son una muestra de la riqueza del libro y de su capacidad de responder a las expectativas de distintos públicos y lectores.

–¿Un pueblo entero puede quedar hechizado o ensimismado, viviendo en una realidad paralela como Don Quijote, al verse manipulado durante años por políticos nacionalistas?

-No creo que la sociedad catalana en su conjunto se mueva en esta actitud. Hay grupos determinados que llevan la voz cantante, pero hay un amplio sector de gente que no se atreve o que no quiere elegir entre uno u otro bando, que está esperando a que las condiciones de una convivencia deseable se impongan. Es lo que deseo personalmente para Cataluña y España.

–Los capítulos en los que Sancho se convierte en gobernador de la ínsula Barataria constituyen una suerte de manual del buen gobierno, dictado desde el sentido común. De los consejos que expone Cervantes, ¿cuál es el más necesario para los españoles en este momento?

–Hay algo que se desprende de los consejos de Quijote a Sancho: una forma de gobernar sensata y con miras al interés de los gobernados. Es como una indicación de la moderación que debería imponerse ahora. Mi deseo es que los distintos sectores de la sociedad catalana sean capaces de establecer una auténtica convivencia, en vez de mantenerse en un enfrentamiento permanente que no tiene sentido y resulta peligroso para todos.

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